Capítulo 11 — Primer enfrentamiento

1864 Words
La sala del evento corporativo había sido arreglada con esa clase de elegancia que pretende distraer: mesas largas con centros de mesa que parecían esculturas de i********:, una tarima con micrófono impecable y un photocall donde los patrocinadores se peleaban por colocar su logo. El aire olía a vino blanco barato y a discursos rehechos; perfectísimo para convertir una acusación en espectáculo. Justo lo que la prensa quería. Valentina Cruz entró con paso medido y buena cara, como quien pisa una pasarela sabiendo que la cámara siempre busca el defecto. Lucía la acompañaba, Ana la seguía cuidando papeles como si fueran pañuelos de emergencia, y Rosa —esa Rosa que ahora tenía más valentía que la mayoría de la bolsa de valores— les había prometido desde la entrada que la recibiría con café y ojos de lince. —Tranquila —susurró Lucía mientras las luces brincaban en cristales—. Parece una reunión de gente que ama decir cosas bonitas antes de hacer otras feas. —Prefiero que me definan por mis palabras que por sus rumores —dijo Valentina en voz baja—. Y si van a inventar, que al menos tengan imaginación; esta versión es pura economía de recursos. Entrar así era una declaración. La prensa las esperaba en el patio lateral: micrófonos en alto, cámaras con tripié y esa cara de quien ya tiene la historia escrita en la mano, solo a la espera de que alguien ponga la firma. Camila Herrera, con ese brillo en los ojos que solo los que viven de titulares poseen, las vio cruzar y se acercó con la sonrisa de quien conoce la nota que comprará likes. —Valentina, ¿tiene algo que decir a los accionistas? —preguntó, el micrófono apuntado como si fuera un arma de foam. Valentina respondió con la calma de quien sabe que las palabras son moneda de alto valor. —Sí —contestó—. Que cuando regalan juicios sin abono, el crédito siempre lo pagan los inocentes. Y que si alguien cree que un titular puede reemplazar la justicia, espero que por lo menos aprendan a escribir correctamente. La frase hizo morderse el labio a más de uno. Era una de esas respuestas que pican y hacen pensar. Alejandro observaba desde la mesa principal, con la postura de quien intenta no mostrar demasiado. Tenía la mirada dura y el gesto de quien carga en secreto el peso de decisiones que ahora le rozaban como arena fina. La presentación de la junta comenzó con los tópicos de siempre: cifras, objetivos, estrategias. Pero los símbolos del poder no impidieron que el tema candente flotara en el ambiente como un invitado que nadie osa presentar. La tensión entre Valentina y Alejandro era un hilo en el vestido del evento: lo veías y sabías que, si tirabas, todo podía desenredarse. En un intervalo breve, Alejandro se acercó con esa compostura medida que en su caso siempre venía con una instrucción interna: aparentar neutralidad, aunque el corazón te mande correos urgentes. Se detuvo frente a Valentina y, con voz que buscaba ser cortés, dijo: —Valentina, me gustaría aclarar varios puntos fuera de aquí. Ella lo miró como quien lee una carta con faltas de ortografía: consternada y un poco ofendida por el esfuerzo mal gastado. —Perfecto —respondió él—. Cuando quieras. —¿Fuera de aquí? —replicó Valentina—. ¿No es más práctico que me explique frente a los que ya me han juzgado? La verdad no se asusta de la luz, solo de las sombras que la rodean. Alejandro se quedó un segundo sin palabra. Esa segunda bastó para que las cámaras recogieran la tensión y la convirtieran en material audiovisual. Un murmullo, casi imperceptible, rodó por las mesas. —No quiero que esto sea espectáculo —insistió Alejandro, bajando la voz—. Solo quiero que entiendas que algunos elementos que me presentaron me hicieron creer en algo que ahora quiero revisar. —¿Creer? —Valentina alzó una ceja con esa mezcla que tanto la caracterizaba—. Creer es gratis. Lo que no es gratis es romper vidas con esa creencia. Si vas a creer, que sea en datos, no en suposiciones con traje. La frase dolió porque apuntó directo: no era solo un reproche, era una acusación de precipitación. Alejandro notó la punta del reproche y por un momento su compostura titubeó. —Si te ofendí con mi decisión, lo lamento —dijo, sincero y cortante—. No era mi intención verte así. —¿Lamentarlo? —replicó ella, con voz que no ocultaba sarcasmo—. Lamentarlo está muy bien para tarjetas con lacito. Para lo demás, hay consecuencias. Esa línea fue una de las que los periodistas se guardaron instantáneamente como perlas para sus próximos artículos. Valentina había conseguido algo valioso: que las palabras de Alejandro sonaran humanas y vulnerables, y eso provocaba más preguntas que respuestas. Justo en ese momento, una voz desde la tarima llamó a seguir con el programa; el moderador, sin saber que acababa de presenciar un acto con carga dramática, pidió calma. Aun así, la sala no volvió a ser la misma. La gente murmuraba, algunos con simpatía para ella, otros con la cautela de quien teme que su preferencia le cueste aceptación en la oficina. Después del panel, la dinámica cambió: reuniones en pasillos, llamadas susurradas y una sensación persistente de que alguien tiraba hilos desde fuera del escenario. Lucía y Ana se agruparon con Valentina para revisar la noche y decidir los pasos a seguir. —Tenemos que mantener el foco en la pericia —dijo