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La voz de una mujer la despertó.
—Señora —le dijo suavemente con una sonrisa—, ya vamos a aterrizar.
—Está bien, gracias —contestó con voz de sueño.
Realmente estaba nerviosa. Había sido una locura volver a ese lugar después de tantos años. Mientras el avión aterrizaba, se puso a pensar en las palabras de su amiga Patricia que resonaban en su cabeza:
«Vé por él... aún lo sigues amando después de todos estos años, y ahora no hay nada que se los impida».
Estaba insegura. El tiempo no perdona. Era cierto que hacía una semana había cumplido cuarenta años pero todo el mundo le decía que aparentaba unos siete años menos.
No soportaría que Kent la viera de otra manera. Se hizo miles de preguntas despectivas sobre ella:
«¿Si me recuerda de joven?»
«¿Si no le gusta como envejecí?»
«¿Si ya no me quiere a su lado?»
Sacudió la cabeza. «¿Qué era eso?»
Estaba teniendo inseguridades como cuando tenía menos de veinte años. Kent Wyne le cambió la vida. A pesar de que sus caminos siguieron por separado. Nunca perdió la esperanza de volver a disfrutar de aquel amor de verano.
La noticia que le había dado su hija, acerca de que había padecido cáncer de pulmón la hizo pensar en que la vida era corta, y que a lo mejor tal vez nunca tendría de nuevo la oportunidad de estar con él.
Al parecer ambos eran libres, no tenían ataduras de nada. Así que se preguntó:
«¿Por qué no intentarlo?»
Cuando llegó al resort se dio cuenta de todo había sido cambiado y remodelado. Nada era igual a como había sido veintidós años atrás. Pidió específicamente, la cabaña en donde se había quedado con su familia aquella temporada. Pidió al servicio de habitación comida. Durante el vuelo no había podido comer nada. Los nervios no se lo habían permitido, y en ese momento su estómago rugía furioso de hambre.
Luego quedó hipnotizada mirando el atardecer, también era hermoso. Aunque lo mágico del amanecer aquellos días en ese lugar, era hacerlo al lado de Kent. Tardó casi dos horas arreglándose para ir a buscarlo. Quería verse joven, pero no como una ridícula de forever young. Así que decidió colocarse lo que nunca pasa de moda, Un vestido recto n***o, unas botas a media pantorrilla de tacón y una chaqueta de cuero negra, para verse formal, y casual al mismo tiempo. Su cabello ahora por los hombros y con reflejos color champagne todo eso gracias a que el tiempo no perdona, las leyes de la vida son estrictas y las canas son odiosas.
Se colocó un maquillaje simple no es que lo usaba exagerado. Si no que casi siempre era de acuerdo a la ciudad y a la oficina. No era lo indicado para ese lugar. Tampoco era a lo Kent estaba acostumbrado a ver de ella en aquel tiempo.
Ahora el resort contaba con un servicio de transporte interno. Así como Uber. Era genial. Solo llamabas al hall dabas tu ubicación y en seguida te iban a buscar.
No había duda, todo con el tiempo tenía evolución, cuando llegó a aquel lugar, le dio las gracias a Dios por la ropa que llevaba puesta. También el bar había evolucionado. Era otro tipo de clientela incluso. Era un poco más formal.
La música seguía siendo agradable. Todo eso lo vio antes de entrar. Cuando estaba en la puerta vio a un señor mayor que ya sabía quién era. Estaba fumando un puro al lado de los hombres de seguridad del club.
—¿Chris?
El hombre mayor se le quedó mirando como si fuese una aparición.
—¿Brianna? —hizo la pregunta con duda—. ¿Eres tú, niña?
Ella observó que todo el mundo que estaba haciendo fila para entrar la estaba mirando de pies a cabeza, pero no le importo, y le dio un fuerte abrazo al hombre mayor.
—Sí, Chris he venido por él —expresó, perdida en su abrazo.
—Justamente lo que necesita ese muchacho —la miró con pesar. —Cambió mucho después que te fuiste.
—Yo también cambié.
—Pero ahora estás más hermosa que nunca —miró a los hombres de seguridad. —Ella es parte de la familia, mi nieta también. No olviden su rostro —les demandó.
Ambos hombres asintieron mientras la miraban, y se apartaban para dejarla entrar con la figura imponente de Chris.
—Vamos a entrar. No lo hagamos esperar más.
Cuando lo vio ella quedó sin respiración. Aquel cabello claro era adornado con hermosas canas que apenas estaban asomándose, con un cuerpo tan definido y tan ejercitado que se le hizo la boca agua al ver cómo se aferraban esos jeans a sus muslos, y la camisa negra con las marcas dobladas en los brazos. Estaba de lado, así que no sabía que ella estaba ahí. Chris quería caminar con ella hasta él.
—Espera... —lo detuvo tomándole del brazo— déjame mirarlo una vez más.
—Oh mi niña sigues enamorada de él —soltó una carcajada.
—Sí, nunca dejé de amarlo.
—Él tampoco, Brianna —le recordó palmeando su brazo y ella recordó que Kent era un sobreviviente de cáncer—, la vida es muy corta no le hagas esperar más.
—Tienes razón.
