Nicolau reconoció su inconfundible voz grave y susurrada, aunque un poco diluida por el alcohol, dentro de una las cabinas de los lavabos de hombres. —Puff, cómo la mueves de bien, puto cabrón —fue lo que la escucho decir. Nicolau entró sigilosamente a la cabina contigua. Los paneles que separaban los retretes de Baila Pibón no llegaban hasta el suelo, por lo que Nicolau pudo ver en las baldosas, húmedas por los charcos de orina, el reflejo de la sombra difuminada de Minerva siendo zarandeada rítmicamente por la sombra del chico musculoso. Nicolau sintió cómo su pene se le fue enderezando. —Venga, mueve ese puto culo, cómo lo movías perreando. —¿Te gusta así? Dime. —Sí, como una perra en calor. —Entonces dame más fuerte. ¡Me gusta fuerte! Nicolau escuchaba el ¡paf!, ¡paf!, ¡paf!, ¡p

