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Mi complicada vida

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Blurb

Ha pasado casi un año desde aquellos acontecimientos que marcaron un antes y después en la vida de Sebastián. Sin embargo, él ya no es el mismo joven que estuvo sumido en un mundo oscuro, a pesar de que ya todo no sea igual y que aún hay heridas que no han cicatrizado.

No obstante, recibirá una noticia que le dará un giro inesperado, una decisión que podrá cambiarle sus planes. Aunque esa invitación sea dada por alguien que no creyó volver a ver nunca más; esa cercanía les permitirá estrechar sus lazos y dejar a un lado todo el orgullo que los consume.

Pero, el destino le tiene muchas más sorpresas preparadas, algo que él no se imagina. ¿Habrá cambiado realmente Sebastián? ¿O se reencontrará de nuevo con su pasado?

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Prólogo
A las 12:30 de la madrugada, la alarma del teléfono de Sebastián sonó en la mesita de noche. Sus ojos se abrieron lentamente, haciendo que su cuerpo se pusiera repentinamente en alerta. Aunque su habitación estaba totalmente a oscuras, él se encontraba completamente vestido de n***o. Ya era el momento de la acción. Se deslizó fuera de las sábanas, caminando en puntillas hacia la puerta. La casa estaba sumida en un absoluto silencio. Sus abuelos maternos, los señores Schulz dormían como piedras. Sebastián se dirigió hacia la ventana que da a la entrada principal de la casa, observando si no había algún vehículo cerca. Regresó a su cama, armando un bulto con las almohadas para simular que él seguía durmiendo. Después de eso, regresó a la puerta e intentó girar la manilla; no obstante alguien la había cerrado con llave. ¿Quién podría haber hecho eso? ¿Lo habría escuchado durante la conversación? Pero, ¿Cómo era posible? Él único que sabía del plan, era su hermano Josh. ¿Josh? Negó con la cabeza varias veces, él no podría haber sido. Primero, porque Josh estaba viviendo en Karlsruhe, y Sebastián en Berlín bajo la tutela de sus abuelos. Segundo, había una considerable distancia entre esas ciudades, así que imposible que llegara a tiempo. Eso era algo ilógico. Intentó varias veces forcejear la puerta, sin éxito alguno. No podía salir por la ventana ya que tenía protector en casa de que él se ocurriera escapar. La casa también estaba equipada con un equipo de seguridad, el cual contenía alarmas que anunciaban a toda la propiedad. Así como cámaras de vigilancia activas las veinticuatro horas. —Fluch! —exclamó furioso—. Si no me presento en los próximos minutos, Sylvia pensará que soy un mentiroso. Y seré hombre muerto. Él caminaba de un lado a otro sin saber que hacer. Tenía que recorrer un largo trayecto hasta la tienda de Theodor, que estaba en el centro de la ciudad, a pocos metros de la estación del metro. Por su parte, Sylvia quién había pensado en la posibilidad de usar su bicicleta, pero eso resultaría muy sospechoso, además de que le restaría tiempo para llevar a cabo su plan, entonces decidió caminar. Y cada vez que veía un vehículo circular se escondía en cualquier lugar. Tampoco optó por correr en la calle principal, porque a pesar de que ya era tarde, aún había algo de tráfico, y Sylvia tenía que mantenerse al borde de la oscuridad. Antes de llegar al lugar, observó un vehículo policial cruzando la intercepción, y tuvo que esconderse en una propiedad abandonada. Sin embargo, aún pudo llegar antes de la una. Observó su reflejo en los cristales de la tienda. Las luces de la salida que estaban fijadas en la pared resplandecían; aunque dentro del establecimiento todo estaba oscuro. Ella dirigió la vista hacia él estacionamiento, luego a la calle en busca de los demás miembros. —Sé lo que estás pensando —dijo una voz. Karl estaba de pie justo detrás de ella, vestido totalmente de n***o. —¿Tú supuesto”novio” no está aquí? Porque debería ser el primero —continúa—. ¿Crees qué se arrepintió? Él sonríe maliciosamente. Mientras Sylvia se encoge de hombros. —Bueno, eso lo veremos. Karl se