Respiró profundo para darse fuerza y valor; caminó hacía él. Pudo ver como había una mujer coqueteando con él. La rabia y los celos se apoderaron de ella. Ninguno de los dos se había percatado de su presencia. Solo escuchó.
—Te he dicho que no estoy disponible —su voz era más grave de lo que había sido antes, más varonil.
—Nunca estás disponible Kent, pensaré que no te gustan las mujeres —reprochaba la escultural morena en frente de él.
Brianna entornó los ojos. Algunas mujeres no sabían el significado de la sílaba NO, fue entonces cuando ella decidió hacer acto de presencia.
—Disculpe, ¿para pedir un trago tengo que mostrar mi identificación? —hizo la pregunta recordando la noche en que se habían conocido.
Kent se quedó inmóvil por un momento, para saber si había escuchado bien. Se volteó hacía ella lentamente. Abrió y cerró la boca un par de veces. Pero las palabras no podían salir. La mujer que estaba al lado miró a Brianna de pies a cabeza y luego miraba a Kent con asombro.
—¿Bri? —pudo preguntar al fin.
—Sí, ¿tu turno sigue siendo hasta las doce? —le guiñó un ojo.
Él caminó hacía ella. Pero de pronto se detuvo. Brianna acortó la distancia entrando a la barra que también estaba remodelada, se paró delante de él y entonces lo abrazó. Kent respondió el abrazo al punto que la estaba ahogando.
—Keeennntt... no puedo respirar.
Bruscamente la soltó y tomó el rostro entre sus manos y la besó. Como siempre silbidos, aplausos y un lejano: "Consigan una habitación", se escuchó. Algunas cosas nunca cambiaban.
—¿Estás aquí? —preguntaba una y otra vez, más para él que para ella.
—Sí, amor estoy aquí.
La volvió a besar sin importar que los demás volvieran a murmurar. Conversaron durante casi toda la noche, mientras él atendía la barra como siempre. Se pusieron al día de todo lo que había sucedido en esos veintidós años sin verse. Así como la terrible enfermedad que casi termina con la vida de Kent. También Brianna le comentó que había quedado sorprendida no de que su hija la contactara, si no de que se llamase como ella, y por supuesto le dijo que había leído cada una de las cartas que jamás le envió.
Chris los veía y se reía, se veían tan enamorados como en ese tiempo y también los puso a trabajar. Les dijo que ya eran mayores de edad que tenían que trabajar el horario completo. El local cerraba a las tres de la mañana; mientras cerraban y cuadraban las cuentas se hicieron las cuatro y treinta de la mañana. No le sorprendió saber que él ahora era el dueño. El local tenía un valor sentimental para Kent.
—¿Dónde te estás quedando? —quiso saber él.
—En donde siempre.
—¿Quieres que te lleve? —él preguntó dudoso.
—¿Allí? —negó con la cabeza— aún no quiero.
A Kent le sorprendió la respuesta y Brianna agregó.
—Quiero que vayamos a ver el amanecer —manifestó sonriendo.
El rostro de Kent se iluminó.
—Entonces termino aquí y nos vamos.
—Está bien, te estaré esperando.
Kent terminó de cuadrar las cuentas y el inventario. Después hizo lo de siempre la jarra de las propinas la dividió entre todos los trabajadores del local, de esa manera se beneficiaban todos.
Tomando su chaqueta de cuero le dijo a Brianna que ya estaba listo. Esta vez no se iban a ir caminando. Se iban en el vehículo de Kent.
—Yo no puedo montarme en moto, me niego rotundamente —dijo riendo y moviendo la cabeza de un lado a otro.
—Claro que puedes, Bri.
—Jamás me he montado en una.
Él se relamió los labios y sonrió de manera pícara para luego decirle:
—Me encanta ser el primero, en muchas cosas en ti.
Ella se sonrojó.
—No puedo Kent, mírame... tengo vestido.
—Eso es lo de menos —habló encogiéndose de hombros porque para él no tenía importancia.
Prácticamente la obligó a montarse en la gigantesca moto. Le colocó un casco y le dijo que se agarrara fuertemente a él.
Durante el trayecto disfrutó de sentir el pecho de Brianna en su espalda, y sus delicados brazos alrededor de su cintura. Minutos después llegaron al lugar que consideraban de ellos. En donde muchas veces se besaron, y en donde muchas veces hicieron el amor hasta el amanecer.
Se abrazaron de frente al mar, y luego se besaron con loco frenesí como si estuvieran hambrientos desde hace mucho tiempo el uno por el otro. Hasta que ella rompió el beso.
—Te amo Kent Wyne —le dijo Brianna—, nunca he dejado de hacerlo.
—Y yo a ti Brianna Murphy —le respondió con voz gutural.
—Volví a aquí por ti. Para que supieras que cumplí mi promesa.
Kent parpadeó sorprendido, el brillo en sus ojos indicaba que estaba emocionado.
—Nunca me olvides —dijeron ambos a unísono, y volvieron a besarse como aquellos amantes de hacía años atrás, pero que esta vez tenían un futuro por delante.
Con esa alegría de saber que aún había esperanza para su amor vieron el amanecer una vez más.
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