UNA NOCHE FRÍA

1598 Words
Zoy estaba de pie allí, con el cabello oscuro y lacio tapando las pequeñas orejas, sus ojos brillando de tristeza y con los labios separados, él bajó la mirada viendo los nudillos rojos y lastimados, y quiso preguntar, pero solo atinó a decir su nombre. — ¿Qué hace aquí? —Napoleón quiso reír, pero solo dejó la copa de Whisky escoces que le había ofrecido Vladimir, el padre de ella, después de decirle que extrañaba las cenas donde él bromeaba sobre el vestido de su esposa, momentos que él no podía recordar y que parecía que para los demás estaba mal, lo juzgaban por haber continuado su vida, ¿Debía detenerse y esperar que llegaran? ¿Atando a una niña a su lado aun sin estar seguro sobre lo que tuvieron? Sobre lo que todos decían tener. Zoy seguía siendo joven, demasiado para un hombre mayor como él, tal vez la vida le había regalado una segunda oportunidad para hacer bien las cosas, para reconciliarse con su padre y perdonar a todos. ¿Por qué debía desaprovecharlas? —Tu padre me invitó, espero no te incomode —señaló sin dejar de observarla, la joven aclaró la garganta y se encaminó hacia él, deteniéndose para servirse un trago, ¿Qué edad tenía? Parecía una experta bebiendo un licor tan fuerte. —Tú me enseñaste —habló antes de llevar nuevamente la copa a la boca y dar un largo trago, la joven parpadeó y lo miró, ahora sus ojos estaban rojos, ¿Era por el licor o por su presencia? —. Tú me enseñaste a beber con propiedad, a no marearme con el whisky y encontrarle un buen sabor. No querías, yo insistí. —Yo... —Napoleón no supo que decir, ¿Qué debía responder a eso? No recordaba la vida al lado de ella, lo habían intentado el primer mes, parecía feliz o eso era lo que la gente decía y las fotografías mostraba, pero él no sentía nada y con el tiempo no recordaba. El psicólogo dijo que tal vez Napoleón no quería recordar. ¿Tan mal había sido su vida? Tal vez solo se mostraban felices frente a cámara y familia—. Espero te encuentres bien, que todo te vaya bien. —Todo me va bien, señor Ocampos —él pudo escuchar el sarcasmo en su voz y esbozó una sonrisa, inclinándose—. Soy una guionista muy buena según revistas y periódicos, la serie en la que trabajo es la mejor y soy joven, aun me queda más porque luchar, y un novio que me ama y celebra mis triunfos. —Eso he leído, Zoy Soto Miranda es la joven promesa según el director Efrayn Hidalgo, quien la ha tomado en su ala y dice que es su maestro, que aquella joven tiene mucho futuro —citó lo que salió en el periódico La Hora del lunes, Zoy entreabrió los labios y forzó una sonrisa que Napoleón terminó creyendo—. Me alegro de que te esté yendo muy bien, y que afortunado por tu novio, me alegro. —Éxito en su nueva etapa como papá, si me disculpas —la joven dejó la copa y se alejó, pero no llegó a la puerta cuando Napoleón envolvió su mano alrededor de su brazo, la joven temblando lo miró—. ¿Qué pasa? —Hueles a vainilla. —Y tu esposa a rosas, Napoleón —la voz seca de Amanda resonó en la habitación, el aludido lentamente soltó a Zoy y la joven miró a la esposa del hombre que amaba, forzó una sonrisa y la felicitó por los planes de tener un bebé—. Ya sabes, queremos agrandar la familia. Tú aun eres joven para entenderlo, pero ya te llegará tu etapa. —Ni tan joven, te recuerdo que estuve casada —señaló la muchacha borrándole la sonrisa a la mujer que ahora sostenía con recelo a Napoleón—, pero tienes razón, soy muy joven para pensar en eso, aun debo vivir la vida. Si me disculpan. La joven sostuvo el vestido y con una sonrisa salió de allí. Napoleón sintió las manos de su esposa aferrarse con fuerza a su brazo y la miró, estaba molesta, celosa e insegura, constantemente por ello eran las discusiones. Siempre decía que si recordaba la memoria tal vez la dejaría e iría atrás de la niña, no entendía que él la amaba, y no a Zoy. Más tranquilos salieron y Napoleón sin querer se fijó en ella, que reía rodeada por sus hombres, aquel vestido satén se aferraba a su cuerpo de una manera que le robó un suspiro, aún tenía el olor a vainilla en su nariz, un olor inquietante. Algo dentro de