Capítulo 3 — La prueba que nadie esperaba

1935 Words
La enfermería de la prisión olía a alcohol y a historias mal contadas. Valentina se apoyó en el lavabo con la solemnidad de quien se dispone a firmar un contrato con el destino y, en voz baja, le dijo al espejo: —Hoy no es día de dramas; es día de comprobaciones. La enfermera, profesional y con una paciencia que parecía de plástico, le entregó dos tiras envueltas en papel blanco. Valentina las miró como si estuvieran a punto de revelarle el final de una serie en la que ella nunca pidió el papel principal. Abrió una, luego la otra. Dos rayas. Dos líneas claras que rugieron más que cualquier titular de prensa. Por un segundo la celda guardó silencio, y ese silencio tuvo la textura de una noticia en prime time. Valentina respiró hondo y, como quien pone sal a cualquier guiso amargo, dejó escapar una risita. —Bueno —dijo—. Si alguien pensó que podían robarnos el futuro, deberían saber que yo compro entradas con derecho a devolución. Lucía, que estaba en la sala de visitas con un folio de papeles y la mirada de quien ya no cree en milagros pero sí en pruebas, abrió los ojos como si le hubieran servido un café doble. —¿Estás segura? —preguntó con una mezcla de asombro y estrategia. —Más segura que si me preguntas por la fecha de caducidad de una conspiración —replicó Valentina—. Esto no es un accidente. Es un efecto especial mal hecho. Ana, la abogada, no perdió un latido. Su cerebro procesó posibilidades tan rápido como una impresora procesa facturas: protección mediática, presión judicial, uso político de la maternidad… y la posibilidad más fea: que la convirtieran en un peón en un tablero donde la gente apostaba reputaciones como si fueran cartas coleccionables. —Esto cambia la narrativa —dijo Ana con la calma quirúrgica de quien opera con papeles en vez de bisturí—. Si se filtra, habrá reacción pública a favor. Si lo manipulamos bien, podemos convertirlo en un argumento humanizador en la fiscalía. Pero ojo: también puede usarse en tu contra. Valentina giró los ojos. —Gracias por el optimismo legal, Ana. Siempre me recuerdas que la vida es una fila de espera donde el quien grita más no siempre tiene la razón, pero sí consigue el micrófono. Esa frase, más mordaz que consoladora, provocó una sonrisa contenida en Lucía. En la prisión, el humor era el único lujo que aún no habían puesto precio. Mientras tanto, en el despacho acristalado que olía a café caro y a decisiones que dejaban huellas, Alejandro recibió una notificación que no esperaba: una foto borrosa—media mano sosteniendo un test—y un mensaje que decía: *“La prueba es real”*. No había remitente. No había firma. Solo la certeza incómoda de que los bordes de su convicción empezaban a deshilacharse. Levantó la vista hacia la ciudad y, por primera vez en muchos días, sintió algo parecido al vértigo. No era culpa completa; era más bien la sensación de haber vestido un abrigo que alguien había terminado a medias y presentarlo como traje hecho. Dio un sorbo a su café, que sabía a rutina, y contestó el mensaje con la frialdad que le gustaba: *“¿Prueba de qué?”* La respuesta llegó minutos después: *“Prueba de vida. Revisa los correos; la verdad tiene tiempo propio.”* Ese mensaje, críptico y directo, le dejó una pregunta pegada en la lengua: ¿qué más estaban ocultando? En la celda, Valentina posó la prueba sobre la mesa como si fuera un objeto de arte incomprendido. Le gustaba pensar que, si la vida era un mal guion, al menos podían mejorarlo con párrafos ingeniosos. Más allá del sarcasmo, había un miedo que no le dejaba la espalda tranquila; miedo al uso del embarazo como instrumento, miedo a que lo humano se volviera moneda de cambio en una sala llena de jueces invisibles. —Si el mundo fuera justo —dijo en voz alta, con ese tono que mezcla la sinceridad con la ironía—, a las maledicencias les darían recetas, para que al menos supieran cocinar algo decente. Lucía, práctica como siempre, ya había trazado un plan. La prioridad era segura: una ecografía en un lugar discreto, la documentación médica con sellos oficiales, y la cadena de custodia de esa prueba para que no la retocaran como si fuera un archivo Photoshop. Porque si algo había quedado claro en las últimas horas era que los PDFs eran más traicioneros que algunos amores. —Voy a hablar con Ana y con Diego —dijo Lucía—. Si hay que demostrar manipulación de correos, necesitamos la metadata. Si hay que llevar pruebas al inspector Rojas, las llevaremos. —Inspector Javier Rojas —murmuró Valentina—. ¿El que hace preguntas incómodas o el que las evita con elegancia? —El que responde cuando las pruebas le pican la curiosidad —corrigió Lucía—. Y ahora la curiosidad nos conviene. Esa noche, la prisión no dejó de tener ruido: pasos, llaves, conversaciones que se asomaban por la puerta como si quisieran escuchar una serie de madrugada. Valentina, aunque cansada, no pudo dormir. Pensó en el video del almacén que Lucía y Diego habían recontruido; pensó en la mano con anillo que no era la suya; pensó en la firma de Alvarado & Asociados que había aparecido en un documento escaneado al final del USB. Cada pieza era una nota que, si se tocaba en orden, componía una melodía que olía a trampa. —A veces —dijo Valentina con voz baja— pienso que la gente confunde veracidad con conveniencia. Si algo les conviene, lo declaran verdad; si no, lo ignoran. Es más cómodo vivir así. Lucía le dio un golpe suave en el brazo. —Deja