Capítulo 5: Es mío y es de verdad

2171 Words
V Hicieron una revisión exhaustiva a Mary y se encontraba perfecta. No había secuelas aparentes del golpe en la cabeza, sus pulsaciones, su ritmo, todo se encontraba en orden, parecía que jamás hubiera tenido ese accidente del que todos hablaban. Lo que sí era inusual para los médicos era su docilidad, dado que ella siempre había sido tan altiva. Nathaniel también estaba muy sorprendido con eso, ya que lo buscaba constantemente con la mirada para sonreírle. Quedaba claro que su mujer no recordaba nada de nada. También entró un doctor en psiquiatría para hacerle algunas preguntas. Mary creyó que no era prudente decirle lo mismo que habló con su «esposo», si la creían una loca, podrían internarla en algún sitio, así que lo único de lo que habló fue de tener sueños extraños y de no recordar nada en absoluto de su vida. —No pareces haber despertado de un coma —dijo el doctor pasando una lamparilla por sus ojos—. Es como si solo hubieses despertado de un sueño muy largo. —Así lo siento yo, señor —respondió Mary, intentando recoger su cabello—. ¿Qué sigue ahora? —Lo próximo es que vayas a la clínica para revisar las heridas internas que tuviste y saber si ya sanaron por completo. Se te hizo una consulta la semana pasada y todo parecía ir muy bien. Creo que has sanado, a excepción de tu memoria. —¿La recuperará en algún momento? —intervino Nathaniel, bajando las mangas de su camisa hasta apuntarlas en sus muñecas. —Es imposible saberlo. Lo mejor será esperar e irle diciendo las cosas poco a poco. Pero, hablemos afuera, señor Storm. Mary vio salir a todos de la habitación, quedándose sola por completo. Se sentía un poco extraña en la forma en que las chicas del servicio la observaban, así que por eso no se atrevió a decir que tenía un hambre atroz. Parecía que no les hacía feliz que despertara. Se levantó y de nuevo caminó hasta el buró en el que encontró las hojas que Raquel le había dado y ahí seguían, junto al lápiz. Era su oportunidad de hacer lo que ella dijo y escribir el fin de la historia para salir de esa locura. Sacó el papel y se disponía a escribir, hasta que su propia mano la detuvo. ¿De verdad quería regresar a su realidad sin emoción, tan rápido? Aquello podría tratarse de una alucinación pasajera, podría despertar de nuevo en su pequeña cama y la ilusión habría terminado. En ese momento tenía la oportunidad de sacarle el jugo a ese «sueño» que la anciana le estaba haciendo vivir de algún modo. Torció un poco el gesto, ya que no tenía muy claro como aprovechar para sí la situación. Guardó la hoja de nuevo en el buró y llevó sus manos al rostro, algo aturdida, desesperada. Escuchó que la puerta se abría y la voz de Nathaniel que hablaba con alguien más. Bajó sus manos para descubrir sus ojos y levantó una ceja, mientras miraba a quién se hacía llamar su marido. Claro que había una forma de sacar ventaja de todo aquello. Ese hombre atlético con aspecto intimidante, era suyo. Su voz gruesa hacía vibrar hasta lo más profundo de su piel, su espalda ancha, su estatura que se notaba pasaba de los 1.80 cm, sus manos, sus enormes y hermosas manos, podrían tocarla como a ella se le diera la gana, o al menos eso quería creer. Según las historias que leía, los hombres como Nathaniel cedían fácilmente a sus instintos, con un poco de provocación. Él podía verse muy rudo, pero tal vez con algo de suerte podría persuadirlo de que la tomara y la destrozara, así como a las damas de las novelas. —Dios mío… —susurró para ella misma, aterrada de sus pensamientos. Le parecía increíble que pensara en sexo, metida en semejante situación, o alucinación. ¿Por qué ver a Nathaniel la ponía así?... No obstante, esa era su fantasía y quería vivirla al máximo, eso le dijo la anciana. De seguro, cuando abriera los ojos la mañana siguiente, el carruaje sería de nuevo una calabaza. —Mary ¿estás bien? Deberías recostarte y descansar —interrumpió el hombre acercándose