él lo descompuso cuando un hombre casi de su edad se acercaba, vestía un traje oscuro y una sonrisa cuando se acercó a Zoy, la joven al verlo chilló y saltó a sus brazos, riendo a carcajadas mientras el hombre la sostenía. Se disculpó con que iría al baño, mojó su rostro y se observó al espejo. No la recordaba, nada de su vida con Zoy, pero el olor a vainilla y tres pequeñas líneas en la parte baja de una espalda venían siempre a su memoria, tantas veces que terminaba con un dolor de cabeza. Gruñó molesto volviendo a llenar sus manos de agua y echarlas a su rostro, cerró los ojos y escuchó la puerta abriéndose. Tomó papel y secó su rostro, sorpresa fue que al verse nuevamente al espejo se encontró con el hombre que había abrazado a Zoy. — ¡Napoleón Ocampos! —el hombre era más grueso con él, su voz algo fría pero los ojos sonreían—. La última vez que te vi casi me pegas por besar la mejilla de tu mujer, ¿Cómo van los celos? — ¿Las mejillas de Amanda? —inquirió confundido y el hombre bajó la mano que le tendía. — ¿Amanda? No, hablo de Zoy —explicó—. Soy Máx Rogers, fui el profesor de Zoy, y muy buen amigo. —Lo siento, no te conozco —Napoleón pasó sus manos por su cabeza al sentir aquella punzada, jadeó y Máx. lo sostuvo con seriedad. —Tal vez no la recuerdas, pero el amor no se olvida, y créeme, yo mejor que nadie lo sabe —musitó con seriedad el hombre, Napoleón salió de allí y refregó sus ojos, cuando un recuerdo lo golpeó con fuerza, gritó desesperado cayendo al suelo. —Creo que estoy enamorado —sonrió y su hermano David soltó una carcajada viéndolo fijamente—. Es una criatura preciosa, llena de vida y yo estoy atrás suyo queriendo un poco de su luz. — ¿Así? ¿Hablas de la niña? —David inquirió y él sonrió. —Estoy enamorado, hoy la acompañé a su casa y ya no recordé la dirección de mi departamento—comentó viendo sus manos manchadas con pintura—, en mi cabeza solo estaba su dirección y su risa. —No sabía que los hombres como tú se enamoran, Napoleoncito —la voz burlona de su hermano gemelo hizo eco en la pequeña habitación que su padre usaba como bar. Los dos hermanos miraron a Iyali que había llegado, impecable con aquel traje gris y el cabello bien peinado hacia atrás—. ¿Quién es la pobre victima? —Hablas como si hubiese tenido muchas mujeres en mi cama, Iyali —le respondió el tatuador. —¿Y no fue así? —el gemelo fue directo hacia el bar, se sirvió una copa de vino y se giró, con una sonrisa burlona—. Mujer, tras mujer pasaba por tu cama en la universidad, por supuesto, en la biblioteca lloraban como magdalenas. —Iyali —siseó el mayor de los hermanos. —¿Qué? Acaso no hay verdad en mis palabras —miró fijamente a su gemelo, sin dejar de sonreír—. El chico malo que venía en su moto, quien rompía corazones y creí que era sexy fumar a las afueras de la universidad. —Basta, hemos crecido, ¿en algún momento vas a olvidar eso? —gruñó poniéndose de pie para enfrentarlo—. Hablamos de un joven de veinte años, han pasado más de diez años de eso. —Ah, la filosofía de que cuando uno crece deja de tener remordimiento —dijo con sarcasmo. —Otra vez peleando —su madre avanzó dejando un beso en la mejilla de cada uno, deteniéndose en Iyali para abrazarlo, por supuesto, no era un secreto que sus padres siempre estuvieron más felices de la carrera de su hermano, que de la de Napoleón. —No, solo hablaba con mis hermanitos —contestó—. ¿A qué no adivinan? —¿Qué cosa, Iyali? —la voz ronca de su padre hizo eco en la habitación. —Napoleón se ha enamorado, por quinta vez esta semana. —Me voy, me había olvidado el infierno que era este lugar. —Napoleón —la voz dura de su padre lo detuvo, se aferró a la chaqueta de cuero con fuerza, molesto—. He conseguido un trabajo para ti, en la empresa de un amigo, puedes ir y... —No. Estoy feliz con mi trabajo. —¿Marcando la piel como si fueran cerdos? —inquirió el hombre, serio. —Me voy. —finalizó con amargura, ya entendía porque nunca venía, le habían amargado el encuentro con Zoy. Quería guardar ese primer encuentro, aquella mujer lo había capturado como ninguna otra.
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