sentó en los escalones de la puerta principal. —Ya tengo todo listo para comenzar con el plan —dijo él—. Y sabes lo que vamos a hacer en caso de que falle. Karl le lanzó una mirada de complicidad a Sylvia. A los pocos minutos, llegaron Helios y Greta, pero sin señales de Sebastián. Sylvia les recordó lo que iban a hacer. —¿Están seguro de qué podemos hacer esto? —preguntó Helios, mirando hacia todos lados—. Me parece una locura, ¿Qué tal si fallamos? Podríamos ir a prisión. —¿Quién te dijo que nosotros haremos ese trabajo? —inquirió Karl en tono sarcástico—. Hay que ser lo suficientemente trottel para dejarse atrapar. (Estúpido) Greta miró a Sylvia: —¿Qué ocurre si Sebastián no se presenta? —cuestiona—. Tal vez se dé cuenta de que es una trampa para culparlo en caso de que lo atrapen. —¡Tiene que hacerlo! —exclamó ella, al borde de la desesperación—. Me hizo una promesa y va a tener que cumplirla. —No podemos seguir esperando por él, ya que en cualquier momento amanecerá —aclaró Karl. —Karl, tiene razón —aseveró Helios—. Ya casi son las dos. Sylvia respiró profundo, sintiéndome traicionada. Esto no era lo que esperaban, porque él trabajo sucio lo iba a hacer Sebastián y no ellos. —Vamos a proceder —ella dio la orden—. Pero, les juro que estas me las va a pagar. Ellos se adentraron a la parte trasera de la tienda por un camino escondido que daba a un callejón sin salida, el cual estaba desolado y oscuro. Sylvia encendió una linterna y alumbró la infraestructura, habían varias ventanas en lo alto del establecimiento. —¿Cómo llegaremos allí? —preguntó Helios, mirando hacia arriba. —Eso es lo menos —respondió Karl, dándole una palmada en el hombro—Ya lo verás. Con ayuda de un equipo de seguridad, ellos treparon por el establecimiento hasta llegar a una de las ventanas. En un descuido, casi Greta se cae desde doce metros de altura; si no fuese por Helios, ella hubiese caído al vacío. Karl forcejeó la ventana durante unos minutos, haciendo que ésta cediera con facilidad. Un escalofrío recorrió por el cuerpo de Greta, sintiendo que en cualquier momento las alarmas sonarían. Esperaron unos segundos, pero nada ocurrió. Karl fue el primero en adentrarse, seguido de Sylvia y los demás. La habitación estaba en penumbras. Helios sacó su teléfono, alumbrando a su alrededor. En ella se guardaba la mercancía. Se dirigieron directamente a la caja registradora. Mientras bajaban por las escaleras, escucharon un sonido. Era como si alguien estuviese caminando con zapatos de tacón. —Creo que hay alguien más aquí —susurró Greta, caminando de vuelta hacia donde habían entrado—. Quizás deberíamos de irnos. —No seas paranoica —le respondió Karl. Los pasos se fueron intensificando, a medida que ellos se acercaban. No era ninguna paranoia, en realidad si había alguien más allí. De repente observaron una silueta de pie cerca del mostrador. —¿Quién está allí? —preguntó la persona, con nerviosismo. Las luces de la tienda se encendieron. Finalmente pudieron ver quién era la persona. La hija del señor Theodor. —¿Quienes son ustedes? —cuestionó la joven. Sylvia sacó el arma, apuntando hacia la señorita. —¡Esto es un asalto! —exclamó ella—. Así que te quedas donde está. O me veré en la obligación de jalar el gatillo. El pánico invadió a la joven. No sabía cómo actuar. La salida estaba lejos, además ellos eran cuatro contra uno. En menos de lo que pensaba, ya tenía el arma apuntando en su frente. —¡Dame todo el dinero! —exclamó Sylvia. Karl revisó la caja registradora, pero no encontraron ni un sólo euro. La joven se limitaba a responder. —¡Se me está agotando la paciencia! —vociferó entre dientes—. Si no vas a acceder por las buenas, lo harás por las malas. —No te preocupes, yo me encargo de eso —dijo Sylvia con maldad. Tomó a la joven por el cabello, golpeándola salvajemente. —Sylvia, ¡Estás demente! —exclamó Helios, perplejo ante semejante atrocidad. —¡Cállate! O tú serás el próximo —masculló Karl, en defensa de su novia. Helios guardó silencio. —¡Me vas a decir dónde demonios está el dinero! —le gritó Sylvia al