de filosofar y duerme un poco. Mañana será un día de llamadas. —Si duermo poquito, tendré más tiempo para planear cómo te hago famosa en reality por heroicidad —bromeó Valentina—. Advertencia: si me hacen protagonista, me reservo los derechos de autor. Al otro lado de la ciudad, Alejandro buscó algo en los archivos: la ruta de los correos, los sellos de tiempo, cualquier anomalía que le permitiera respirar sin esa sensación de nudo. Diego había sido claro: había irregularidades. Pero irregularidades no era igual a manipulación sistemática, y Alejandro no era hombre de lanzar acusaciones sin base. Aun así, la imagen del test sostenido en una mano le recordó que, más allá de las cuentas, había una persona ante la que su decisión tenía consecuencias. —Si me equivoco —se dijo mientras miraba su reflejo sobre la mesa—, pagaremos todos el precio de una precipitación. Trató de buscar consuelo en el poder. No funcionó. El poder, como el café sin azúcar, no engaña: te muestra la amargura y espera que la aceptes. A la mañana siguiente, Lucía apareció con una gestión: un contacto en una clínica privada que, a cambio de discreción y documentación, podría programar una ecografía con resultado oficial. No sería público. No habría cámaras. Sería una foto clínica, con fecha y sello, una que pudiera presentarse en la fiscalía y que dijera lo que las tiras de papel ya contaban. —Perfecto —sonrió Valentina—. Si vamos a hacer de esto una telenovela, por lo menos que tenga buena producción. En la sala de espera de la clínica, las revistas hablaban de moda y de economía sin saber que, en una esquina, se cocinaba la escena que podría volver a escribir la historia de una mujer. Valentina se acomodó la chaqueta como si fuera una capa teatral, miró a Lucía y dijo en voz suficientemente alta como para que la recepcionista los mirara: —Si vas a chismorrear, al menos aprende a distinguir datos de opinión. No es lo mismo ser protagonista que ser víctima del que quiere papel. La recepcionista sonrió sin entender. Valentina no necesitaba comprensión; necesitaba una imagen con sello. La ecografía fue breve, técnica y sin circunloquios. Un monitor mostró algo que se movía, una forma pequeña que no sabía de escándalos ni de conspiraciones. Valentina, que siempre había sido de gestos grandes, sintió que su corazón se comportaba como un actor que improvisa en la escena final: latía fuerte y sin guion. —Aquí tiene —dijo la doctora mientras imprimía la imagen—. Fecha, hora, sello. Todo oficial. Valentina miró la fotografía como si fuera un pasaporte a otra vida, y, por un segundo, la risa que había usado para sostenerse se mezcló con algo cálido. No fue exactamente felicidad; fue la confirmación de que lo que tenía adentro era real, tangible, y que no podía ser tan fácilmente manipulado como un PDF. Regresaron a la prisión con la ecografía en una carpeta. Todo parecía encajar: la imagen con sello, la metadata que Diego iba a compartir, la mano ajena en el video del almacén. El plan era claro: llevarlo todo a Ana, y que Ana lo cruzara con la investigación del inspector Rojas. Sin embargo, el mismo día que la carpeta llegó a manos de Ana, el teléfono de Alejandro vibró de nuevo. Esta vez, un archivo adjunto. Abrió. Era un correo antiguo, encabezados visibles, una firma aparentemente legítima. Pero algo no encajaba: la fecha del correo era anterior a la discusión en el almacén. Y, en una línea que hasta entonces le había parecido insignificante, aparecía una referencia a una transferencia con un remitente que no correspondía a Valentina. Alejandro se quedó mirando la pantalla. Sus dedos, que tantas veces habían escrito órdenes, empezaron a tambalearse. No por miedo al error, sino por la posibilidad de que él hubiera sido, sin saberlo, la herramienta para una mentira bien montada. A la vez, en la carpeta de Ana, apareció una nota escrita a mano que nadie esperaba: *“Si quieren la verdad, vayan a la cámara 3. Hora real: 18:42.”* La nota no tenía firma. Y la cámara 3 era la que, según el inventario de la empresa, rara vez se revisaba. Valentina contempló la ecografía por última vez antes de guardarla. Sintió que la vida se le había vuelto un poco menos cómica y un poco más urgente. Miró a Lucía, que apretaba los dientes, y dijo con la frialdad de quien ha aprendido a no sorprenderse: —Si alguien juega con relojes, que sepa que yo también tengo calendario. Y no dudo en usarlo. Lucía asintió, aunque su mirada delataba el miedo que no quería confesar. Fuera del despacho, el juego seguía: mensajes anónimos, fotos borrosas, correos alterados. La verdad se estaba volviendo un rompecabezas al que alguien le había cambiado las piezas. Y en el borde de ese rompecabezas, dos manos —una que ajustaba los relojes y otra que intentaba desenredar los hilos— se movían con prisa. Mientras Alejandro cruzaba los datos del correo con la bitácora de la empresa, una entrada emergente en la pantalla mostró una nueva grabación de la cámara 3: el encuadre registraba a alguien depositando papeles en la mesa del almacén exactamente a las **18:42**, y, de pronto, la imagen hizo zoom en el anillo del ofensor. Alejandro soltó un leve: “No puede ser…”, y la pantalla congeló en la imagen más incómoda: el logo que aparecía en el anillo correspondía a una firma vinculada a su propia corporación. ¿Quién dentro de su mundo estaba remendando la verdad con hilos sucios?
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD