La mañana amaneció con la gravedad de quien se presenta en un juicio con el botón del traje flojo: serio, pero con ganas de correr. El equipo, armado con citaciones, peritos y más paciencia de la que suena razonable, fue directo al centro de datos alternativo que figuraba en una factura: **SafeHold Solutions**. El sitio prometía seguridad de alta gama; la realidad prometía algo menos glamoroso pero igual de útil: un tipo con gafas que parecía dormir sobre servidores.
—¿Tú eres Héctor? —preguntó Lucía al técnico que los recibió con la desgana del que ya ha visto dramas corporativos.
—El mismo —respondió Héctor, y añadió con tono seco—: si piensa que esto es un paseo, mejor que busque una canción de relax mientras yo preparo los discos duros.
Ana presentó la orden judicial con la solemnidad de quien sabe que la tinta puede valer más que la voz; Rojas supervisó la operación con la mirada de quien ha visto mil demandas y pocas buenas intenciones. Diego se puso a trabajar como si las teclas fueran martillos y las cabeceras clavos; no hablaba mucho, fingía no dormir y en realidad si dormía, soñaba con metadatos.
—Vamos a buscar respaldos redundantes —dijo Héctor—. Si alguien borró la evidencia en la empresa, puede que la haya dejado en otra parte. Los atacantes a veces son románticos: copian por si acaso.
Valentina, que no había dejado de ser noticia aunque estuviera sentada en una sala con café de máquina, miró a su alrededor como quien busca la salida de emergencia en una película. Le gustaba notar detalles: una pegatina mal puesta, una cámara con polvo en la lente, un técnico que hablaba demasiado bajo.
—Si alguien pensó que con apagar servidores cerraba bocas, olvidó que los humanos hablan con las manos y las máquinas con sus pulsos —dijo Valentina, y Ana hizo notar la frase con una mirada cómplice.
Diego rastreó, comparó y encontró algo que les dio la primera alegría desde hacía días: una copia parcial en bruto, con fragmentos intactos y, sobre todo, con metadatos que apuntaban a un origen inesperado. La ruta no terminaba en SafeHold; saltaba a varios nodos y luego cayó en una cuenta registrada por una microempresa que, según las facturas, trabajaba para Alvarado & Asociados.
—¿Otra vez Alvarado? —murmuró Lucía—. Parece una telenovela con un patrocinador involuntario.
—O alguien muy buen vendedor de patrocinadores —replicó Valentina—. Si la culpa tuviera marketing, algunos tendrían contrato por temporada.
La ironía fue un parche que sostenía el ánimo. Héctor volcó la copia en un entorno forense aislado y procedió a reconstruir los hashes. Poco a poco, la imagen del video original fue emergiendo como quien saca una foto antigua del álbum: algo borrosa al principio, cada vez más nítida.
—Deténganse en el minuto 02:14 —pidió Héctor, señalando la pantalla—. Ahí se ve claramente cuando alguien deja un sobre.
La imagen, cuando se amplió, mostró lo que Rosa había dicho: una mano con el anillo grueso, la superficie del sobre y, al fondo, un logo poco definido. La cámara captó también algo que nadie había notado antes: el reflejo en el cristal de una placa metálica con letras diminutas. Era una pista pequeña, pero cuando la ampliaron otra vez, se distinguieron las letras: **ALV**. No era la prueba total, pero encajaba con el patrón de Alvarado & Asociados que había aparecido en facturas y registros.
—Esto se parece cada vez menos a un error y más a una coreografía —dijo Ana—. Alguien orquestó la extracción.
Valentina, con esa mezcla de sarcasmo y sentido práctico, soltó otra frase que cortó como cuchillo pero hizo sonreír a Lucía:
—A algunos les enseñan a esconder la verdad; a otros, a firmarla con la letra grande para que los aplausos no falten. El problema es la falta de vergüenza.
Héctor siguió rebuscando y encontró una joyita: un log de acceso que mostraba una sesión iniciada con credenciales de mantenimiento desde una IP dinámica que, por su patrón de salto, parecía ser utilizada por conductores frecuentes de empresas de logística. En el mismo log aparecía el identificador de un vehículo: VAN-ALV-003. No hacía falta mucha imaginación para unir puntos.
—VAN-ALV-003 —leyó Diego en voz alta—. Esa coincidencia ya no es casualidad. Es una matrícula con nombre propio.
Con la chapa en la mano, el grupo se dividió: Lucía y Rosa fueron a rastrear proveedores y conductores; Ana y Héctor cerraron rutas con la fiscalía; Alejandro y Diego revisaron la implicación de cuentas internas. Valentina decidió acompañar a Lucía, aunque fuera más por instinto que por estrategia: le gustaba ver cómo las piezas se movían en la vida real, no sólo en pantallas.
El taller de reparto donde figuraba VAN-ALV-003 no era precisamente un casino; era más bien un albergue de cajas y tiques impresos. El conductor, un hombre con barbas y sonrisa de quien ha visto premios y multas por igual, reconoció la furgoneta en la foto.
—Esa la vi salir una vez con una caja muy pesada —dijo—. La dejaron en un depósito que está detrás de una nave vieja. Era de noche y el chofer que la trajo no vino acompañado. No es nuestro habitual.
La descripción calentó el móvil de Lucía: coordenadas, horarios, y una dirección con olor a polvo. Rosa apretó los dientes; era su terreno. Sabía que los lugares que nadie veía eran los que guardaban secretos.
—Vamos —dijo Rosa—. Y si hay que hablar fuerte, hablo más fuerte.
