DISPARA
Cerró los ojos y apretó el puente de su nariz escuchando la voz de Cleyton en el pasillo regañando a Eros que corría de un lado a otro con su muñeco de trapo que la navidad pasada le había regalado ella, sonrió viendo a su pastor alemán lanzarse a correr y a su hermano quejarse y al final caminar a la cocina derrotado, ni con su hijo sufría tanto.
—Debes enseñarle modales, Eros es muy travieso —señaló tomando la taza de café que Zoy había empujado para él, el morocho esbozó una sonrisita y sus ojos verdes oscuros brillaron, tal y como de pequeño: seguí cayendo con lo mismo—. ¿Cuándo cumple un año?
—El viernes —la joven dio un largo sorbo a su café con leche y se puso de pie para lavarlo ignorando la mirada de pena que su hermano mayor le daba. Tres años habían pasado desde que ya no estaba con el hombre que amaba, con el hombre que seguía metido en su pecho, tal y como el primer día—. Tengo entradas para el viernes, ¿Vamos?
— ¿Teatro? —Zoy asintió y su hermano se quejó—. Tienes a Nikita y a Jorge. No el hermano mayor que tiene un hijo que corre sin detenerse.
—Excusas —la joven se quitó el gorro de lana y su hermano admiró el cabello corto y lacio que tenía—. ¿A qué hora irás hoy?
—Podemos pasar por ti, se lo difícil que es esto nena —Cley se puso de pie y rodeó con sus brazos el pequeño cuerpo de su única hermana, la muchacha mordió su labio con fuerza para que ningún gemido escapara—. Debes avanzar, eres joven, puedes casarte otra vez y tener una familia. Deja de esperarlo, eso te mata.
—No lo estoy esperando, he continuado con mi vida —habló bajito y su hermano besó su cabello con suavidad sintiendo el cuerpo de su niña sacudirse. Había empezado a llorar—. Pero no me pidas que corra, que me case ya y grite a los cuatro vientos que quiero un bebé.
— ¿Cómo lo sabes? —Cley hizo que su hermana se girara y la joven levantó la mirada, ambos hermanos se observaron—. Amanda está en la clase de yoga de Renata, ahí dijo que Napoleón estaba entusiasmado de tener un bebé, que ambos estaban listos para el siguiente movimiento.
—Todos se opusieron a mi relación con él —la muchacha caminó hacia la sala sintiendo a su hermano a su espalda, abrió un pequeño cajón y sacó la segunda foto que tenía en la casa, allí yacía ella con Napoleón abrazados, el rubio sonreía de una manera que ponía tus pelos de punta, unos ojos que gritaban peligro y Zoy no se dio cuenta. La muchacha brillaba a su lado, sus ojos oscuros parecían luceros y la sonrisa boba en la cara nadie se la pudo quitar. Sus padres no querían que estuviera con él, y desaprobaron que se casara tan joven, con apenas veintidós años y él ya con sus treinta y seis años. Una diferencia muy grande pero no le importó, nada importaba.
Jadeó cuando los recuerdos de ese día la golpearon, el dolor fue tan intenso que su hermano la sostuvo. Ambos habían salido a cenar pare celebrar el año y medio de matrimonio, reían y Napoleón no se dio cuenta del camión, fueron embestidos y cuando Zoy abrió los ojos sus padres le dijeron que llevaba largas semanas allí, que el amor de su vida estaba en una situación crítica. Pasaron largas semanas, meses y él no despertaba, no lo hacía, y cuando ya no podía con el dolor: Napoleón abrió los ojos, aquellos devoradores de alma y rompió su corazón.
(***)
—Me encantó la foto que tienes con Andrés, muy buena. ¿Es verdad que es un actor amable? —Nikita estampó sus labios en la mejilla de Zoy y rio al sentir las babas de su segundo hermano, sus ojos azules brillaron de malicia y terminó pasando sus dedos por el cabello oscuro—. Te ves hermosa, la mejor guionista del Perú ¡Carajo!
—Exageras.
—La novela no baja de su puesto, los actores son amados y todas las semanas hablan de los productores y de la guionista —su hermano abrió la puerta y Zoy subió acomodándose el cinturón sin dejar de escucharlo, de los tres hermanos hombres; Nikita era el hablador, el burlón y cariñoso—. Papá llamó a toda la familia diciendo que otra vez te había mencionado en la televisión y en el periódico, su princesita.
—¿Y Jorge?