oído. Gruesas lágrimas rodaban por las mejillas de la joven. Ya no tenía más opción. Ella les dijo en que lugar estaba, aparte de la clave que abría la caja fuerte. —No le quiten la vista de encima —les dijo a Helios y Greta—. Nosotros iremos por el botín. Ellos asintieron. Mientras tanto, Karl y su novia, se dirigieron hasta la habitación que les había dicho la joven. Al abrir la puerta de la oficina, la lámpara de araña que colgaba del techo estaba encendida. Diversos cuadros adornaban las paredes. Sylvia desvío la mirada hacia uno en particular, uno que estaba en la esquina. Caminaron hacia él. Karl lo retiró, y para su sorpresa allí estaba una caja fuerte de color n***o. Antes de introducir el código, un sonido los asustó. Ambos quedaron congelados, mirando hacia la puerta. ¿Había alguien más allí? Esperaron unos segundos, para retomar lo que estaban haciendo. Colocó rápidamente la contraseña, y las luces se volvieron verdes. Bingo. Sin embargo, se llevaron una gran sorpresa, porque dentro de esa caja fuerte no había nada. —¡Nos mintió! —chilló ella. Cuando regresaron al piso de abajo, Sylvia le propinó una bofetada en la mejilla. La joven soltó un quejido de dolor. Su vista se nubló. —¡Nos mentiste! ¡Allí no hay nada! —masculló Sylvia. —¿De qué están hablando? —preguntó la joven, asustada. —¿Piensas qué somos idiotas? —le gritó Sylvia, dándole un tirón de cabello—. ¡En esa Scheiße no hay absolutamente nada! ¡Tú lo sabías! Ella negó con la cabeza. —¡Te juro que el dinero estaba allí! —alegó la joven, tratando de defenderse. No obstante, Sylvia parecía no entrar en razón. Sin pensarlo, le propinó otro golpe en la boca. —No soy estúpida, ¿Sabes? —le susurró al oído—. Pero, déjame decirte que de mí no te salvarás. —Sylvia, por favor. ¡Basta! —intervino Helios—. De seguro alguien más, tomó ese dinero y lo guardó en otro lugar; sin decirle a ella. Karl defendió a su novia. —¡Nadie pidió tú opinión! —siseó—. Además, todo esto es culpa del verdammt de Sebastián. Él tenía que haber hecho esto. Quizás no estuviéramos en este lío. (Estúpido) Una sonrisa maliciosa se cruzó por el rostro de Sylvia. —Gracias Helios, me has dado una excelente idea —dijo ella, mirando a la joven—. Voy a deshacerme de ella. La mujer intentó retroceder, aunque Sylvia se percató de la situación; clavándole las uñas en sus brazos. —¡Déjame ir!—suplicó —. ¡Me estás lastimando! —Te mataré —musitó Sylvia. La joven cerró los ojos. Escuchando varios disparos. Ella cayó al piso y de repente, todo se volvió oscuridad. Después, las cosas transcurrieron muy rápido: Llegó la policía. Intentaron huir, pero estaban rodeados. Era un ambiente de gritos y confusiones. Justo cuando Sylvia la llevaban esposada, ella dirigió la mirada hacia la calle, en donde observó a alguien entre la oscuridad. Sebastián. —¡Espere! —suplicó Sylvia—. Él también es parte de esto. Ella señaló hacia donde estaba la silueta, quedándose sin palabras. Él había desaparecido. El policía miró en su dirección, levantando una ceja. —Traidor. Y con respecto a Sebastián, luego de una hora, pudo escabullirse de la casa, desactivando el sistema de seguridad, para evitar ser descubierto. Con el corazón acelerado mientras huía de la casa, sin darse cuenta de que alguien lo estaba vigilando. Después de recorrer varios kilómetros. Se dio cuenta de que aparte del grupo, había alguien más. Lisa, la hija del señor Theodor. Él no sabía como avisarles ni tampoco qué hacer. Ya le había causado suficiente daño a su familia, y estar en prisión no era algo bueno. Se quedó escondido entre la oscuridad, hasta que llegó la policía. Pudo observar como la ambulancia trasladaba a Lisa, gravemente herida y como se llevaban a sus “amigos” detenidos. También, se dio cuenta de que Sylvia quería culparlo. Sin embargo, la policía no le había creído en absoluto y la tomó como demente. Luego, de los hechos, él se marchó de regreso a casa. Además, no había evidencia de que él estuvo allí. Eso significaba que no volvería a confiar en nadie.

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