Entraron a la nave con la discreción de quien entra a un almacén de recuerdos. Al abrir una puerta metálica oxidada encontraron cajas, pallets y, en un rincón, una caja metálica con cinta vieja. La caja tenía una etiqueta parcialmente borrada; sobre ella, escrito a mano con tinta corrida: **COPIA FINAL**.
—La vimos —murmuró Rosa—. Esto huele a prisa y a plan—. Alguien quería que desapareciera la evidencia, pero dejó la caja donde sabía que alguien curioso la encontraría.
Valentina no pudo evitar un comentario.
—Si quieres que algo desaparezca, no lo dejes en una caja con nombre. Si quieres que alguien lo encuentre, escribe "antigüedades" y listo.
Rieron con la ligereza nerviosa de quienes recogen piezas de un rompecabezas peligroso. Abrieron la caja con cuidado y encontraron carpetas, fotos y una libreta donde había anotaciones en varios estilos: transacciones, horas y un nombre que se repetía en una columna: **Sergio Alvarado**. No era la firma oficial, pero la repetición tenía la contundencia de un testimonio.
—Alvarado aparece en pagos a una subcontrata —dijo Lucía, leyendo en voz alta—. Aquí hay facturas, rutas y una mención a “retiro en centro” con la hora 18:42.
La coincidencia de la hora no era casualidad; ya era una sinfonía siniestra que marcaba compás. La caja, además, contenía facturas con sellos de empresas fantasmas y recibos de mano que mostraban firmas parcialmente legibles.
—Esto cambia el panorama —murmuró Ana, que había llegado al sitio con la fiscal—. Si estas pruebas son auténticas, estamos ante una red de subcontrataciones usada para mover cosas sin firma clara.
Rosa señaló un papel que tenía una nota: *“Enviar a SafeHold — 19/07 — S. A.”* La inicial, otra vez, hacía cosquillas.
—S. A. —dijo Valentina—. ¿Sergio Alvarado o sociedad anónima? A veces la vida tiene sentido del humor y lo escribe con iniciales confusas.
La tarde avanzó con el ritmo de los que buscan notificaciones en un teléfono. Alejandro, al enterarse de la caja y su contenido, se presentó en la nave con la compostura de empresario que no quiere destrozar la faena pero entiende la gravedad. Miró los papeles con expresión triste.
—Si alguien usó el nombre de mi empresa, lo quiero fuera —dijo—. Pero si alguien dentro la usó, es otra cosa: debemos limpiar y tomar decisiones profundas.
Santiago, citado por la fiscalía, negó todo y ofreció su cooperación. Su rostro tenía la palidez de quien no entiende por qué lo miran con esa desconfianza que se crea cuando el entorno se resquebraja.
—No sé nada de eso —dijo—. Mi firma puede aparecer en papeles de control, pero no firmo porque sí. Si hay una bitácora, quiero verla.
—Y la verás —replicó Ana—. Todo en su momento. Pero si alguien ha manipulado tus credenciales, saldremos de dudas.
La conversación quedó en suspenso. Alejandro se retiró con la sensación incómoda de la duda. No quería creer que uno de los suyos fuera capaz, pero las evidencias apiladas eran como fotografías que no respetan la buena fe.
Mientras la noche caía y el equipo cerraba el inventario de la caja, Valentina guardó una de las facturas en su bolso como si fuera un talismán: no por superstición, sino para tener algo que mostrar cuando la gente dijera que todo era una invención.
—Si la corrupción fuera una moda, algunos la llevarían con nombre de diseñador —murmuró—. Lo malo es que no hay devolución.
La frase provocó una risa amarga que se desvaneció cuando el móvil de Ana vibró. Un mensaje nuevo: una fotografía, tomada desde lejos, de la nave que acababan de revisar. En la imagen se veía a alguien rondando la puerta, con capucha y pasos controlados. Sobre la foto, un texto: *“Buen trabajo. Pero no sé si te conviene encontrar tanto.”*
El grupo se quedó en silencio. Rojas apretó la mandíbula. Ana, siempre calculadora, no mostró sorpresa, pero su semblante dijo todo: había alguien observándolos y no quería jugar limpio.
—Esto ya no es casual —dijo Rojas con voz medida—. Quien quiera intimidar sabe dónde está la evidencia y cómo seguirles la pista. Estamos en presencia de una organización con capacidad operativa.
Valentina respiró hondo. Miró la calle, la nave, los papeles y, en lo más íntimo, la sensación de que el tablero cambiaba con cada movimiento. Se preguntó si a veces la verdad necesitaba ser gritada para ser escuchada, y si esa gritería traería consecuencias.
—Si quieren golpear, que lo hagan con estilo —murmuró—. Yo ya me pongo el sombrero para el próximo acto.
Había algo en la voz de Valentina que no era solo ironía: era desafío. Y el desafío se sentía en el aire como una promesa.
Justo cuando cerraban la nave, el teléfono de Lucía recibió un vídeo encriptado: una cámara interior, ángulo fijo, mostraba una sala de archivo donde alguien deslizaba una carpeta a través de una rendija y luego encendía una pequeña lámpara para iluminar su contenido. La cámara hizo zoom en la carpeta y la imagen se enfocó en letras grandes: **EXPEDIENTE VALENTINA CRUZ — COPIA**. La última toma mostró la cara de quien sujetaba la carpeta —solo un perfil iluminado— y una voz en off dijo, con claridad glacial: *“Nos estás buscando. Nosotros ya te encontramos.”* Lucía dejó caer el móvil. El eco de esa voz hizo que todos supieran que la caza había dejado de ser de ambos lados: ahora, alguien jugaba también a encontrarlos a ellos.