46

899 Words
Ronan Estoy sentado en la habitación de Liora, con el expediente abierto frente a mí. Kian Crestford. 26 años. Miembro de la Manada de Medianoche. Dueño de un bar… Last Call. Y, según todo indica… su pareja destinada. Aprieto la mandíbula. No me gusta. Nada. Releo la información como si en algún punto fuera a cambiar. No lo hace. Un tipo común. Demasiado común. Sí, es atractivo. Sí, está sano. Pero… eso es todo. Nada sobresaliente. Nada digno de ella. Porque Liora no es común. Ni cerca. Hay algo en ella… algo grande, contenido, como una tormenta que aún no decide desatarse. No encaja en un bar lleno de alcohol, ruido y miradas sucias. La imagino ahí dentro… Y algo oscuro se revuelve en mi pecho. Barack gruñe. Yo también. La idea de otros alfas mirándola… deseándola… No. Pero tengo que recordarlo. Una y otra vez. Ella no es mía. Nunca lo fue. Y si ese tipo es realmente su pareja… Entonces lo nuestro tiene que terminar. Completamente. —Alfa Ronan —la voz de Eric me saca de mis pensamientos—. Tengo la medicación para despertarla. ¿Procedo? Asiento sin dudar. —Han pasado dos días. Hazlo. El líquido entra por la vía. Y casi de inmediato… Liora empieza a moverse. Sus ojos se agitan bajo los párpados, su respiración cambia. Un sonido bajo escapa de sus labios, como si estuviera regresando de muy lejos. Me inclino hacia ella. —Liora… somos Eric y yo. Estás a salvo. Necesito que despiertes. Su ceño se frunce levemente. Se mueve. Lucha. —Eso es… vuelve —murmuro, más suave—. Vamos, pequeña loba… Sus párpados tiemblan. Y entonces… Se abren. Esos ojos. Turquesa. Confundidos. Pero vivos. Maldita sea… No sabía cuánto los había extrañado hasta ahora. —Hola… —digo, tomando su mano—. Me alegra tenerte de vuelta. Su mirada se queda en mí. Como si estuviera comprobando que soy real. Eso duele más de lo que debería. Asiente levemente. La ayudo a incorporarse, acercándole agua. Bebe despacio. Frágil. Demasiado frágil. —Voy a explicarte qué pasó —continúo—. Tuviste un ataque de pánico. Estabas… haciéndote daño. Su expresión cambia. Pero no la detengo. —Decidimos sedarte. Queríamos ayudarte… y probar algo. Pausa. —Intentamos que encontraras a Selena. Sus ojos se fijan en los míos. —¿Lo lograste? Duda. Luego asiente. Mi pecho se tensa. —¿Se reconectaron? Niega. Claro. No podía ser tan fácil. —¿Hablaste con ella? Asiente otra vez. Eso… es algo. Un comienzo. Pero no hay tiempo para celebrar. No con lo que viene. —Liora… necesito que escuches esto con calma. Ya está tensa. Lo noto. Se recoge sobre sí misma. Como si intentara protegerse antes del golpe. Y aun así… Se lo digo. —Hay alguien en la ciudad —empiezo—. Un cambiaformas. Dice haber reconocido el aroma de su pareja. Silencio. —Lavanda. Su respiración se corta. —Y tú eres la única con ese aroma. La veo encogerse. Confusión. Miedo. Demasiado pronto. Mal momento. Pero no había elección. —No tienes que decidir nada ahora —añado rápido—. Pero necesitamos saber cómo te sientes. Me inclino un poco hacia ella. —Eric cree que conocerlo podría ayudar a despertar a Selena. Eso la sacude. Lo veo. —Pero la decisión es tuya —dejo claro—. Nadie va a obligarte. Siempre eso. Elección. Ella necesita eso más que nada. Sus ojos bajan. Respira hondo. Asiente. No es aceptación. Es… proceso. —Bien —me levanto—. Vamos a llevarte a tu habitación. Descansas… y hablamos con calma. Hace un gesto leve. Acepta. Treinta minutos después… El trayecto es un silencio incómodo. Denso. El ascensor parece más pequeño de lo normal. Cada segundo pesa. Entramos a su habitación. Ella se sienta. Yo también. Y entonces… Ya no puedo evitarlo. —Liora… Mi voz sale más grave de lo que esperaba. Más honesta. —Me alejé de ti. La verdad cae entre nosotros. Sin adornos. —Y lo hice a propósito. Levanto la mirada hacia ella. —Y estuvo mal no decírtelo. Respiro. Esto… no es fácil. Pero tiene que hacerse. —Decidí hace años que esperaría a mi pareja destinada —continúo—. Que no tendría… nada con nadie más. Pausa. —Porque cuando llegara, quería darle todo. Todo lo que soy. Todo lo que tengo. La miro. Directo. —Contigo… eso se volvió difícil. Demasiado. —Porque te quiero cerca —admito, sin rodeos—. Y eso no debería estar pasando. Silencio. Pesado. Verdadero. —Si seguimos así… y luego aparece mi pareja… Niego con la cabeza. —Te rompería. Y no voy a hacerte eso. Mis manos se tensan. —Y ahora… existe la posibilidad de que tú tengas la tuya. Eso quema. Más de lo que debería. La observo. Y por primera vez… No disimulo. —No quiero alejarme —digo, bajo—. Pero tampoco quiero ser quien te haga daño. Mis ojos se endurecen. Mi voz también. —Y odio la idea de que alguien más te toque. Ahí está. Crudo. Real. Barack se agita dentro de mí. De acuerdo. Totalmente de acuerdo. Exhalo. Lento. —Pero no se trata de lo que yo quiera. Se trata de ella. Siempre fue así. —Se trata de lo que tú elijas.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD