Cap 21

844 Words
—Lo siento, Liora. Mi voz suena más baja de lo habitual, casi contenida, como si elevarla pudiera romper algo frágil en el aire. Ella permanece sentada en la isla, con los hombros ligeramente encogidos, las manos quietas sobre el borde de la encimera. No levanta la mirada, pero sé que me escucha. Siempre lo hace. —No debí permitir que nadie descubriera dónde te alojabas. Me paso una mano por el cabello y dejo escapar un suspiro lento, cargado de irritación… conmigo mismo. De inmediato cierro los ojos y envío un enlace mental firme, afilado como una orden grabada en piedra. Nadie se acerca a estas habitaciones. Nadie. A menos que yo lo indique expresamente… y solo si Liora está informada antes. La respuesta de la manada llega en oleadas de asentimientos, sorpresa, curiosidad contenida. No me importa. Mi prioridad está aquí, a unos pasos de mí, en silencio. Vuelvo a sentarme frente a ella. El ambiente aún conserva la tensión de lo ocurrido, como si las paredes no hubieran terminado de exhalar. Durante un instante considero explicarle el comportamiento de Cristina con más detalle, pero desisto. Liora ya carga suficiente peso encima como para sumarle conflictos ajenos. Aun así, rompo el silencio. —Cristina es… intensa —digo con cuidado—. Es parte de mi círculo cercano, pero a veces confunde cercanía con territorio. Necesita recordatorios. Nada más. Liora asiente despacio. No hay reproche en su gesto, solo aceptación. Toma los cubiertos y continúa comiendo, aunque sus movimientos son más lentos, medidos, como si cada acción requiriera un esfuerzo consciente. La observo un segundo más de lo debido. —Y no —añado, con firmeza—. No le hagas caso a lo que dijo sobre el maquillaje. Estiro la mano sin pensarlo. Mi pulgar roza con suavidad los nudillos de su mano, apoyada sobre su muslo. El contacto es leve, casi accidental… pero no retiro la mano. Algo en mí se niega. —Eres impresionante tal como eres —digo, sin titubeos—. No hay nada que ocultar. Ella se queda inmóvil. Luego, con calma, toma su bloc y escribe. Sus letras son pequeñas, cuidadas, como si cada palabra pasara por un filtro antes de existir. Me lo desliza. ¿Tenía razón en algo? Alzo una ceja, intrigado. —¿En qué podría haber tenido razón, pequeña loba? Recupera el bloc, escribe de nuevo con rapidez y vuelve a pasármelo. Esta manada está llena de cambiaformas hermosos. Ryker, Carson y Kai podrían derretir hielo con solo sonreír. No puedo evitar soltar una risa baja. —¿Ah, sí? —me recuesto contra la isla—. ¿Mi beta, Mi Jefe de patrullas, y Mi entrenador son los galanes oficiales? Levanto un dedo, teatral. —Kai estaría encantado de saberlo. Probablemente organizaría una competencia absurda o amenazaría con expulsar a cualquiera que intentara disputarle el título. Me inclino un poco más cerca de ella. —Aunque noto una omisión grave —añado—. Tengo hoyuelos. Y barba. Tal vez la barba interfiere con la percepción. Hago un gesto pensativo. —Me afeitaré mañana. Entonces podrás reevaluar la lista. El rubor aparece de inmediato en su rostro. Baja la mirada, atrapada, y algo en mi pecho se afloja. —Eh —murmuro—. No te escondas. Ella alza los ojos apenas un segundo. Suficiente. —Buena chica. La frase se me escapa sin permiso. No la planeo. No la calculo. Simplemente sucede. Y por la forma en que sus pestañas tiemblan, sé que ella también lo sintió. Comemos en silencio durante un rato. No es incómodo. Es… tranquilo. Cuando terminamos, me pongo de pie y empiezo a limpiar la isla. El sonido del agua corriendo llena el espacio. Liora se levanta también. —No —le indico con suavidad—. Yo me encargo. No obedece. Se acerca y me entrega el bloc una vez más. Gracias por defenderme. Gracias por mantenerme a salvo. Las palabras me golpean más fuerte de lo que deberían. Nadie debería agradecer algo tan básico. Antes de que pueda responder, Liora da un paso… luego otro. Sus brazos se levantan lentamente, inseguros, como si temiera que el gesto fuera rechazado. Comprendo de inmediato. No me muevo. Dejo que sea ella quien marque el ritmo. Abro los brazos despacio, ofreciéndole espacio, no presión. Cuando finalmente me rodea, su cuerpo es rígido al principio, tenso como una cuerda demasiado estirada. La acerco con cuidado, apoyándola contra mi pecho, firme pero sin encerrar. El mundo se reduce. Inclino la cabeza y hundo el rostro en su cabello blanco. Inhalo. Lavanda. Su aroma es suave, limpio… real. Barak se agita dentro de mí, atento, sereno. Tan sereno que comienza a ronronear, un sonido grave que nunca le había escuchado antes. Parpadeo, sorprendido. —Tranquilo —murmuro para él… y para ella. Mis labios rozan la coronilla de su cabeza en un beso ligero, respetuoso. No hay posesión en el gesto. Solo refugio. Me digo que es solo eso. Pero algo, muy adentro, sabe que no lo es.
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