a ella, algo preocupado por su confusión. —Creo que ya he «descansado» lo suficiente. Un mes de estar dormida es mucho tiempo. —Tomó a Nathaniel por un brazo, comprobando de nuevo que era muy, muy fuerte. Él pareció alterarse un poco, pero no la rechazó—. Debo decirte algo, es que tengo mucha hambre… Él le sonrió y le dijo que de eso precisamente hablaba con una de sus empleadas. Solo terminó de hablar y llegaron dos bandejas, ambos comerían en la habitación. Esa sería una comida amena junto a alguien que parecía preocupado por su bienestar, algo muy nuevo para ella. Nathaniel, en cambio, estaba en extremo confundido. Se le notaba la angustia siempre que la veía, como si de repente fuera a desaparecer. Era irónico que ambos pensaran lo mismo, desde puntos de vista diferentes. Para él, ella podría recordar de improviso todo lo que había sucedido y regresara su odio infinito, su desprecio, su rencor. Ahora estaba disfrutando de estar al lado de una esposa que no le temía y que incluso parecía disfrutar de su presencia, que lo observaba como si fuera único en el mundo. Mary, en cambio, tenía la angustia de abrir los ojos en la mañana y haber terminado con algo con lo que había fantaseado tanto. Él tuvo que salir a recibir una llamaba, debía atender un asunto urgente. Mary se quedó de nuevo sola, ya la tarde empezaba a caer, y ella tenía miedo, no sabía de qué. Cuando las chicas fueron a recoger las bandejas les pidió por favor le llevaran el periódico del día, así fue que se enteró de que la fecha era correcta, se encontraba en el mismo país, pero en otra ciudad. —Vaya, no me hubiera imaginado haber cambiado de sitio, creí que iba a ser algo muy remoto —habló para ella, sin recordar que la señora del servicio aún estaba ahí. —Señora, ¿desea algo más? —No, muchas gracias —respondió sonriendo, la señora de la casa. La mujer se sorprendió con esa actitud y sonrió igual al salir de ahí. Mary empezaba a entender que, tal vez, la servidumbre no la quería mucho. Pasaron las horas, ya era muy tarde y su esposo no regresaba. No se negó el dejo de tristeza que eso le producía, porque tal vez ya no lo vería nunca más y no se atrevía a salir de esa habitación para buscarlo. Para su fortuna, Nathaniel por fin hizo su aparición de nuevo. —Vine a desearte buenas noches, Mary. Mañana ya será otro día. Si necesitas algo, por favor, no dudes en hacérselo saber a las chicas. Descansa. Antes que ella pudiera abrir la boca, la puerta se cerró y su esposo desapareció. Eso no se suponía que era lo que debía pasar, él tenía que quitarse la ropa, acostarse a su lado, fingir que dormían y luego, como por arte de magia, dejarse llevar por los instintos y hacer el amor hasta el amanecer. —Es mi maldita fantasía, y se echa a perder… oh no, yo no voy a despertar mañana como la perdedora de siempre. No señor. Decidida a llevar todo hasta el final, abrió la puerta de su cuarto, tenía que buscar a Nathaniel como fuera. Se sorprendió mucho al ver lo amplio que era el pasillo afuera de su cuarto; quiso echarse para atrás, pero el susurro de esa voz gruesa la empezó a guiar hasta una habitación que reflejaba algo de luz por debajo. El tono se hizo más intenso, ahí estaba él. Tomó el pomo de la puerta, y su realidad, la de una trabajadora que tomaba autobús, que subía escaleras porque nadie le daba lugar en el ascensor, que amaba en secreto a un imbécil que no la defendió en lo absoluto, la detuvo. Ella era un punto gris en el mundo, jamás tendría esos alcances, además el sexo para ella era un mundo desconocido que solo vivió una vez con un cretinillo en su graduación de la escuela, donde no sintió nada de nada. ¿Qué estaba haciendo? Tras esa madera estaba un hombre que ella misma no lo hubiera imaginado para sí misma de esa manera, pero que por alguna razón le gustaba mucho. La voz al otro lado se detuvo, la llamada había terminado. Abrió la puerta empujada por la frustración que su vida le producía, pero Nathaniel