¿QUÉ HAGO CON MIS SENTIMIENTOS?

3435 Words
¿Cómo podemos llegar a sentir tanto y después no sabe qué hacer con esos sentimientos? Amanda dejó la mochila en el viejo sillón de piel negra resoplando, odiaba los lunes, los odiaba a morir y aún más porque debía ver a Ricardo quejarse de lo irresponsables que eran, de lo flojos eran que compañeros. Las dos benditas horas hacía eso, gimotear de que le había tocado enseñar el peor salón. Se dejó caer en la cama y cerró los ojos pasando sus dedos por su estómago, ahí donde sentía aquel hormigueo, aquel que sentía cada que su hermano mencionaba a los gemelos, a uno en especial porque era su amigo al gran Napoleón. Era uno de los gemelos, hijo de Mirta la adorable señora que le regalaba siempre dulces al pasar por su negocio, su hijo, ese hombre que había robado, junto a sus hermanos, los corazones de todas las mujeres del barrio, ¿y cómo no? Napoleón, Iyali y Davide eran atractivos, sonreían y parecía que iluminaban los días de todos, su sola presencia hacía que los lunes de Amanda fueran mejores. Al escuchar el sonido del motor, se puso de pie de un saltó estaba pegada en la ventana viendo la motocicleta negra que solo le pertenecía a un Ocampos, un adicto a ellas porque desde muy joven había cambiado alrededor de tres a cuatro motos. Las luces se apagaron y luego él salió, soltando una carcajada ruidosa porque Davide le lanzó una pelota de futbol mientras atrás suyo venía el callado de los tres, Iyali, con lentes y el cabello rubio cayendo en su frente. Napoleón abrazó a su hermano mayor y hablaron, dejando fuera al otro hermano. El gemelo que le gustaba se alejó bajándose el mameluco y amarrándolo a su cintura, quedándose en una playera sin mangas, la joven no pudo evitar verlo y sonreír porque él era guapo, grande y aquellas manchas de grasa en su piel solo aumentaban sus ganas por él. Pasaba los veinte y tanto, estaba soltero, todos decían que era un mujeriego, peor que sus hermanos. Las chicas babeaban por él y Davide, las vecinas que pisaban los treinta aprovechaban las reuniones de la señora Mirta para poder verlo. Iyali era sexy, pero, ahí no más. Era como, ¿rarito? O eso decían sus amigas, mientras Amanda se quedaba en silencio viendo a Napoleón, ¿la miraría algún día? A los minutos los padres salieron y es que ahora casi Napoleón no venían, la madre de Amanda decía que era porque otra vez había llegado drogado. Ella no lo creía, él era bueno, ¿no? ambos sonriendo al ver a su hijo llegar hasta ellos y abrazarlos, la madre de ellos era tan pequeña que terminaba atrapada en el cuerpo de él. Amanda creía que la hora favorita de esa familia era cuando su hijo llegaba a cenar y se quedaba por horas ahí, hablando de la vida, de todo. Amanda tiró del pequeño banco y se sentó, acomodó su cabeza en sus brazos y lo vio sentarse, Negrito su perro en sus pies, sus padres a su lado escuchándolo atentamente, una que otra vez Davide hablaba, Iyali nunca. Napoleón movía las manos de forma exagerada y reía cada que terminaba una oración, negaba divertido y echaba la cabeza hacia atrás. A mitad de la noche se quitó la gorra negra dejando a la vista su cabello, cabello rubio corto peinado hacia los dos lados, como un libro, pero que a él le quedaba jodidamente bien. —Otra vez mirando a Napoloncillo —señaló la voz ronca a su espalda, Amanda se quejó empujando a su hermana mayor que se reía a carcajada. La joven asustada trató de empujarlo, temiendo que los vecinos se dieran cuenta de su presencia. Pero fue tarde, porque cuando ella miró hacia la casa de ellos, Napoleón estaba