La dirección de correo *[sm.control@securemail.xyz]* olía a cebolla digital: la primera capa quemaba los ojos, la segunda tenía sabor a trampa y la tercera te dejaba llorando por lo evidente. Héctor, que ya había desarrollado una relación tóxica con los metadatos, puso la taza de café sobre la mesa y comenzó a tirar del hilo como quien desenreda un collar de perlas: paciente, con ojos de cirujano y mala leche.
—Esto no es solo un correo —dijo—. Es un mapa con trampas. La IP de salida salta por cinco nodos. Hay servidores espejo en tres países distintos. Pero lo curioso es que en uno de esos saltos aparece una dirección física: un espacio de coworking en el distrito sur.
Valentina, que en los últimos capítulos había aprendido a convivir con la adrenalina y a hacer chistes sobre ella, cruzó las piernas y soltó una de esas frases que cortan sin pedir permiso:
—Perfecto. Siempre he querido ir a un coworking a buscar a un villano. ¿Traerá tarjeta de presentación o vendrá con drama incluido?
Lucía suspiró. —No es gracioso —replicó mientras ya movía su teléfono—. Voy a organizar una vigilancia. Si hay un punto físico, lo revisamos en persona. Y si nos toca fingir ser clientes, tendremos que mejorar nuestras caras de “no sabemos nada”.
Ana pidió calma procedimental: orden judicial, acompañamiento policial, peritaje en caliente. Rojas, que había guardado el traje de policía y sacado a relucir su parte más práctica, coordinó equipos y patrullas. Un despliegue silencioso pero enorme se organizó para la tarde: tres grupos, dos coches civilizados y aparcamiento lejano para no asustar a los vecinos.
—Si alguien cree que los villanos usan capa, que la siga usando —comentó Rojas—. Nosotros preferimos chalecos reflectantes.
El edificio del coworking era todo luz y mesas de madera pulida. Adentro olía a té artesanal y a presentaciones mal memorizadas. Lucía, con su sonrisa de logística, se instaló en una mesa con una libreta abierta y cara de quien trabaja en marketing freelance. Valentina se sentó enfrente y, sin perder el estilo, pidió un café que el camarero le trajo, sorprendido por la calma actoral.
Diego y Héctor, apostados en un coche a la vuelta, vigilaban la red. Tenían dos objetivos: identificar quién visitaba el coworking con el alias sm.control y capturar cualquier comunicación saliente. En el interior, Valentina fingía teclear, miraba el teléfono y, de vez en cuando, lanzaba comentarios al aire que servían de cebo.
—Si vienes a reclutar a una villana, traeré sombrero —dijo en voz alta—. Hay que tener imagen.
La puerta sonó. Un hombre con la sobriedad de los que han practicado la indiferencia entró, miró el lugar, y sus ojos se detuvieron en Valentina. Era el tipo de cliente que todos temen: elegante sin esfuerzo, incómodo por el calor y con la frialdad de quien carga secretos. Se acercó, dejó una tarjeta sobre la mesa y murmuró:
—Estoy aquí por la Sra. Cruz.
Lucía levantó la mirada como quien pone una alarma. La tarjeta no tenía nombre, solo un logo minimalista y, en letra pequeña, la dirección de correo que llevaban siguiendo. La voz del hombre era neutral; su reloj, caro. Todo encajaba con un contacto a quien no le gustaba dejar huellas.
—¿Quieres hablar aquí? —preguntó Valentina con sonrisita letal—. Podemos simular contratar un plan de social media para tapar la conversación.
El hombre no sonrió. En cambio, deslizó un sobre fino y dijo: —No vine a negociar. Vine a advertir.
Antes de que la palabra se enfriara, Diego envió un ping: la IP que se había activado minutos antes se había desplazado y ahora aparecía en un nodo cercano… al mismo coworking. El juego subía de nivel. El tipo, frío como una nevera de catering, se retiró con la función cumplida. Dos minutos después, otra señal: desde la misma red local salió un correo con un adjunto cifrado que buscaba una dirección encriptada. Héctor lo neutralizó y guardó una copia forense.