no estaba a primera vista. Entró y escuchó ruidos tras otra puerta, al parecer la del baño. Sin temor, asombrada de la voluntad que la estaba empujando, se metió en la cama a esperar a que él saliera, cosa que hizo al instante, casi provocándole un infarto al verla ahí. —¡¡Demonios, Mary!! ¡¿Qué haces aquí?! ¡Deberías estar durmiendo ya! —¿Por qué no duermes conmigo? ¿No se supone que estamos casados? Nathaniel se mordió un poco los labios, no sabía qué decir. Mary observó su confusión, además de extasiarse con la vista sin camisa y darse cuenta de que los tatuajes no eran solo en sus brazos, sino que cubrían por completo su espalda, haciéndolo ver más malo, más rudo, más provocativo. Él se sentó en la cama, aún no decía nada, no obstante, no parecía querer sacarla de ahí. —Lo siento, está bien, esta noche durmamos juntos. Mañana te explicaré mejor las cosas, tal vez incluso recuerdes todo. —Tal vez mañana no te vea. Nathaniel no supo como interpretar eso. Levantó las mantas, estaba en extremo nervioso, algo que su esposa no entendía. Luego entonces se metió por completo en la cama, le dio la espalda a Mary y apagó la luz de la lámpara, dispuesto a dormir. —Ten buena noche, Mary. La chica vio su espalda, no obstante, eso no era lo que se suponía, tenía que pasar. De todos los amantes salvajes de los que había leído, a ella le había tocado el bien educado. Subió los ojos, en señal de protesta, y las cosas se pusieron algo peor cuando escuchó un leve ronquido de su parte. Aparte de todo, era el hombre que con solo tocar la almohada caía profundo. Los clichés de las historias, no se le estaban aplicando en ese momento. Pese a eso, lo miró dormir convencida que cuando ella cerrara los ojos, aquella vida terminaría. Le gustó tener ese sueño, la ilusión de estar casada con un hombre así; lo que le haya dado Raquel lo agradecía mucho. Nathaniel se dio la vuelta y quedó frente a ella, durmiendo gustoso. Mary le acarició un poco el cabello y le dio un beso en la mejilla, así se despedía de su sueño, que ahora a ella la vencía. El odioso despertador hacía su escándalo usual. Mary esta vez no sentía el sol en sus ojos, de seguro su cortina estaba bien cerrada. Sin abrir los párpados, entendió que estaba de nuevo en su departamento, en su pequeña cama sola. Sonrió al recordar la alocada fantasía segura que jamás olvidaría a ese hombre en sus sueños. —Nathaniel… —susurró para ella, sonriendo, aún algo abrumada, con el sonido del despertador. —Hum… Abrió los ojos de inmediato ante ese gorjeo que no era para nada lo usual en sus mañanas. Al intentar moverse sintió que estaba anclada a algo y al bajar su mirada, vio un brazo muy grueso, cubierto de tatuajes que la rodeaba por la cintura. —¡¡NO, DIOS MÍO, NO!! —gritó muy fuerte, dando patadas al azar, tanto que tumbaron a su acompañante de la cama. —¡Ah! ¡Maldita sea! ¡Me pateaste muy fuerte! Era él, Nathaniel, quien se incorporaba tomándose por el estómago. Se sentó en la cama, apenas sincronizaba sus parpadeos cuando vio a Mary que se acomodaba sobre él. Se quedó muy quieto mientras la jovencita lo tomaba por el rostro y con sus yemas parecía analizarlo. Luego esas pequeñas manos lo tocaron en el pecho, en la garganta, bordeando su manzana de Adán. Terminaron por fin de auscultarlo en sus orejas y en su cabello. Mary lucía impactada. —Dios mío, eres real… tú eres real, Nathaniel… La mujer se quedó ahí, encima de él, sin decir una palabra. El hombre no movía un músculo, no entendía nada de lo que sucedía, pero rogaba para sus adentros poderse controlar y no tener una erección, ya que ella estaba sentada y apoyada peligrosamente sobre su pelvis sin tener intención de moverse de allí. La vista para él era maravillosa, la blusilla de Mary estaba muy desacomodada y sus senos casi se asomaban. Ella no estaba consciente de lo que hacía, pero Nathaniel empezaba a disfrutar como nadie. *** Fin capítulo 5
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