Ronan
La pantalla de mi teléfono brilla con la insistencia de quien espera un mensaje que tal vez no llegará. Sí, otra vez lo reviso. Ryker dice que actúo como un cachorro sin entrenamiento, y probablemente tiene razón. Pero ¿cómo no pensar en Liora? Silenciosa. Temblorosa. Con ese aroma suave a lluvia recién caída. Desde que llegó, mi mente no ha encontrado descanso.
Kai entra sin tocar —como siempre— con esa sonrisa que provoca ganas de lanzarlo por la ventana.
—¿Esperando un mensaje que no existe, Alfa? —se burla.
—Verificando que Liora esté cómoda —respondo, más seco que la luna.
Kai alza una ceja.
—Cómoda… o que te extrañe.
Barak gruñe dentro de mí como un trueno soterrado. Ese bastardo sabe cómo pincharme la paciencia.
—Lárgate, Kai.
—Como ordenes, mi Alfa enamorado —ríe, saliendo antes de que le rompa la nariz.
No lo estoy.
¿O sí?
No.
No puedo permitirme algo tan humano.
Ryker llega con informes. Serio, preciso. Mi sombra más leal.
—El prisionero sigue sin hablar —dice—, pero no va a aguantar mucho. Lo estabilicé para que no se muera antes de tiempo.
Asiento.
No tengo problema en ensuciarme las manos.
Pero antes necesito verla.
Escuchar —aunque ella no hable— la forma en la que respira.
Camino hasta su puerta. Golpeo una vez, suave.
—Liora… soy Ronan. ¿Puedo pasar?
La cerradura cede despacio. Solo sus ojos asoman entre la rendija. Cielo y tormenta en uno. Me ceden acceso sin palabras. Entro. Ella toma su libreta —su voz de papel— y escribe:
“Corte de cabello.”
Sonrío sin querer.
—¿Quieres deshacerte de esa trenza? Podría ser un crimen contra la belleza.
Su sonrisa tímida me desarma.
Barak ruge satisfecho.
Nos sentamos. Ella espera. Yo comienzo.
—Necesito hacerte algunas preguntas. Si algo te incomoda, solo escribe que pare y lo haré. No pretendo romper lo que ya ha sido roto.
Asiente.
Firme.
Valiente en silencio.
—¿Ese guardián estuvo contigo todo el tiempo?
Sí.
—¿Escuchaste alguna vez un nombre? ¿Algo que puedas reconocer?
No.
—¿Había más cambiaformas con vida allí?
Llegaban. No duraban.
Mi mandíbula se tensa.
—¿Sabes qué les hacían?
Ella baja la mirada. Sus dedos tiemblan sobre el lápiz. Escribe despacio:
“Muerte.”
Barak ruge.
Quiero matar a todos esos hijos de perra con mis propias manos.
—¿Por qué tú seguiste con vida, Liora?
Ella traga saliva, respira con esfuerzo. La tinta desliza una verdad que quema:
“Omega útil. Querían control.”
Mi visión se torna ámbar.
Mi respiración se vuelve un filo.
Cuando el aire se vuelve demasiado pesado, ella apoya su mano en mi hombro. Pequeña. Suave.
Luz en mitad del bosque.
Mi voz baja, casi un ronquido animal:
—Cerca de ti pierdo el control, pequeña loba.
Ella escribe sin miedo:
“No lo pierdas.”
Juro que el mundo se detiene.
Estoy a dos centímetros de besarla cuando Ryker irrumpe sin aviso.
—Ronan —su voz firme corta el aire como cuchillo—. El prisionero habló.
Retrocedo solo lo necesario para no devorarla en ese instante.
Ella respira como si su corazón corriera con el mío.
Antes de irme, la miro con la certeza de un destino que ya no sé si quiero evitar.
—Volveré por ti.
No como promesa vacía.
Como destino inevitable.
Salgo. La puerta cierra. Su aroma queda conmigo como marca invisible.
Liora quizá no hable, pero ya dijo más que cualquiera.
Y Barak, dentro de mí, murmura como profecía:
Nuestra.