Ana—. Si esto se convierte en show, perdemos la sustancia. —Además —añadió Lucía—, la gente se enamora de las historias sencillas; nosotros tenemos un rompecabezas y eso a muchos les da pereza. —Si la paciencia fuera acción, muchos ya serían prósperos —intervino Valentina con otra de esas frases que hacen sentir el borde—. Pero mientras esperamos a que la paciencia se haga visible, hay que moverse. La conversación fue breve. Las estrategias se inflaron como globos cuidadosamente atados: rueda de prensa controlada para la semana siguiente, comunicados con piezas de evidencia escueta pero contundente, y la solicitud de protección para testigos clave. Todo eso mientras Alejandro quedaba en el centro: ni culpable absoluto, ni inocente a ojos de todos: una figura incómoda para la prensa y para sus aliados. Mientras conversaban, un asistente de prensa se acercó con un sobre pequeño. Lo dejó en manos de Valentina porque en el evento la logística era una coreografía perfecta. El sobre tenía una nota dentro, escrita a tinta corrida: *“Si buscas respuestas, no mires solo la tarjeta que pagó el servicio.”* Valentina alzó la vista y vio a Alejandro que, al mismo tiempo, sostuvo su propio móvil y lo miró con esa mezcla de expectación y miedo. Sus dedos temblaban levemente; por primera vez desde que esto empezó, un gesto suyo fue humano más que corporativo. —¿Proveniente de? —preguntó Ana, con la profesionalidad de quien siempre pide origen y cadena de custodia. —Anónimo —respondió Valentina, y la palabra se posó sobre la mesa como una sombra. Entonces, como si alguien hubiese activado una nueva escena, los monitores del pasillo se encendieron: una nota en la pantalla digital del edificio aparecía con letras rojas: **NUEVO MATERIAL FILTRADO. REVISEN LA CUENTA 18:42**. Las cámaras de seguridad del centro de convenciones, por un instante, replicaron la imagen que todos ya temían: la caja, la etiqueta, el anillo. Un mensaje breve acompañaba la visual: *“No todo lo que se muestra pertenece a quien firma.”* El rumor se convirtió en clamor. Alejandro se volvió pálido; Valentina apretó los dientes sin perder la compostura. Un periodista se acercó con micrófono y preguntó si era cierto que había gente dentro de la empresa implicada. Alejandro guardó silencio. El silencio, en ese lugar, era más grito que cualquier respuesta. —Si vamos a limpiar algo, mejor que lo hagamos con agua clara, no con jabón sucio —dijo Valentina entre dientes, y la frase abrió una carcajada contenida en Lucía. Esa observación fue un dardo: era ingeniosa y cruel a la vez, como quien te recuerda una falta sin alzar la voz. Alejandro se enderezó como quien se prepara para una declaración que aún no sabe si será confesión o defensa. —Queremos colaborar con la investigación —finalmente dijo—. Y si hay responsables, pagarán. Pero no necesito un linchamiento mediático para aceptar que alguien usó nuestro nombre. —El linchamiento no lo pide la verdad —contestó Valentina—. Lo pide la prisa. Y la prisa muchas veces viste de traje y firma. La sala estalló en murmullos. Algunos aplaudieron, no por ellas sino por el drama que alimentaba la conversación. Otros guardaron silencio, porque sabían que esto iba más allá de un titular: las consecuencias podían tocar a muchos. Cuando el evento terminó, las carreteras volvieron a sus sonidos habituales: bocinas, conversaciones telefónicas y motos que parecían máquinas de ideas aceleradas. Valentina, Lucía y Ana salieron con el aire un poco más cortado que al entrar. Afuera, sobre la acera, un fotógrafo tomó una última foto: la imagen de Valentina con Alejandro en segundo plano, la postura de ambos inmortalizada como si la vida fuera una escena fotográfica sin guión claro. —Esto no va a acabar rápido —dijo Lucía mientras metían distancia entre ellas y el edificio—. Y si alguien piensa que empujarnos a hablar rápido nos debilita, está subestimando el arte de los que no se rinden. Valentina miró al cielo y soltó una frase que era mitad desafío, mitad promesa: —A algunos les gusta quemar etapas. A mí me gusta prender velas donde quieran apagar la verdad. Y las velas, tal vez, iluminan más que sus fuegos artificiales. La frase quedó en el aire, cálida, y la noche respondió con un viento que parecía borrar huellas. Todavía quedaban preguntas sin respuesta: ¿quién había pagado realmente por el VPS? ¿quién había manipulado las cámaras? ¿Santiago era un autor, un títere o una víctima circunstancial? Y lo más inquietante: ¿qué iba a salir en la próxima filtración, cuando alguien decidiera apretar ese botón que ya nadie sabía dónde escondían? En el coche que se alejaba del edificio, el móvil de Ana vibró con un correo marcado como urgente. Lo abrió y encontró un archivo adjunto titulado **“PARA_TU_URA”** (sic). Al abrirlo, una sola línea apareció en grande: *“Si quieres saber la verdad, revisa los últimos accesos al servidor con IP extranjera — 00:12 del día 18.”* Debajo, una imagen: la pantalla de una cámara de seguridad desde la que alguien había grabado a Alejandro, sólo unos segundos antes de entrar al edificio — miraba su reloj y, detrás suyo, una sombra se movía con paso medido. Ana dejó el móvil temblando. ¿Quién había fotografiado a Alejandro desde tan cerca, y por qué la sombra parecía conocer sus pasos?
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