—Lo que sea que traía —dijo Diego por radio—, acabó en la red. Y esa red no ha salido del edificio.
La tensión creció. Habían pensado que *sm.control* era una cuenta anonimizada que actuaba desde la distancia; ahora resultaba que, al menos en ocasiones, se movía a ras de suelo, entre mesas de coworking y cafés con leche de avena.
Mientras tanto, en la oficina central de VargasCorp las noticias volaban en silencio. Alejandro no dormía bien: la posibilidad de que una traición se cocinara dentro de su casa le daba náuseas más que rabia. Llamó a su jefe de seguridad, que entró al despacho con la compostura de quien solo quiere solucionar con escalera y no con palabras.
—Tenemos que auditar todos los accesos de la última semana —dijo Alejandro—. Y quiero que me expliquen quién dio acceso a la sala de juntas el día del montaje.
El jefe de seguridad puso la cabeza entre las manos. —Hay registros, señor —contestó—. Pero algunas sesiones estaban programadas como mantenimiento y no dejaron constancia física. Fue error de protocolo.
—Error o no —replicó Alejandro—, dentro hay huellas. Y yo prefiero saber de quién son.
De vuelta en el coworking, la cosa se volvió más jugosa: una persona se acercó a la mesa de Valentina cuando el hombre que vino a "advertir" se alejaba. Era una mujer, de gesto tranquilo y discreto. Llevaba un bolso grande y una chaqueta con el logo tenue de una consultora de seguridad externa. Sobre su antebrazo, una pulsera fina tenía grabadas las letras *S.M.* —las mismas iniciales que habían perseguido como espectro durante semanas. Valentina notó el detalle y, sin perder la compostura, se atrevió a un comentario:
—¡Qué coincidencia! Las iniciales trendearon en mi vida como nadie.
La mujer sonrió apenas y dejó una tarjeta. —Trabajo con seguridad —dijo—. No me interesa el show. Solo la verdad.
Lucía la miró con suspicacia; su instinto le decía que no era casualidad. Diego, desde el coche, notificó: la sesión de subida había partido de una IP que, en ese momento, estaba vinculada a la red de la consultora de la mujer. Era la evidencia que necesitaban, pero la trampa era perfecta: la consultora figuraba contratada por VargasCorp años atrás. ¿Quién dentro de la empresa abría la puerta a esa consultora? ¿Y por qué la persona que actualmente usaba la pulsera *S.M.* estaba en el mismo coworking?
—Raro —murmuró Héctor—. Es como si alguien hubiera puesto el telón y luego invitado al público a aplaudir.
Valentina, con la paciencia adquirida, sacó su as bajo la manga: pidió hablar en privado con la mujer. La conversación fue breve, de esas que suenan a intercambio de guantes y no a manos desnudas.
—¿Quién te contrató? —preguntó Valentina sin preámbulos.
—Un proveedor —respondió la mujer—. Me pedían garantizar la integridad de ciertos archivos. Vine porque recibí un aviso de que se estaba operando de forma irregular.
—¿Y la pulsera? —insistió Valentina, sin rodeos.
—Mis iniciales —dijo ella con simpleza—. Me llamo Sofía Márquez.
El nombre fue un golpe: Sofía Márquez. Las iniciales S.M. no eran solo un juego patas arriba; eran una persona real. Y una que, por lo que Diego confirmaba en tiempo real, tenía contratos y facturas con la empresa. La posibilidad de que la verdad se escribiera desde dentro se volvía más probable, y más dolorosa.
—¿Estás segura de que no eres parte de esto? —preguntó Lucía, directa—. Porque la información nos ha llevado hasta ti.
