Capítulo 10 — Cuando el miedo toca el timbre

1328 Words
El video llegó con la puntualidad de una mala noticia y la elegancia de un golpe bajo. Lucía dejó el móvil sobre la mesa como si quemara, y el silencio que se hizo fue tan espeso que cualquiera habría jurado que alguien había bajado el volumen del mundo. —Respiramos —ordenó Ana, con voz firme—. Nadie entra en pánico. El pánico es exactamente lo que buscan. Valentina observó el fotograma congelado: **EXPEDIENTE VALENTINA CRUZ — COPIA**. Le dio una risa breve, de esas que no piden permiso y no esperan aplauso. —Qué detallistas —dijo—. Me gusta cuando me incluyen en sus manuales de amenazas. Es casi personalizado. Rojas pidió refuerzos sin dramatismo. Diego, que llevaba horas con los ojos enrojecidos y el humor afilado, abrió su portátil y empezó a analizar el video como quien desmonta un reloj para ver si el tic-tac miente. Pausó, amplió, revisó sombras y reflejos. —La iluminación es artificial —murmuró—. Esa lámpara no es de oficina estándar. Es de taller. Y el sonido ambiente… escuchen. Subió el volumen. Un zumbido constante, casi imperceptible, se colaba por detrás de la voz. —Eso es un compresor pequeño —confirmó Héctor por altavoz—. Taller o almacén. Y el eco indica techo alto. No es una oficina. —Perfecto —asintió Valentina—. Tenemos villanos con hobbies manuales. Me siento en una feria de artesanos del crimen. Lucía no pudo evitar sonreír; la broma era un salvavidas. Ana, mientras tanto, organizó el plan: protección personal inmediata, cambio de rutas, y una comparecencia estratégica para obligar a mover fichas. —Si se esconden, los sacamos a la luz —dijo—. Si amenazan, respondemos con procedimiento. Mañana pedimos una orden para ampliar la investigación a Alvarado & Asociados y a sus subcontratas. —Y hoy —añadió Rojas—, nadie duerme sin escolta. Valentina levantó la mano. —Con todo respeto, inspector, duermo mejor con humor —dijo—. Y si vienen a asustarme, que traigan café. El miedo sin cafeína es de mala educación. Rosa llegó con una bolsa de pan y una determinación a prueba de sustos. —No van a callarnos —afirmó—. Si quieren jugar a las sombras, yo enciendo la luz del pasillo. El equipo se repartió tareas. Diego y Héctor rastrearían el origen del video; Lucía y Ana prepararían la solicitud judicial ampliada; Rojas reforzaría custodia y coordinaría vigilancia; Valentina… Valentina haría lo que mejor sabía: provocar errores con una sonrisa. —Voy a conceder una entrevista corta —anunció—. Nada de nombres, nada de acusaciones. Solo hechos verificables y una pregunta al aire. A ver quién pica. —¿Estás segura? —preguntó Lucía—. Podría ser peligroso. —Más peligroso es dejar que escriban la historia sin mí —respondió Valentina—. Y además, me encanta cuando los culpables se reconocen solos. La entrevista fue concisa y milimétrica. Valentina habló de procedimientos, de respeto a la justicia y de cooperación. Luego lanzó la pregunta, como quien deja caer una moneda en un pozo: “Si alguien tiene una copia de mi expediente, ¿por qué no la presenta ante el juez?” Sonrió. Fin. Las redes hicieron lo suyo. Unas horas después, Diego levantó la vista del portátil. —Tenemos movimiento —dijo—. El video fue subido desde una red móvil con antenas cercanas al polígono industrial del norte. Y miren esto: el archivo tiene un rastro de edición con un plugin específico que usa… Alvarado Media. —¿La empresa de marketing? —preguntó Lucía. —La misma —asintió Diego—. No es ilegal, pero sí específico. Alguien quiso producir el miedo con estética cuidada. —El miedo con logo —ironizó Valentina—. Qué monada. Héctor añadió una pieza más: el audio tenía un patrón de compresión típico de un grabador portátil muy