Capítulo 16 — Acto fingido

1665 Words
Montar una tregua pública entre dos personas que aún se miran como si uno fuera el menú y el otro la cuenta no es tarea de cirugía menor: requiere maquillaje, guion, un director de orquesta con paciencia y, sobre todo, actores dispuestos a sonreír mientras se clavan miradas por debajo de la mesa. Valentina y Alejandro decidieron hacer precisamente eso: fingir una paz para que la verdad, confiada, saliera a pasear sin darse cuenta. La conferencia de prensa fue una pieza de teatro bien ejecutada. Habían elegido un salón pequeño, neutrales, luces que no favorecían tanto a los rostros como a las declaraciones calculadas. Ana, con un vestido que decía “seriedad” pero con tacones que gritaban “no subestimen mi velocidad”, dirigió la coreografía. Lucía estaba a un lado con el semblante de quien controla el cableado eléctrico: un error y todo se iba a n***o. —Hemos acordado colaborar públicamente para esclarecer los hechos que nos han afectado a todos —dijo Alejandro con la formalidad de un notario que no quiere sorpresas—. Nuestra prioridad es la investigación independiente y la transparencia. Valentina asintió con la gravedad de alguien que guarda un chiste afilado para cuando los demás se distraigan. —Colaborar es fácil —respondió—. Lo difícil es mantener la decencia cuando te la ofrecen envuelta en papel de diario. Lo tomaremos. Pero con lupa. La frase fue una bofetada envuelta en seda. Los periodistas, hambrientos, ya anotaban. Algunos aplaudieron; otros se relamían por la promesa de conflicto. En realidad, el aplauso no importaba: lo que contaba era que, con esa actuación, abrían una vía para que Sergio, confiado, moviera ficha. Si la red de Alvarado & Asociados tenía un centro de operaciones, querían forzarle a reaccionar. Tras las cámaras, en las alfombras y los corredores, el equipo se dividió en tareas: Ana con la fiscalía, Diego y Héctor preparados para capturar cualquier tráfico extraño, Lucía rastreando movimientos logísticos y Rosa cuidando a los testigos. Valentina, por su parte, se puso el traje del “alias conciliadora”: sonrisa diplomática, frase medida, mirada que no delata guerra. —Si esto funciona —murmuró Lucía mientras revisaba el cronograma—, Sergio se cree ganador y se moverá. Todos los tiburones hacen ruido cuando están seguros de su presa. —Entonces nosotros iremos de pescadores —contestó Valentina—. Con caña larga, paciencia y, si hace falta, con anzuelo de hierro. Salieron al ruedo. La jugada era doble: en lo público, la alianza; en lo privado, ordenar la extracción y monitoreo forense de redes. Diego configuró puntos de observación en servidores espejo, Héctor afinó los detectores de integridad y Ana obtuvo una orden para que el juzgado obligara a proveedores a remitir logs en tiempo real si aparecía actividad sospechosa. Por la tarde, Valentina y Alejandro tuvieron una reunión “de trabajo” en una cafetería diseñada por publicistas. Sentados uno frente al otro, repitieron sonrisas y frases que parecían hechas para fondos de pantalla. —Necesitamos actuar con calma —dijo Alejandro, bajando la voz—. Si apretamos demasiado, cerrarán filas y desaparecerá la evidencia. —Calma, sí —replicó Valentina—. Pero la calma también puede ser un acto de mala fe cuando se usa para robar tiempo. No me confundas la paciencia con ingenuidad. Hubo una pausa llena de significado. Alejandro buscó en su bolso un sobre con documentos que fingían ser entrega de pruebas; era un señuelo controlado para que Sergio creyera que la presión cedía. Valentina lo miró y soltó otra frase que mordía con gracia: —Si tu arrepentimiento tuviera interés, lo invertiría. Pero prefiero acciones, no promesas con letra pequeña. Alejandro sonrió con esa mezcla de pudor y decisión que lo caracterizaba últimamente. “Acciones, no palabras”, repitió en voz baja. En ese rato, nadie pensaba que fingir era fácil. Fingir requiere que la piel no reaccione; requiere que la sonrisa no tiemble cuando el pecho clama. El plan tomó efecto temprano en la noche. Apareció un movimiento: un envío discreto que, según los registros, debía ser un lote de material de oficina. Lucía, que había puesto vigilancia en la ruta, activó el protocolo: seguimiento fotográfico del camión, comprobación del punto de entrega y, por supuesto, la trampa no letal que habían preparado: la furgoneta sería interceptada por personal judicial justo en el depósito al que “casualmente” la ruta la dirigía. El camión llegó sin ostentación, y un tipo con guantes blancos (porque en las películas los guantes siempre añaden seriedad) bajó una caja metálica. Los ojos de Rosa brillaron por la proximidad de la prueba, y cuando el paquete fue abierto, la sensación fue deliciosa: carpetas, recibos, un USB sin pulir y, al fondo, una libreta con anotaciones que incluían la hora 18:42 repetida como un estribillo. —Esto funciona mejor que una serie en prime time —susurró