viéndolos, sus ojos oscuros estaban puestos en ellos y sonrió, sonrió y su corazón se detuvo. Avergonzada, cerró las cortinas de la ventana y se tiró a la cama pataleando como niña pequeña, su hermana se acomodó a su lado y pasó sus dedos por el cabello de su pequeña niña. —Amanda, Napoleón es mayor, incluso más que yo —le dijo con suavidad—. Seguramente busca una mujer para sentar cabeza o es gay, como todos dicen. — ¡Cierra la boca muelona! —La joven la empujó, pero su hermana de ahí no se iría, la molestó hasta que su madre apareció con los brazos cruzados— ¡Llévate a tu hijo! —Deja a tu hermana —su mamá la tomó de la mano y la sacó de la habitación, aunque su hermano no fue una piedra fácil de sacar, al contrario, iba que mencionaba el nombre del hijo de los vecinos, riéndose y seguramente mañana les enseñaría aquella tonta canción a los vecinos—. Tú hermana es cargosa, sigue viéndolo a escondidas, Amanda. Luego me cuentas como se veía hoy. Su mamá era un amor, era la única que entendía su amor hacia Napoleón. A veces Amanda quería tener el valor de sus hermanas, se lanzarse hacia la vida, de hacer lo que quiera, de arriesgarse y decirle al tipo que quería: ¡Hey, tú! Soy Amanda y estoy enamorada de ti desde que me salvaste de una caída segura, y no pude decirte gracias. Ajá, muy bueno. La muchacha volvió asomarse y su corazón se hizo chiquito cuando lo vio despedirse de su familia, de acariciar la cabeza de Negrito y luego subirse a la motocicleta, estuvo ahí, sobre ella por largos minutos sin encenderla, por un momento y solo por momento, ella creyó sentir su mirada. Cuando la motocicleta desapareció, Amanda se metió a la cama y agradeció que mañana fuera feriado, dormiría hasta tarde y tendría a sus hermanas molestando, pero tendría la pequeña esperanza de asomarse a la ventana y poder verlo. ¿Vendría? Ella recordaba como una vez se había confundido y lo había visto, Iyali era el único que sabía sobre el enamoramiento de la vecina pequeña de al lado, porque, la joven lo había visto de espaldas, con el poco valor que le quedaba, había tocado su hombro y dicho, la muy tonta: —Hola, yo soy Amanda, yo, yo —titubeó viendo sus zapatos para luego ver los suyos, botas negras. La estaba viendo—. Tú..., tú me gustas. —Una manera bastante tonta de declararte —una ruda, no, no. Amanda levantó la mirada encontrándose con los ojos oscuros de ¿Napoleón? No, por su forma de vestir y estar peinado, era Iyali. No. No. Por favor. —Yo... —Niña tonta. —siseó yéndose de ahí, pero no antes, soltar unas palabras duras—. No eres el tipo de Napoleón, así que no pidas el tiempo. Lloró y lloró, no quería presentarse nunca más afuera de su casa, y justo cuando por fin tomó el valor de salir en la tarde, se topa a los tres hermanos, dos de ellos con mirada amable y uno con burlona. Detestable hombre. Tiempo después se hizo amiga de la prima de ellos, ya podía estar más cerca, y podía al menos escucharlo, incluso en una llamada. Algo era ¿algo? Sí, lo suponía, era un avance minúsculo. Esa noche también soñó con él, esa noche también lo tuvo presente y volvió sentir su corazón golpear con desesperación y su cuerpo calentarse como nunca lo había hecho. ¿Qué si había tenido novio? ¡Por supuesto! Incluso ya no era virgen, pisaba los veinticuatro años, estaba a nada de terminar su carrera universitaria, pero últimamente se había vuelto tímida, más de lo que quería confesar. A la mañana siguiente, para ser exactos, a las diez de la mañana, Marco y Fred estaba saltando en su habitación y gritando su nombre. Jadeó bajito metiendo su cabeza en la