Ronan
—Lo siento, Liora.
Mi voz suena más baja de lo habitual. Contenida. Como si elevarla pudiera quebrar algo invisible pero frágil entre nosotros. Ella permanece sentada en la isla de la cocina, los hombros ligeramente encogidos, las manos quietas sobre la encimera. No levanta la mirada. No dice nada. Pero sé que me escucha. Siempre lo hace.
—No debí permitir que nadie descubriera dónde te alojabas.
Paso ambas manos por mi cabello y exhalo despacio, cargando el aire de una culpa que no debería existir… pero existe. Luego cierro los ojos y lanzo un enlace mental firme, autoritario, sin espacio para interpretaciones.
Nadie se acerca a estas habitaciones. Nadie. A menos que yo lo indique expresamente… y solo si Liora ha sido informada antes.
La respuesta de la manada llega de inmediato. Aprobación. Curiosidad contenida. Alguna sorpresa. No me importa. Mi mundo, ahora mismo, está reducido a la mujer sentada frente a mí.
Vuelvo a sentarme en la isla, apoyando los antebrazos sobre la superficie fría. El ambiente aún vibra con el eco del incidente, como si las paredes no hubieran terminado de absorberlo. Considero explicarle el comportamiento de Cristina con más detalle, pero descarto la idea. Liora ya carga suficientes batallas internas como para añadirle conflictos ajenos.
Aun así, rompo el silencio.
—Cristina es… intensa —digo, eligiendo las palabras con cuidado—. Es cercana a mí, pero a veces confunde cercanía con territorio. Necesita recordatorios. Nada más.
Liora asiente despacio. No hay molestia en su gesto. No hay juicio. Solo aceptación. Retoma los cubiertos y continúa comiendo, aunque sus movimientos son más lentos, más medidos, como si cada gesto requiriera concentración.
La observo más tiempo del que debería.
—Y no —añado, con firmeza—. No le hagas caso a lo que dijo sobre el maquillaje.
Sin pensarlo, estiro la mano. Mi pulgar roza con suavidad los nudillos de su mano, que descansa sobre su muslo. El contacto es ligero, casi accidental… pero no retiro la mano. Algo en mí se niega.
—Eres impresionante tal como eres —digo, sin dudar—. No hay nada que ocultar.
Su cuerpo se queda inmóvil. Luego, con calma, toma su bloc y escribe. Sus letras son pequeñas, cuidadosas, como si cada palabra necesitara permiso antes de existir. Me lo desliza.
¿Tenía razón en algo?
Alzo una ceja, intrigado.
—¿En qué podría haber tenido razón, pequeña loba?
Recupera el bloc, escribe con más rapidez y vuelve a pasármelo.
Esta manada está llena de cambiaformas hermosos. Ryker y Carson podrían derretir hielo con solo sonreír.
No puedo evitar soltar una risa baja, auténtica.
—¿Ah, sí? —me recuesto contra la isla—. ¿Mi beta principal y mi entrenador son los galanes oficiales?
Levanto un dedo, teatral.
—Carson estaría encantado de saberlo. Probablemente organizaría algún tipo de competencia absurda o amenazaría con hacer correr a todos hasta el agotamiento para demostrar su “superioridad estética”.
Me inclino un poco más hacia ella.
—Aunque noto una omisión grave —añado—. Tengo hoyuelos.
Paso la lengua por el interior de mi mejilla, fingiendo pensar.
—¿Es la barba? No me he afeitado en una semana. Tal vez tapa mis mejores atributos. Me afeitaré mañana y entonces podrás reevaluar la lista.
El rubor aparece de inmediato en su rostro. Baja la mirada, atrapada. Y algo en mi pecho se afloja.
—Eh —murmuro—. No te escondas.
Liora alza los ojos apenas un segundo. Es suficiente.
—Buena chica.
La frase se me escapa sin permiso. No la planeo. No la filtro. Simplemente sucede. Y por la forma en que sus pestañas tiemblan, sé que ella también lo sintió.
Comemos en silencio durante un rato. No es incómodo. Es… estable. Como un lago quieto después de una tormenta.
Cuando terminamos, me pongo de pie y empiezo a limpiar la isla. El sonido del agua llenando el fregadero ocupa el espacio. Liora se levanta también.
—No —le indico con suavidad—. Yo me encargo. Vuelve a sentarte.
No lo hace.
Se acerca despacio y me entrega el bloc una vez más.
Gracias por defenderme. Gracias por mantenerme a salvo hoy.
Las palabras pesan más de lo que deberían. Nadie debería agradecer algo tan básico.
Antes de que pueda responder, da un paso. Luego otro. Sus brazos se levantan lentamente, inseguros, como si temiera que el gesto fuera rechazado.
Lo entiendo de inmediato.
No me muevo. Dejo que sea ella quien marque el ritmo. Abro los brazos despacio, ofreciéndole espacio, no presión.
Cuando finalmente me rodea, su cuerpo está rígido al principio, tenso como una cuerda demasiado estirada. La acerco con cuidado, apoyándola contra mi pecho. Firme, pero sin encerrar.
El mundo se reduce.
Inclino la cabeza y hundo el rostro en su espeso cabello blanco. Inhalo. Lavanda. Su aroma es suave, limpio… real. Barak se agita dentro de mí, atento. Tan atento que comienza a ronronear, un sonido grave, profundo, que nunca antes le había escuchado.
Parpadeo, sorprendido.
—Tranquilo —murmuro para él… y para ella.
Con cuidado, deposito un beso en la coronilla de su cabeza. No hay posesión en el gesto. No hay reclamo. Solo refugio.
Me digo que es solo eso.
Pero algo, muy adentro, sabe que no lo es.