Rosa, y hasta Ana esbozó una sonrisa de alivio. Pero en las alfombras del juego siempre hay trampas: justo cuando el fiscal se disponía a detener la entrega formal y a requisar el contenido, alguien llamó al depósito con voz grave, reclamando una "entrega urgente". Por protocolo, el encargado volvió a abrir la caja; la reconoció, revisó, y por una brecha de orden la dejó pasar. Una operación matemática de distracción perfecta. Diego, desde la sala de control, notó la irregularidad en el feed de cámaras y masculló una maldición que no llegó al aire pero sí al grupo: “No me lo creo; han intervenido la ruta.” Hector buscó en los logs y detectó tráfico anómalo: un acceso remoto a la base de datos del depósito que, por su sello, no correspondía a los que tenían permiso. Era una huella breve y calculada: alguien había sabido exactamente dónde golpear para dejar pasar la caja. —Alguien nos cantó victoria —dijo Valentina con esa ironía cortante que ya era marca registrada—. Pero cantar victoria no es lo mismo que tener la orquesta. Esa noche, mientras la caja cruzaba otra ruta que no estaba prevista, Ana ordenó el cierre perimetral y una investigación de cada persona que había tocado el paquete. La fiscalía empezó a hablar en términos serios: posible intervención externa, manipulaciones de cadenas logísticas y, lo más preocupante, la posibilidad de un infiltrado. La semana anterior habían pensado en la posibilidad de una infiltración: que alguien dentro de la empresa o del equipo de seguridad jugara para la otra parte. Ahora las piezas caían con más claridad. No hacía falta mirar mucho para que la sospecha volviera a apuntar a la inicial de siempre. S.M., las siglas que aparecían como fantasma en documentos, parecía moverse como un espectro en los márgenes. Valentina, sin embargo, no dio paso atrás. Sabía que la tensión podía quebrar a cualquiera. En una llamada con Lucía, murmuró: —Cuando alguien trata de ocultar la verdad, es porque detrás hay algo que cree que la verdad no tolera. Busquemos eso. Y si no lo encontramos, lo fabricamos con preguntas que no puedan esquivar. —¿Fabricar preguntas? —replicó Lucía—. Que no te oigan decir eso o te usan para titular. —Entonces que las respuestas me encuentren incómoda —dijo Valentina—. Prefiero ser incómoda que cómplice de la comodidad ajena. La frase resonó como latigazo y luego como lema. No porque fuera bonita, sino porque tenía filo. Al mismo tiempo, Alejandro recibió un mensaje anónimo: una fotografía tomada desde lejos de su coche particular entrando en un parking con la hora marcada. Debajo, una sola línea: *“Tu casa también mira.”* No era una amenaza directa, era una promesa inquietante. Alejandro la sintió como un aviso: el enemigo no sólo jugaba desde fuera; tenía ojos dentro. La investigación se tensó. El juez autorizó una medida más: revisión del personal con acceso a terminales críticos y comprobación de dispositivos USB en custodia. Todo el mundo miró a todos, y la confianza volvió a convertirse en una pregunta incómoda. En la madrugada, cuando todo parecía calmarse, una alarma silenciosa saltó en el centro de datos: alguien había accedido a una copia de los archivos que estaban en revisión. No para verlos —eso podría ser inocente— sino para modificarlos. Diego observó la huella digital: el acceso vino de una terminal cuyo MAC estaba asociada a una empresa de logística, pero la sesión se inició con credenciales que pertenecían a seguridad interna. Un golpe maestro de suplantación. —Esto ya no es ingeniería social —dijo Héctor—. Esto es ingeniería de confianza. Alguien ha aprendido a usar nuestros permisos. Valentina se levantó y, con ojos que no buscaban piedad sino consecuencias, pronunció aquella frase que nadie olvidaría en la sala: —Si vas a jugar con la verdad, al menos no te quejes cuando te devuelva el golpe. La verdad tiene memoria y, sobre todo, mala leche. La frase fue un golpe seco. La sala se llenó de la certeza incómoda de que la trampa les costaría caro. Pero lo más inquietante no fue eso: fue la sensación de que la mano que había movido la caja metálica no sólo sabía cómo operar, sino que conocía exactamente el calendario de sus acciones. Justo cuando pensaban que habían recuperado el control, Diego recibió un mensaje cifrado que contenía una única imagen: la pantalla del servidor forense con una ventana abierta que mostraba los archivos originales... y, en la esquina inferior derecha, una miniatura que no debería haber existido: una foto tomada en la oficina ejecutiva de Alejandro, mostrando a alguien tecleando exactamente la noche previa, con la inicial **S.M.** en la taza de café. La imagen estaba fechada seis horas antes del acceso falso. Diego la amplió, y la tinta de la inicial parecía más nítida que nunca. ¿Quién tomaba fotos dentro de casa y por qué sus dedos aparecían tan cerca del núcleo?
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