Ronan baja el tono, como si temiera romper algo frágil en el aire.
—¿Hay algo que quieras que sepa, Liora?
Ella no responde con voz —no lo hace desde hace años—. Solo baja la mirada hacia el cuaderno que siempre lleva con ella. Sus dedos tiemblan un instante antes de moverse. La frase queda escrita con tinta temblorosa:
«No puedo llorar».
Ronan frunce apenas el ceño, como si esa simple oración le quemara por dentro.
—¿No puedes llorar, pequeño lobo? —su voz es grave, suave, como lluvia a punto de romper el silencio—. ¿Quieres llorar… pero tu cuerpo no responde? ¿Por qué?
Liora aprieta el lápiz. Respira, despacio. Escribir ciertos recuerdos es como arrancarse la piel con las uñas, pero aún así lo hace.
«El director disfrutaba cuando yo gritaba y lloraba. Dejé de hacerlo. Era lo único que podía controlar».
Ronan lee. Sus ojos azul oscuro parpadean, y por un instante un destello dorado cruza sus pupilas. Barak está muy cerca de la superficie. Un lobo furioso, contenido, como un trueno esperando permiso para rugir.
—Cualquier alfa que necesite quebrar a una mujer para sentirse poderoso… debería ser ejecutado —su mandíbula se tensa, la voz baja hasta un gruñido casi animal—. Te lo juro, Liora: haré pagar al director de esa prisión. Y a todos los que te tocaron. Llorarás otra vez… pero será por voluntad propia. Y será porque algo bueno te hará temblar el alma. No por miedo.
La promesa queda flotando —firme, enorme, imposible para ella de creer del todo. Las promesas son humo donde ella viene. Se desvanecen. No salvan. No curan.
Pero Ronan habla como si cada palabra fuera un juramento tallado en hueso.
El alfa respira hondo, recuperando control, y cambia el eje con suavidad.
—¿Te parecería bien que cene contigo aquí esta noche? —pregunta sin autoridad, sin exigencia. Solo… humano—. Puedes preguntar lo que quieras sobre mí, sobre la manada. Te responderé todo.
Liora duda. Sus dedos se deslizan sobre el lápiz, sin saber si hace bien. Su pecho late como un tambor pequeño. Pero escribe una sola palabra, breve:
«Sí».
Los ojos de Ronan se iluminan, genuinos. No con deseo, no todavía —sino con alivio. Como si ese sí fuera el primer rayo después de años de tormenta.
—Perfecto. Volveré a las siete. —Da un paso atrás, como quien se obliga a no quedarse más tiempo del que le es permitido—. Haré que te suban comida. Algo suave. Y podremos hablar… o solo escribir, si eso te hace sentir segura.
Ella asiente. No sonríe del todo, pero una curvita mínima se forma en sus labios. Apenas perceptible.
Y él la ve.
Ronan lo nota como si en lugar de un gesto fuera un milagro. Su sonrisa se ensancha y sus hoyuelos aparecen. Es un golpe cálido directo al pecho de Liora. Ella baja la mirada, ruborizada, como si el contacto visual fuese demasiado.
Ronan se inclina. No la toca. Ni rozar. Solo acerca su boca a su oído, dejando que el calor de su aliento le erice la piel.
—Puedes evitar mirarme… pero sé que te estás sonrojando por mí, lobito.
El rubor le explota en las mejillas. Ella levanta la vista por reflejo, desafiante en miniatura. Él ríe, bajo, profundo, con ese sonido que derrite defensas que ella pensó de piedra.
—Tu piel clara te delata —murmura, arrastrando la voz con humor suave—. Y no me quejo, me gusta verte así.
Se aclara la garganta como si acabara de revelar más de la cuenta.
—Bueno… debería irme —dice retrocediendo—. Te veré esta noche.
La puerta se cierra con un clic suave.
Liora queda sola con el eco tibio de su presencia y el corazón galopando como un cervatillo aprendiendo a correr.
Ya siento que no tiene miedo de mi.
Lo que teme —muy en secreto— es lo que Ronan hace latir en su pecho.