Me quité los zapatos y me senté en el sofá con fatiga.
"Una cita conmigo"
—¿Qué piensas? —levanté la vista. Tobías estaba cruzado de brazos con una ceja arqueada.
—Pensé que te habías retirado. —se sentó a mi lado.
—Quise matar a Stein.
—Olvídalo. —miré hacia el ventanal la hermosa vista hacia el océano. Desde que estuve aquí no tuve el tiempo para apreciarlo como se debía.
—Creo que deberías aceptar la cita. —volví a mi amigo con el ceño fruncido.
—Acabas de decirme que querías matar a Stein.
—Lo se, pero tal vez si demuestras ser confiable, te confiese algunos negocios sucios —frunció sus hombros—. Los celos son aparte, estamos trabajando y debemos hacer esto posible. —no estuve más de acuerdo.
—Creo que no sería buena idea. —ambos giramos a Félix que estaba en postura rígida.
—¿Es broma? —musitó Tobías con molestia—. Es lo mejor que podemos hacer.
—Pondremos en peligro a nuestra agente. —me apuntó con su dedo. Tobías lanzó una risita burlona y volvió a mí. No era un momento para reírse.
—Está celoso, él está enamorado de ti... —no acabó de concluir la oración que ya lo tenía a Félix sobre de él tomándolo del cuello.
—¡Maldito infeliz! Porque no cierras esa maldita boca.
—Se te nota. —se burló Tobías con el rostro colorado.
—La protejo, tú has llevado a varias agentes a la muerte por tus decisiones estúpidas y precipitadas —abrí mis ojos—. ¿Acaso olvidas a Torres? —me interpuse entre ellos y miré a Tobias alarmada.
—¿Tu causaste su captura?
—¿Enloqueciste? —me gritó furioso.
—Explícame lo que acaba de confesar Félix. —gruñí tomándolo de la hombrera de la camisa.
—Fue un error, jamás fue intencional. —ojeó a Félix con desdén. Me alejé un poco sin quitar mis ojos de los suyos.
—Jamás supe que estabas en la misión junto a ella.
—Lo estuve.
—¿Y por qué a ti jamás te descubrieron? —éste sonrió de costado.
—Porque fui más inteligente, quise salvar a Torres, pero ella no quiso ayuda.
—Eso no cuenta. —estaba descubriendo a un Tobías desalmado y egoísta.
—Ahí lo tienes a tu amigo. —volteé a Félix que estaba colérico.
—¡Cierra la maldita boca! —chilló Bessen.
—Quiero que te vayas. —dije sin mirarlo.
—Isla, ¿le creerás a Feuerstein? —contuve mis palabras y seguí ignorándolo. Este desistió y empujó a Félix que también lo ignoro.
Al sentir el portazo volví a Félix y lo fulminé.
—Habla Feuerstein.
—No hay nada de qué hablar.
—Sé que algo sabes. —tomé con fuerzas sus brazos.
—Lo que debes saber, es que no debes aceptar la cena con ese mafioso. —se acercó con seriedad.
—¿Y que hay si la acepto? —blanqueó sus ojos.
—Estás incentivando tus emociones. —bufé.
—Ya te dije, soy una mujer sin emociones.
—Veremos. —susurró.
Gruñí a lo bajo y me fui a dormir. Quería olvidarme de la maldita noche. Quedé intranquila ante la sorpresiva revelación de Félix. Tobías estaba transformado, parecía otra persona.
Me levanté somnolienta, no pude descansar como debía. Tenía tantas dudas, tantas. Me coloqué el batón y salí de la habitación. Necesitaba hablar con Félix. Este energúmeno debía decirme la verdad.
Iba esperarlo en la sala de investigación pero tras abrir la puerta me planté ahí, quedando perpleja al verlo junto con Simona teniendo sexo. Dejé caer mis labios y emergió una irá dentro de mí que no pude evitar. Gemían sobre la mesa de cristal. Simona alzó la vista y se sorprendió al notar mi presencia.
—Isla Dumont. —balbuceó. Félix se separó de ella rápidamente.
—¡Isla! —gritó molesto.
Mordí mi labio y cerré la puerta de un golpe tan fuerte que retumbaron los adornos que había en una repisa en la pared. Caminé hacia mi habitación y me deshice del pijama con tanta rabia que casi lo destroce.
Maldita sea, porqué estaba actuando así, no podía evitarlo, estaba celosa. Me coloqué ropa deportiva y al salir de la habitación quedé helada al verlo agitado y desprolijo frente a mi puerta.
—Qué quieres —inmuté en seco.
Frunció su ceño.
—¿Estás celosa? —se burló.
—¿De ti? —bufé—. Por favor Félix, jamás sentiría algo por ti, mírate —se miró a sí mismo y frunció sus hombros—. Tú y yo somos incompatibles.
—¿Y qué es lo compatible para ti? —me frené en el camino. No lo digas, ni te atrevas—. ¿Edward Stein? —volví a él y con mi mano fruncida lo atropellé en su rostro. Este pegó un gritó y se tapó automáticamente el rostro.
—Jamás. —sentía como las lágrimas querían salir. ¿Lloraría? Félix quitó su mano y observó que estaba sangrando su labio. Fruncí mis labios que estaban temblando. Cerré mis puños y salí a zancadas del lugar.
Abrí la puerta corrediza de cristal y me encaminé hacia la playa. Sentía algo salado bajar por mis labios, y eran lágrimas. Pero ¿Por qué? Por lo que me dijo Félix o por que moría de celos verlo como un caballo desbocado encima de la sirvienta. Pegué una patada en la arena y me arrodillé en el suelo, sintiendo como el agua mojaba mis rodillas.