—Con la cara de amargado debe estar ya en la fiesta —Nick estacionó y ambos soltaron un suspiro juntos, compartieron sonrisas y bajaron tomados del brazo recorrieron el amplio jardín escuchando la música con fuerza, viendo los autos estacionados y los gritos. Aquella fiesta la hacia todos los años cada que el invierno empezaba, según era para tener a sus amistades cercar y entre ellas estaba la madre de Amanda.
Saludaron a sus primos y algunos tíos que estaban cercar, sonrió cuando vio a su hermano Jorge con traje oscuro, brazos cruzados y una mirada que mataría a cualquiera que intentara hablarle, su madre le arreglaba el traje olvidándose que él era un adulto, cuando ambos mellizos se miraron, nada más los detuvo para abrazarse con fuerza. Jorge por trabajo no estaba en la capital, constantemente estaba en los puertos y podía verlo a los meses o una vez por mes, depende como estaba la pesca.
La joven pasó su nariz por su pecho recogiendo su aroma a mentas y luego levantó su rostro para que este plantara un beso en su frente.
—Limón, ¿Mejor de humor? —Nikita tomó una copa de vino y la movió entre sus dedos lanzando una mirada a un par de jóvenes que pasaban por ahí, ignorando el gruñido de Jorge—. ¿Dónde está mi papá? ¿Escondiéndose en la biblioteca?
—Algo que tú no heredaste —Jorge resopló y Zoy enganchó sus manos en la de sus hermanos—. Ve y búscalo Zoy, madre no tardará en empezar a contar historias vergonzosas, va por su quinta copa de vino.
—No se maten —advirtió viendo a sus hermanos con media sonrisa, tomó el filo del vestido amarillo con escote de satén y recorrió la casa hasta que se detuvo en la biblioteca, empujó la puerta y sonrió al ver una sombra frente a la puerta—. Hay hábitos que no se olvidan, eh.
—Zoy —la joven se sobresaltó al escuchar la voz profunda de Napoleón, la luz de afuera iluminó su rostro y la muchacha vio aquellos ojos brillar, sus labios rojos mojados por la bebida y algunas mechas rubias caer en su frente.
Él.
Inmediatamente su cuerpo se sacudió y fue presa de los recuerdos, ahora ya no se presentaban en las noches, en el día debía sufrir por ello.
Se sostuvo del mango de la puerta y parpadeó, luchó y fue envuelta en el pasado.
Napoleón estaba recostado en la cama con los brazos atrás de su cabeza, sin imaginarse todo lo que la imaginación de Zoy hacía en ella La joven se removió en su lugar y luego terminó lanzándose a la cama, riéndose mientras el hombre la rodeaba con sus brazos.
—¿Blanco, gris o n***o? —inquirió la joven recogiendo su aroma.
—¿Para qué?
—Para el empaque de tu regalo —bromeó y Napoleón bajó su cabeza para llenarla de besos, ella se sacudió por la risa, feliz.
—Te he dicho que no me gustan los cumpleaños.
—Es tu primer cumpleaños contigo, por favor.
—Zoy, Zoy, ¿Qué voy a hacer contigo?
—Amarme todos los días.
—Lo hago, hay que darnos prisa, tenemos una cita —el hombre se puso de pie y la joven pudo admirar más de cerca aquellos tatuajes que rodeaban su piel blanca, era un lienzo—. ¿Zoy?
—Iyali no me cae bien.
—Ni a sus propios hermanos —bromeó inclinándose para tomar su rostro—. Eres mi esposa, quiero que estes en cada momento, incluso si él está ahí.
—¿Siempre se han llevado mal? —Zoy se puso de pie caminando hasta el baño para empezar a maquillarse mientras que su esposo la siguió para rasurarse la barba.
—Sí, simplemente no podíamos estar en una sola habitación —contestó—. Mi madre creyó que al ser gemelos haríamos todo juntos, fue imposible. Iyali tiene un carácter horrible, y cree que, tratando así a las personas, conseguirá algo.
—Bueno, al menos David es bueno.
—Una suerte para mí —sonrió besando la frente de su esposa para ir a cambiarse, lo habitual, siempre llevaban una prenda del mismo color, algo habitual y tierno en ambos. Nadie podía imaginar que el chico malo llevara una corbata rosa por el vestido de ella, pero el hombre se veía feliz.
—Te amo. —confesó la joven mirando por el espejo a su esposo que estaba arreglándole el cabello, él ante aquellas palabras, esbozó una sonrisa, feliz.
—Te amo, mi amor.