almohada, quejándose por no haber puesto seguro a la puerta, pero no pudo hacer más que sonreír porque adoraba a esos pequeños lagartos. Sus primitos venían una vez por semana, suficiente para alegarla. Siempre había querido ser madre, mientras más crecía, más añoraba el ser madre y que Napoleón formara parte de esa familia que tanto deseaba. Tal vez, era una niña tonta... Sus padres estaban en el mercado, así que después de desayunar y ver algo de televisión, los pequeños tomaron la correa del flojo Bigotes y salieron a dar una vuelta, Fred se carcajeaba porque Marco apenas podía mover al perro, éste la miraba buscando que Amanda lo rescatara, pero como dijo su cuñada: Bigotes debe hacer ejercicio, está muy gordo. Y si, era una bolsa de grasa que apenas podía mostrar sus bolitas. Cuando pasaron el patio de su casa, Fred corrió hacia la señora Mirta que estaba arreglando su jardín, la joven con timidez siguió a los niños que se lanzaron hacia la mujer preguntándole como estaba ella y Negrito. — ¡Amanda! Mira que no te he visto la cara, ¿cómo estás? —la joven se acomodó en el escalón de la casa y Marco a su lado. —He estado en exámenes y todos los días llego muy tarde —se quejó la muchacha con una mueca en los labios, la mujer sonrió. —Tu hermana me dijo que andabas con un muchachito, me alegra que ya estés saliendo con alguien. — ¿Eso le dijo la malnacida? ¡Es mentira! Ella vive poniéndome novios —la joven arrugó la nariz y Mirta la miró con ternura, y es que ambas hermanas se amaban, pero vivía peleándose, más era la otra muchachita que le buscaba la boca a su hermana. — ¿Ha hecho galletitas, señora Mirta? —Fred la miró con aquellos ojos oscuros y la mujer se derritió, la chica negó porque aquella mirada se la había enseñado la hermana de Amanda—. Es que Amanda hizo huevos y se le quemaron, yo ya no quise comer y tengo algo de hambre. —Amanda es buena, pero cocina feo. —Entonces hay que enseñarle algunas cosas a Amanda eh —Mirta sonrió viendo a los niños y la aludida los miró mal. Eran unos malagradecidos. La mujer iba a seguir hablando, pero su atención fue hacia atrás de Amanda, la joven reconoció el sonido de la motocicleta y su cuerpo tembló. Oh, no. Se giró y vio la moto de Napoleón acercarse y ella estaba ahí, sentada y con los niños dispuestos a comer galletas, dispuestos a no irse de ahí. Se puso de pie de un salto tomando la correa de Bigote, tiró del perro quien la miró mal, y luego tomó la mano de Marco que la miró confundido. — ¡Muchas gracias, pero debemos irnos! ¡Tengo que sacar al gato! — ¿Qué gato? ¿Tenemos un gato? ¿Tía compró un gato? —preguntó Fred y Marco sacudió sus manos en su pantalón blanco. En su pantalón blanco y que segundos atrás estaba limpio. — ¡Claro que no, tonto! — ¡Marco! —la chica chilló y sin esperar respuestas, tiró de los niños y se alejó despidiéndose de la señora, escuchó la voz de la señora y luego como el sonido de la moto se apagaba. Oh, no. Él estaba a unos pasos de ella, estaba demasiado cerca y Amanda solo huía. — ¡Pero yo quería galletas! —se quejó Fred cuando la joven abrió la puerta de la casa, aun podía sentir la mirada de él, aun podía sentir sus ojos quemando su espalda. — ¡Les compraré sus benditas galletas! —los niños la miraron mal y se alejaron de ahí diciendo que no volverían a salir con ella. Amanda resopló pasando sus manos por su rostro, una y otra vez. Luego se asomó por la ventana y lo vio ahí, con su mameluco gris con el logo del taller del centro. Su cabello oculto en una gorra del mismo color y sus oscuros puestos en la casa, buscando a la pequeña que