concreto. El modelo se vendía en dos tiendas de la ciudad. Rojas ordenó comprobar ventas. Mientras tanto, Alejandro llamó a Valentina. Su voz sonaba cansada, pero honesta. —No quiero que esto te alcance más de lo necesario —dijo—. Si alguien usó recursos de la empresa, me encargaré. —Gracias —respondió Valentina—. Y un consejo gratis: cuando el incendio es interno, no basta con apagar; hay que revisar el cableado. Colgó y se permitió un suspiro. Luego lanzó otra de sus verdades envueltas en risa: —Hay gente que confunde poder con ruido. El poder se nota cuando callas; el ruido, cuando tiemblas. La tarde avanzó con pequeños hallazgos: una factura de alquiler de una nave en el polígono, pagada por una subcontrata vinculada a Alvarado; un registro de acceso nocturno; una compra reciente del grabador portátil. Nada definitivo, todo acumulativo. La justicia se alimenta de migas que, juntas, hacen pan. De pronto, el teléfono de Lucía vibró. Un mensaje sin remitente: *“La luz atrae insectos.”* Debajo, una ubicación en tiempo real que parpadeaba a tres calles del lugar donde estaban. Rojas reaccionó de inmediato. Patrullas en camino. Ana pidió calma. —No nos movemos solos —dijo—. Si es una provocación, no la seguimos a ciegas. Valentina se puso el abrigo y sonrió con ese brillo peligroso. —No se preocupen —dijo—. Yo no corro detrás de sombras. Las invito a salir. Diego, desde el portátil, alzó la mano. —Esperen —dijo—. Acaba de entrar un correo cifrado a tu bandeja, Valentina. El asunto decía: **Para que no dudes**. El adjunto era un audio corto. Lo reprodujeron. —“Tenemos la copia completa. Podemos destruirla o entregarla. Decide.”— La voz era la misma del video, más cercana, menos teatral. Valentina inclinó la cabeza. —Decidir es un lujo —respondió—. Y los lujos se ganan. Rosa apretó los puños. —No les daremos nada. —Exacto —asintió Ana—. Les daremos ley. El equipo se preparó para la noche. Custodias, rutas, teléfonos cargados. La ciudad parecía observar con ojos nuevos. Valentina, sentada en el asiento trasero del coche, miró por la ventana y pensó que, a veces, la verdad necesitaba paciencia y un poco de descaro. —Última cosa —dijo—. Si vuelven a llamar, grabamos. Si vuelven a amenazar, documentamos. Y si vuelven a jugar, que sepan que no somos figurantes. El coche avanzó. A dos cuadras del destino seguro, las luces parpadearon. Un segundo. Dos. El móvil de Valentina vibró con una llamada entrante. Número oculto. —¿Contestamos? —preguntó Lucía. Valentina sonrió. —Claro —dijo—. Me encanta cuando llaman para confirmar que no nos conocen. Contestó. Del otro lado, silencio. Luego, una respiración. Y una frase, lenta, precisa: —“Mañana a las ocho. Ven sola. O la copia no verá el amanecer.” Valentina cerró los ojos un instante y respondió con calma absoluta: —Si quieres negociar, aprende primero a llegar a tiempo. Yo no madrugo para mentirosos. Colgó. El coche se detuvo frente al edificio seguro. Rojas habló por radio. Ana anotó la hora. Diego guardó logs. Nadie dijo lo que todos pensaban: que el juego había cambiado otra vez. Valentina bajó del coche, se ajustó el abrigo y lanzó su última flecha del día: —Cuando el chantaje se disfraza de oferta, es porque la verdad ya les está mordiendo los talones. A las 7:59 de la mañana siguiente, el móvil de Valentina vibró con una ubicación precisa y una foto tomada en ese mismo instante: una mesa, una carpeta abierta y, encima, una prueba que nadie esperaba ver… una ecografía. La imagen tenía un mensaje: *“Sabemos más de ti de lo que crees.”* Valentina sintió que el suelo se inclinaba. ¿Quién había cruzado esa línea… y hasta dónde estaban dispuestos a llegar?
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