De pronto mi teléfono comenzó a sonar, y antedí ni siquiera mirar la pantalla.
—Dumont.
—Soy Edward. —abrí mis ojos y me puse de pie.
—¿Sucedió algo? —este se rió con encanto.
—Quiero insistir, lamento haberme comportado tan indiscreto anoche.
—Acepto cenar contigo —enmudeció—. ¿Sigues ahí?
—No puedo creer, no te imaginas la satisfacción que me das.
—Nos vemos entonces.
—Pasaré por ti a las nueve. —miré al cielo y cerré los ojos. ¿Lo estaba haciendo por celos? ¿En serio Isla?
—Bien. —corté la llamada.
Si Stein era el indicado como decía Feuerstein, se lo demostraré. Maldito energúmeno.
*
Tania ordenó estrictamente vernos en la sala de investigación. Fui la última en ingresar y llamé la atención de los sujetos que se encontraban ya en sus asientos. Solo me senté alejada de ambos y miré la pantalla donde estaba mi jefa mirándome extrañada.
—Isla. ¿te encuentras bien? —preguntó.
—Perfectamente. —asintió tomando unos papeles.
—Excelente trabajo anoche, gracias a la coordinación de Félix e Isla, pudimos averiguar de un convenio que tiene Stein con alemanes.
—¿Qué convenio? —preguntó Félix curioso.
—Bomba atómica. —miré la pantalla con terror.
—Debes estar bromeando. —murmuré, sintiendo un escalofrío subir por mi espalda.
—Maldición. —se quejó Tobías.
—Esto se agravó más de lo que imaginamos, hay que impedir que esto se propague, debemos tener esa bomba. Es peligroso.
—Acepté cenar con Stein hoy. —confesé, sintiendo la fuerte mirada de Félix en mí. Tania sonrió a gusto.
—Excelente estrategia Isla. Debes acercarte a él, notamos que ese hombre tiene una gran admiración por ti. Podemos usarlo como debilidad. —amplié una maquiavélica sonrisa.
—Me parece estúpido hacer eso. —escupió Félix.
—A mí me parece excelente idea. —concluí pedante.
—¿Por qué sería estúpido Félix? —noté la curiosidad de la Tania.
Me crucé de brazos y miré a los ojos azules animada. Moría por saber su porqué.
—Exponemos demasiado a Isla. Stein no tardará en saber quién es ella. Dumont no creo que sea capaz de hacerlo. —dejé caer mis labios.
—¿Te estas vengando? —escupí.
—¡De qué hablas niña!
—¡Basta! Debemos hacerlo Feuerstein, no nos queda de otra. —se interpuso Tobías con decisión. Sostuve la mirada en Félix unos segundos más y salí de la habitación a pasos pesados.
—¿Lo haces para provocarme? —sentí unas fuertes manos tomar de mi cintura. Me giró hacia él con violencia. Trague saliva al tenerlo tan cerca y observar el coágulo de sangre que se le había hecho gracias a mi golpe—. ¡Contesta!
—Solo cumplo con mi deber. —desafié.
—Eres una inmadura. —negué con una expresión altanera.
—Si tengo que morir por salvar a mi Nación, lo haré, pero no dejaré que tú me digas que tengo que hacer —me solté de él—. Soy lo suficientemente mayor para tomar mis propias decisiones.
—Bien, haz lo que quieras.
—Bien. —sobé su mejilla sosteniendo una sonrisa falsa. Noté que se tensó y quitó mi mano de un manotazo.—No juegues conmigo, porque la que saldrá lastimada aquí eres tú.
—¿Piensas que te tengo miedo? —tomó de mi barbilla repentinamente.
—Yo solo te advertí, no puedes querer a dos hombres —lo empujé.
—De qué hablas.
—No puedes estar entre el bien y el mal, quiero que lo sepas —pasó por mi lado fulminándome con sus ojos. Me dejó desconcertada.
—Isla —di un respingo ante su voz pero no volteé—. ¿Estas bien?
—No quiero hablar. —sentí unas manos posarse sobre mis hombros. Aún seguía mirando la dirección donde Félix se había ido.
—No quiero que estés molesta conmigo, cometí errores y... —giré a Tobías.
—Está bien, en estos momentos tengo miles de cosas en la cabeza, si no te molesta, deseo irme —asintió fatigado.
—Claro. —me encaminé hacia mi cuarto y me apoyé sobre la puerta.
"No puedes estar entre el bien y el mal"
*
Ya estaba en mis últimos retoques. Me observé con atención en el espejo y me gustó lo que veía. Mi vestido n***o se deslizaba por mis piernas, tenía un escote discreto e insinuante a la vez. Mis labios se resaltan por el labial rojo carmesí y mi cabello recogido. Tomé mi pequeño bolso y salí de la habitación escuchando como los tacones golpeaban sobre los pisos de madera.
El timbre sonó, caminé hacia el salón y me detuve al percatar a Félix que se puso de pie el verme de pies a cabeza.
—Dime que no iras así. —murmuró con firmeza.
—Claro que si —aclaré tajante—. Ahora vete antes de que te vea Edward. —gruñó a lo bajo y caminó hacia el pasillo.
Simona abrió la puerta y Edward se hizo notar ante mí. Una oleada de perfume masculino llegó a mis fosas nasales.
—Vaya, te ves —tomó de mi mano y depositó un suave beso en ella—, hermosa.
—Tu también no estás nada mal. —Edward posó su mano en mi mejilla captando toda mi atención.
—Ahora nuestros mundos están igualados.
—¿Nos vamos? —esquivé el tema. Asintió divertido, entrelazó su mano con la mía y caminamos lentamente hacia la salida.
Sentía la mirada de Feuerstein a mis espaldas.