había correteado junto a dos niños que gritaban galletas. ¿Pero qué diablos sucedía con ella? No podía formular una oración cuando estaba cerca, no podía verlo a la cara y solo sonreía cuando lo veía a lo lejos. Ya había intentado hablarle, más de una vez, pero todas se quedaba muda y dejaba que se alejara sin saber que la pequeña hermana de Marco estaba enamorada de él. Iyali se burlaba diciendo que era una muda, mientras que Davide se limitaba a decir que era cosas de niñas. Sí, probablemente lo era. (***) Su padre iba a matarla, había quedado llegar a la una y media de la noche, o en todo caso avisar que llegaría tarde, pero es que cada que salía con sus amigos, cada que salía a bailar con ellos parecía que el mundo se borraba y solo quedaba disfrutar. Tal como es noche, eran pasadas de las tres y estaba afuera de su casa sin saber si entrar o tocar, tirando de la chaqueta al mismo tiempo porque el frío de esa madrugada terminaría por matarla. — ¿Te quedarás ahí? —la joven se sobresaltó al escuchar la voz ronca de él, de Napoleón. Lentamente se giró encontrándolo de pie frente a ella, en unos pantalones de algodón y una playera sin mangas. Estaba sonriéndole. Estaba mirándola a ella, la estaba notando. —Yo, eh —tartamudeó y su cerebro se avergonzó de lo tonta que ella era, mientras que su deseo estaba ahí, latente, tomando de la mano a su corazón para lanzarse hacia los brazos de él. —Eres Amanda—afirmó acercándose con lentitud, la joven echó la cabeza hacia atrás y pudo comprobar que él era mucho más grande que ella, demasiado, a su lado se veía pequeñita—. La chica que mira por la ventana, la misma que huye cuando estoy cerca. —Ah, esa Amanda —la joven soltó una risita nerviosa y él sonrió mostrando su dentadura blanca—. Es la hermana menor de esa casa, chica genial eh, pero algo loca. — ¿Así? Vaya, ¿la conoces? Digo, así podrías presentármela —Amanda tragó saliva cuando Napoleón se acercó a ella y se acomodó en el escalón de la casa, desde abajo la miró y ella terminó por sentarse a su lado, pero a una distancia prudente que solo causó la diversión en el hombre mayor—. La he visto por años, pero debo parecer aterrador si siempre huye de mí. —Es tímida —la joven jugó con sus dedos y él jamás dejó de verla—. Y tú pareces ser intimidante, así que huye. —Bueno, tú no estás huyendo —el hombre alzó una ceja y la joven lo miró, sus ojos y luego aquellos llenos labios. Negó divertida y luego volvió a ver sus ojos—. Esa es una buena noticia. —La noche me da valor para no huir. —Ah, pero si realmente eres Adri —la chica apretó los labios cuando lo escuchó hablar, y cuando quiso ponerse de pie, él enredó su mano con la suya, ella miró sus manos unidas y la timidez la golpeó, tartamudeó, pero él no la soltó—. No voy a comerte, Amanda. —Es que... —Soy Napoleón Ocampos, hermano de David e Iyali —se presentó entrelazando sus dedos con los suyos, su mano era grande y rasposa. Aquella caricia solo envió un escalofrío a su cuerpo y terminó en su corazón, si, estaba enamorada y ya no podía evitarlo—. ¿Y tú? —Amanda Ríos, como el río de Piura..., creo —se presentó y Napoleón sonrió, porque todo eso él ya lo sabía—. No sabía que te quedabas con tus padres. —Yo tampoco lo sabía, y mírame, estoy aquí. —Debo entrar —la joven se puso de pie, pero Napoleón no soltó su mano, al contrario, se puso de pie y se acercó con cautela viendo los ojos de la chica ocultos en unas pequeñas gafas de armazón n***o. — ¿Qué tal si cenamos mañana? — ¿Cenar? —Ya sabes, una rica comida y una buena charla —él acarició las manos de la chica con sus