El ensordecedor tono de llamada del teléfono de mi padre hace que me desvele el sueño. Sé que lo hace a propósito para despertarme, lo peor es que no me puedo quejar, por el simple hecho de que me daría todo un sermón, sacándome a relucir todos mis trapos sucios. Pero, por lo menos en su vida, que le cuesta ponerlo en silencio. Aun así permanezco recostado en la cama, sin ímpetu de levantarme.
Ya ha transcurrido casi una semana desde que llegué, aunque ni siquiera las cápsulas que me dio él me hicieron efecto para acabar con los males de mi cuerpo.
Escucho los pasos de mi padre acercándose a la puerta de la habitación, suelto un gruñido por despertarme tan temprano, así que me cubro el rostro con la sábana.
—¿Sebas, estás despierto? —pregunta mi padre en un susurro, abriendo la puerta lentamente.
Permanezco inmóvil, haciéndome el dormido.
—¡Sebastián Hoffmann! ¡¿Sé qué te estás haciendo el dormido?! —se queja.
Le hago caso omiso, pero en un descuido me termina arrebatando la sábana de un tirón.
—¡¿Papá, déjame dormir?! —chillo.
Intento cubrirme la cabeza con la almohada, aunque también la arrebata.
—¿No piensas levantarme? —inquiere, doblando la sábana.
Niego varias veces.
—¿Para qué? —cuestiono, levantando una ceja.
Él suelta un suspiro, ansiando no perder la cordura.
—Son las tres de la tarde —susurra entredientes.
—¿Las tres? —repito, mirando la hora en mi teléfono—. Son las nueve.
—¿Te vas a levantar o no? —musita con una expresión seria.
—Déjame dormir unos minutos más —suplico.
Él niega con la cabeza.
—Te doy unos minutos para que te alistes —dice él—. Tengo una noticia que darte.
Medito por unos segundos, aunque a juzgar por su semblante decido levantarme sin mucho rodeo. En estos momentos no me apetece un regaño. Me dirijo al cuarto de baño para tomar una ducha. Observando mí reflejo en el espejo, en donde percibo que han desaparecido las enormes ojeras que tenía cuando llegué.
Me meto a la ducha sin dejar de pensar en la noticia que me dará mi padre. Cierro los ojos mientras dejo que el agua fría relaje cada musculo de mi cuerpo. Sumiéndome en mis pensamientos por alrededor de unos quince minutos.
Después de ese tiempo, salgo del baño, para adentrarme en la habitación, me alisto rápidamente para luego dirigirme hacia el salón. Mi padre me espera sentado en el sofá.
—¿Cuál era la noticia tan importante que ibas a contarme? —pregunto, luciendo interesado.
—Emma hizo una pequeña reunión para darte la bienvenida —responde él, satisfecho.
Esa ocurrencia por parte de ella no me es convincente. ¿Desde cuándo tan caritativos conmigo? ¿Acaso no me odian por lo de mi padre? Tantas incógnitas sin respuestas.
—¡¿Qué?!
—Mi hermano me llamó hace rato para confirmármelo.
Suelto un gruñido.
No veo a la rubia desde que tenía trece. Solamente a Ángel cuando nos visita en Alemania o través de fotos que postea en sus r************* de los viajes que realiza alrededor del mundo. Emma Hoffmann es la niña mimada de sus padres, la menor de sus dos hermanos.
—¿No te agrada la idea de compartir con tus parientes?
—No es eso, simplemente esto es tan… insólito —expreso.
—Es una grandiosa oportuna —puntualiza.
Aunque no somos personas cercanas ni hemos compartido mucho, sin embargo un destello de luz llega a mi cabeza formándose en una gran idea. Podría ser buena aliada, conoce a media Venezuela, tiene muchas amistades y por lo tanto, puede ser que esté en esa reunión. Le doy la razón a mi padre por esta vez.
Me aclara la garganta, deliberando que no pienso desaprovechar esta oportunidad.
—Tienes razón —digo, para no llevarle la contraria—. Debo compartir más con la familia por el tiempo que estaré aquí.
Mi padre me mira absorto, ante semejante respuesta; sin embargo se queda callado. Si supiera lo que estoy pensando le daría un ataque.
—¿Pasarán por nosotros? —inquiero.
Él asiente.
—Vamos, iremos a desayunar en el café de la avenida principal.
Salimos de departamento, tomamos el ascensor hasta la planta baja, para caminar unos minutos hasta el establecimiento en el que algunas veces mi padre va a desayunar.
Después de que llegamos al establecimiento, me dispongo a hacer la fila para pedir el desayuno, escuchando los quejidos de una chica hablando por teléfono, su voz chillona me aturde los oídos, pensando que en cualquier momento me dejará con sordera.
Cuando es mi turno, una chica me hace entrega de mi pedido, sin embargo en un descuido me enredo, perdiendo el equilibrio haciendo que uno de los pedidos caiga sobre la joven que habla por teléfono. Ella suelta alarido, sintiendo su mirada puesta en mí. Por mi parte, decido mirar el piso.
Sólo ignórala, me digo mentalmente.
—¡Imbécil! ¡Arruinaste mi ropa de diseñador! —se queja drásticamente—. ¡No te fijas por dónde vas!
—Disculpa —musito secamente, fijando la vista en la suya.
Esos ojos color avellana son conocidos. Mi padre se dirige hacia nosotros, para observar lo que acaba de suceder.
—¿Está todo bien? —pregunta—. Cuanto lo lamento sobrina.
—No se preocupes tío, fue un accidente —dice ella.
¿Emma? Parpadeo varias veces, pensando que se trata de un sueño, pero no lo es. Ella ha cambiado bastante, aunque en estatura al parecer se ha encogido unos cuantos centímetros. Su gesto de enfado se convierte en una sonrisa. En menos de lo que especulo, me está abrazando.
Suelto un quejido, apartándola de mí rápidamente. Observo que en la mesa también está Axel, acompañado de su novia Hanna.
—¡Sebastián! ¿Y ese milagro? —murmura con voz infantil—. Pensé que nunca visitarías a tus parientes venezolanos. ¿Estás aquí por vacaciones?
Aprovecho que mi padre está distraído con la señora Fátima, una loca obsesionada con él, para fulminarla con la mirada.
—No vine de vacaciones… —me interrumpo, sintiéndome como un imbécil.
Me provoca darme un manotazo en la cara, no entiendo para qué le estoy dando explicaciones, si es innegable que ella sabe el motivo de mi estadía. Porque siento que son ganas de joderme la poca paciencia que me queda.
—¡Oh! ¿En serio? —increpa con una gran sonrisa—. Me alegra que hayas decidido visitarnos.
La miro de reojo, sé perfectamente que ese gesto de felicidad es más falso que sus pestañas. ¿Cree que puede engañarme?
—Tú sabes la razón, así que deja de hacerte la estúpida —gesticulo en voz baja.
Emma arruga el entrecejo, encogiéndose de hombros para luego dejándome hablando solo.
—Por cierto, tiene Sebas algo que decirte —interviene mi padre, girándose hacia nosotros.
¿Yo? Me señalo, negando con la cabeza. Él me hace un gesto recordando lo que me había dicho en el apartamento.
—No seas descortés con ella —me regaña.
No me doy el lujo de rodar los ojos, porque sé que me sacará los dientes de un puñetazo. Y por visto alguien cambió a mi padre por otra persona, ya que esos gestos afectuosos son extraordinarios en él.
—Muchas gracias… por la invitación —agradezco “cortésmente” con una falsa sonrisa.
—No tienes nada que agradecerme, somos familia —manifiesta.
Justo cuando dirijo la mirada Leopold, este ha desaparecido como por arte de magia, ¿a dónde se habrá ido? ¿Acaso era alguna emboscada para dejarme con Emma? Ese señor y yo tendremos una seria conversación luego de esto.
Sin separar la vista de la puerta del establecimiento, percibo a dos chicas que caminan a pasos rápidos, una de ellas deteniéndose frente al local para atarse las trenzas de los zapatos. Una corriente eléctrica recorre por mi cuerpo, cuando dirige la mirada hacia dentro. ¿Por qué siento que la he visto antes?
—¿Oye, Sebas? Es para ti —mi prima me saca de mis pensamiento, entregándome otro jugo.
¿En qué momento se había levantado? Le debo el favor por haberle ensuciado su camisa.
—No… no te molestes —balbuceo.
—No acepto peros —responde la rubia con una sonrisa.
Termino aceptándolo a regañadientes.
—Chicos, no puede ser que se marchen en unos días —comenta ella, haciendo pucheros—. Los extrañaré.
—Lo sabemos, pero siempre estaremos en contacto — intercede Hanna, dándole una palmada en el hombro.
Puedo escuchar un teléfono vibrando desde algún lugar de la mesa, mi prima extrae el teléfono del bolsillo de su chaqueta, y al leer algo en la pantalla una sonrisa de satisfacción aparece en su rostro.
—¡Todo listo para esta noche!
—chilla de la alegría, con una mirada resplandeciente.
Los tres la observamos desconcertados. ¿De qué demonios estaba hablando? Supongo que está tramando algo. Aprovecho para darle un sorbo al jugo que me compró y desayunar tranquilamente, porque siento que me desmayaré en los próximos segundos sino pruebo un bocado de comida.
—¿Qué hay esta noche? —pregunta Hanna, acomodándose una horquilla en su cabello.
Axel y yo la observamos en espera de alguna respuesta por parte de la rubia.
—Es una sorpresa —se limita a decir—. En la noche lo sabrán.
Mi amiga enarca una ceja, haciendo un gesto de confusión con su cara.
—¿Sorpresa? —repetimos los tres a unísono.
—Sí, eso acabo de decir.
—¿Tiene que ver con una fiesta? —inquiero, observando fijamente a mi prima.
—Tal vez —alega.
—¡Emma! —Hanna se queja.
La pequeña rubia deja escapar una pequeña carcajada.
—Lo único que puedo asegurarles es que esta noche nos divertiremos.
—¿Es broma? — articulo.
Ella niega con la cabeza.
—Ustedes no deben preocuparse, me encargaré de todo —ella se da un estirón.
No pretendo ser pájaro de mal agüero, pero algo me dice que esta chica no es de confianza. Presumo que es capaz de lanzarse de un rascacielos si así lo desea.