—¡Deberías estar descansado! —protesto, al ver a mi padre levantado—. El doctor te sugirió que mantuvieras reposo. La noche anterior había sido todo un percance, cuando Leopold se fracturó el brazo luego de una aparatosa caída, la cual todavía no me explico como sucedió. Estaba al borde del colapso, que no sabía a quién notificarle. Intenté llamar a Emma, pero su teléfono me enviaba directo al buzón. Así que opté por comunicarme con Ángel, que no dudó venir rápidamente para llevarme al hospital. Pasé la noche completa en el recinto hospitalario sin poder dormir, por estar pendiente de lo que necesitara mi padre. Eso me hizo recordar cuando estuvo hospitalizado en Núremberg. Ese momento no se ha podido desvanecer de mi mente, por el contrario sigue presente como un tatuaje permanente. In