dedos, la joven lo miró, nunca dejó de verlo—. Si no te importa, puedo llegar y bañarme, pero tardaré un poco... —No importa si andas con tu mameluco, no quiero que hagas un viaje largo para cambiarte —se apresuró hablar, las comisuras de los labios de Napoleón se elevaron y a los costados de sus ojos líneas pequeñas se marcaron. —Tenemos una cita, Amanda. —Es una rica comida y una buena charla —señaló la joven mordiendo el interior de su mejilla, lentamente soltó la mano de él y se sintió vacía, gimió y el gemelo bueno, como ella le decía, pudo notarlo, pero no se acercó, no quería asustarla. La joven dio unos pasos y la voz de él la hizo girar. —Te estoy mirando. —Lo sé —contestó sonriendo, entró a la casa y empezó los regaños de su padre, pero fue lo que menos le importó y es que ese día en la noche tendría una cita con el hombre que quería, con el tipo que había visto por largo tiempo escondidas con el tipo que por mucho tiempo había sido solo un sueño. Él la había mirado. Lo había hecho. Todo parecía ir bien, ella así lo creyó, pero el día de la cita él no llegó, no volvió ni lo vio más. Su amiga, la prima de él, le dijo que Napoleón estaba en la cárcel, por líos, que lo más probable es que sus tíos no lo recibirían. Pasó una temporada de llanto mientras veía por su ventana como los hermanos avanzaban, años después, cuando ella ya vivía en la ciudad, volvió para ver a sus padres, saludó y sonrió, fue hasta su habitación para cambiarse, pero, como si su corazón de niña suplicara, miró por la ventana cuando el ruido de una moto se acercó. Se asomó, extrañada del ruido. Pero tal vez no debió hacerlo, tal vez debió quedarse en el living escuchando las historias de su padre, antes de ver aquella escena frente a sus ojos. Sonrió con lagrimas en los ojos y supo que no había superado aquel amor. Ahí estaba Napoleón, bajando de la moto, más maduro, con tatuajes y de su mano una joven hermosa, que reía y él parecía poner flores por donde ella caminara. —¡Mi querida Zoy! —dijo la señora Mirta asomándose por la puerta, fue y la abrazó—. ¿Cómo no amar a mi querida nuera? —¿Le gustó entonces? —¡Me encantó! Pero pasen, no se queden ahí. Era la novia, muchísimo más joven, muchísimo más hermosa y él la amaba. —Mira, Napoleón llegó tarde a la cita —ella bajó la mirada encontrándose con Iyali, en traje, sin lentes y viéndose muy guapo, pero solo debí abrir la boca para que lo atractivo se fuera—. Pero viene acompañado, ¿no hay ningún problema? —Ah, Iyali, sigues siendo tan idiota. —Y tú ya no te quedas callada —Iyali esbozó una sonrisa—. Es su novia, Zoy, pero él ha dicho que quiere casarse. —Muy bien por tu hermano. —¿Y por ti? —No es algo que te interese, ¿O sí? —Para nada —susurró fingiendo una sonrisa—. Buena vida, Iyali. —Lo mismo digo. Años después. —Espero se un niño sano —Mirta sonrió tendiéndole el peluche de felpa, Amanda sonrió—. ¿Qué pasa cariño? —¿Quisiste a Zoy? —Pero ¿por qué preguntas eso, mi niña? —Porque todos parecen amarla y, ¿Dónde quedo yo? —Amanda mordió su labio y Mirta se acercó abrazarla. —Te amamos, querida, muchísimo. —le contestó—. Por supuesto, Zoy ocupa un espacio porque siempre fue alguien bueno, como tú. —Pero yo nunca seré ella... —Por supuesto —dijo con seriedad—. Porque tú eres tú y eres especial, no necesitas parecerte a nadie más. —¿Crees que Napoleón me ame? —Por supuesto, querida —la miró—. Incluso gustaba de ti cuando eras joven y te asomabas por la ventana. —¿Es cierto? —Sí, siempre le gustaste y mira, ahora son esposos, serán padres.
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