Sofía la miró con firmeza. —Si fuera parte, no vendría a un café a contarlo. Vendría con documento y abogado —contestó—. Pregúntenme lo que quieran y les doy acceso a mis logs.
La mujer parecía franca, pero la experiencia había enseñado a todos que la sinceridad puede esconderse tras una máscara muy pulida. Diego consultó la base: había actividad en la cuenta de la consultora coincidente con los envíos, sí, pero la IP fuente no correspondía solo a Sofía; había hashes que apuntaban a un terminal interno de seguridad que esa mañana se había usado para pruebas rutinarias. La línea se volvía borrosa: ¿era montaje para incriminar a Sofía? ¿era Sofía inocente y alguien usaba su infraestructura? ¿o Sofía era el ariete y la pantalla al mismo tiempo?
—Lo que sí tenemos —dijo Héctor— es una línea de comunicación que pasa por la consultora y que, desde allí, se conecta con varios servidores espejo. Si queremos saber quién apretó la tecla, debemos seguir esa línea hacia atrás hasta el punto donde se originó la orden.
Lucía miró a Valentina. —¿Lo hacemos ahora? —preguntó.
—Ahora —respondió Valentina—. Y si aparece alguien con más iniciales que sentido común, que traiga sus facturas.
Con la orden de Ana en la mano y la presencia policial muy cerca, el equipo decidió que era momento de mover ficha: solicitar acceso a los logs de la consultora, pedir la custodia del ordenador que Sofía llevaba encima y, sobre todo, verificar que nadie en la empresa usara sus llaves digitales para delegar responsabilidades. La telaraña parecía hecha por manos expertas; lo único que quedaba por saber era a quién pertenecían esos dedos.
La persecución digital se volvió real y la real se volvió digital: llamadas, citaciones, firmas. En medio de ese ruido, sin embargo, una notificación diferente llegó al teléfono de Ana: un vídeo en vivo, sin remitente, mostrando la sala de juntas de VargasCorp. La cámara estaba en un ángulo que nadie había previsto: un plano cenital que mostraba la mesa y, sobre ella, una carpeta abierta con la palabra **VALENTINA** escrita a mano en la primera hoja. Al lado, una taza con un logo corporativo. Y, por encima de todo eso, la mano que volteaba las páginas llevaba un anillo con diseño familiar: el mismo relieve que habían visto tantas veces.
La imagen tembló. El corazón del grupo dio un brinco.
—¿Qué es eso? —preguntó Alejandro, cuya voz sonó como si la cuerda de un puente crujiera bajo sus pies.
Ana respondió sin titubeos: —Esto ya no es una investigación que se hace desde fuera. Alguien nos está enseñando el cuarto donde escriben la historia.
Valentina, que raramente perdía la compostura, dejó escapar dos frases que cortaron como hoja:
—Si la mentira tiene oficina, espero que al menos tengan buen aire acondicionado.
—Y si van a firmar la sentencia de alguien, que la firmen con tinta que resista los peritajes.
La sala quedó en silencio absoluto. Afuera, las luces de la ciudad continuaban su rutina indiferente. Dentro, el grupo sabía que la pieza que faltaba podía estar en la mano que hojeaba la carpeta. Y la mano llevaba un anillo muy conocido.
Justo cuando intentaron ampliar la imagen del vídeo, ésta se congeló. En la pantalla quedó fijo el perfil de quien sujetaba la carpeta: una manga elegante, una pulsera fina y, en el dedo índice, un anillo con un relieve que nadie quería ver… y, por un instante, al lado del reloj de la mano, se dibujó una pequeña placa con iniciales: **S.M.**. Ana dejó caer el móvil; la palabra que salió de su boca fue pequeña y pesada: —Sofía. —Nadie supo si estaba anunciando culpabilidad, coincidencia o traición. Solo supieron esto: la telaraña ya había mostrado uno de sus hilos más cercanos, y ahora el nudo apretaba.