Vergüenza

881 Words
—¿Cómo te atreves? —Tu hiciste una pregunta, solo te di la respuesta, aunque por tu reacción, imagino que no es la que querías escuchar. Guardaré silencio de lo que vi, pero lo único que aceptaré a cambio es que te subas el traje y me muestres lo que llevas puesto. —¡Eso jamás! Y luego soy yo el depravado, ¿no? —¿Qué te parece establecer una videollamada con tu mamá? — saqué el teléfono de mi bolsillo, y sus ojos lo siguieron como si fuese un arma de doble filo—. No creo que se moleste viendo a su hijo lucir tan regio. —¡Baja ese teléfono! Esto es un delito. Te aseguro que voy a llevarte a la cárcel por esto. —Esa es una estupenda idea. Ya imagino el titular de mañana. Tu rostro circulando por todas las redes, revistas, periódicos y canales locales. Oscar Collins, un exhibionista que a plena luz del día y en la misma empresa de su madre; la Sra. Collins, fue hallado a punto de insertarse un dildo bastante realista, suave y grueso. Digo, porque no creo que estabas en una sesión de Karaoke con ese dildo, ¿o sí? Disfruté a plenitud viéndolo apretar sus puños al quedarse sin argumentos y repitiendo lo que por vergüenza y orgullo, no quería escuchar. —Bien... Tú ganas — masculló con las muelas de atrás—. Si te atreves a decir una sola palabra sobre esto, no habrá lugar en la tierra en el que puedas ocultarte. Si me quieres ver en la ruina y humillado, te llevaré arrastrada conmigo, eso te lo aseguro — cerró la puerta con seguro y se detuvo en medio de la oficina. Estaba batallando con su orgullo por dentro. Se notaba a leguas. Perder para una persona como él, debe ser muy conflictivo y duro para su ego y prepotencia. Hasta que no lo vea subirse el traje, no creeré que realmente dará su brazo a torcer y será capaz de mostrarme más. La verdad es que, aunque quise acorrarlarlo, por dentro seguía creyendo que él era incapaz de hacer tal cosa, pero el muy arrogante me calló la boca. Ese gesto que hizo de vergüenza y del sin sabor, fue bastante erótico, o simplemente era mi mente jugándome una mala broma. Siempre he detestado a este sujeto, todavía ahora repudio su forma de ser y actuar, pero de la cintura para abajo no me parece desagradable. Por un momento me alegré de haberlo cachado haciendo esto, no solo por el objetivo que acabo de concretar de hacerlo sentir basura, sino por alimentar la vista de algo tan refrescante, novedoso y excitante. Es una fantasía que no supe que tenía y que hacía falta en mi vida, hasta ahora. Aunque en mi mente estaba tratando de encajar a Emmanuel en ese perfecto encaje y depilado trasero, es imposible. Trabaja muy bien su cuerpo, sus piernas se notan que han sido parte de una rutina estricta y cuidadosa en el gimnasio. A pesar de ser velludas, no le quita absolutamente nada de belleza y singularidad. —Es un desperdicio que semejante cuerpo, lo posea un tipo tan despreciable y desagradable como tú — dejé escapar en voz alta. Volvió a girarse hacia mí con evidente molestia. Sus mejillas estaban enrojecidas no solo por la molestia, sino también por la vergüenza. Esas reacciones eran dignas de admirar. Su paquete se veía tan marcado y sobresaliendo de ese pequeño encaje. —No puedo creer que te enciendas al ser visto y humillado por una mujer como yo. ¡Eres patético! ¡Rayos, creo que se me ha levantado lo que por desgracia no tengo! —¡Ya fue suficiente! — se bajó el traje, caminando hacia el escritorio en busca de ocultarse, pero fui detrás de él como si mis manos estuvieran amarradas a su cuerpo. —¿Suficiente? — lo presioné por la espalda contra el escritorio, y se sujetó por el borde, con tal de no golpearse. —¿Q-qué demonios estás haciendo? — me miró por arriba del hombro. —Puedes escapar y librarte de esto si quieres, pero ahí estás, erguido e inclinado como si hubieras estado esperando por esto. ¿Podría ser que eres masoquista y te gusta ser dominado por una mujer? Con su fuerza, puede fácilmente librarse de mí, pero en ningún momento se defendió. —Y-yo… — la fatiga no le permitía hablar claramente. Lo volteé boca arriba y tendió su cuerpo sin lucha sobre el escritorio. A pesar de las cosas que cayeron, ninguno de los dos nos inmutamos a prestarle atención. A través del traje se asomaba el paquete de su erección. Las cosas habían escalado demasiado rápido y como no debía, pero al no ver resistencia de su parte, fue lo que me llevó a asumir que era su orgullo lo que no le permitía admitirlo. —Quién diría que haber sido humillado hace unos momentos iba a ponerte así — mi dedo índice se paseó por su pierna y sus labios se entreabrieron, aflojando un suave gemido que me produjo escalofríos—. Hasta gimes como una mujer. Estás sacando mi demonio interno a pasear, luego no te quejes si terminas arruinado.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD