La taza de café se apoyó tan velozmente sobre el platito, como fue el giro que dio el cuerpo de Melisa cuando las campanas dulces de la puerta sonaron temprano en la entrada de ‘La Nueva Independencia’. Ella, desde su lugar de desayuno, alcanzó a ver que Leandro ingresaba buscándola con cierta desesperación, y de inmediato bajo de la banqueta y se dirigió a él, esta vez, sin aquellos cuidados de siempre. Él la vio acercarse y dio la sensación de que el mundo volvía a tener su forma original y su aroma natural. El resto del personal se dispersó como ratas amenazadas, y cada uno desde su sector, se dedicó, con todo el disimulo habido y por haber, a intentar descifrar algo de este nuevo encuentro entre ellos para la comidilla del mediodía.
— Sólo pasaba para saber cómo estabas — se adelantó Leandro sin dejar que los saludos cordiales de cada día abrieran sus diálogos.
— No debería haber venido — respondió con un dolor cortante Melisa y continuó: — Estoy hecha añicos — terminó por decir con un tono quebrado.
— Quisiera proponerte algo, si no es mucha molestia, por supuesto, si te parece y si no te oponés.
— Sí, decime Leandro.
— ¿Te agrada la idea de juntarnos a conversar para que me cuentes lo que sucedió y así poderte ayudar a hallar una solución?
— ¡Me encantaría!, lo necesito tanto… Y cuando lo expresó, Melisa pareció volver a sentir que ese aire, perdido desde la noche anterior, regresaba de nuevo a sus pulmones. Ella prosiguió: — Yo salgo a las ocho de la noche.
— Muy bien, Melisa, entonces a esa hora ya te estaré esperando en la estación como punto de encuentro fácil, ¿estás de acuerdo?
— Perfecto, Leandro — contestó Melisa adornada con un matiz distinto en su rostro y en su voz: — Salgo y voy a la estación.
Nicolasa dejó los bultos sobre el piso, secó su sudor después de la larga caminata desde el mercado hasta su casa, y abrió la puerta. Desparramó las bolsas sobre la mesa y fue derecho a poner la pava para los mates previos al almuerzo. Mientras el agua trabajaba, ella se dedicó a guardar con esa obsesión enferma que la caracterizaba, las compras que había realizado en su lugar correspondiente. Trajo su porongo, la bombilla nacarada y buscó las cascaritas de naranja disecadas y la yerba de bolsa. Apoyada contra el mármol de la cocina, mientras aguardaba que la pava dé su primer silbido, sus ojos se pusieron grandes como la luna y su mirada se perdió en algún punto de la mesa que tenía en frente. Odiaba con todas sus fuerzas entreverarse con su nieta, confrontarla, o tener estas disputas, porque sabía a la perfección que pasaría mucho tiempo hasta que Melisa se despoje de su bronca y vuelva a hablarla. Pensaba, en sus fueros más íntimos, que estas cuestiones de amores pasajeros, y de enamorados fugaces, y de relaciones en donde el corazón estaba en juego, llegarían algún día. Y más allá de no quererlo enfrentar, porque se trataba de su nieta amada, entendía que era un proceso lógico, un camino que Melisa tarde o temprano debía transitar. Pero de ahí, a ser cómplice y aceptar lo que su olfato le estaba secreteando al oído, había una brecha demasiado grande. Ella no sabía nada de Leandro, ni quién era, ni qué hacía, ni a qué se dedicaba, ni qué intenciones reales tenía para con Melisa, pero su condición de zorra astuta y de mujer de la vida, rara vez le jugaban una carta errada, y en su piel y en lo más profundo de su corazón, sabía que alrededor de esta estampa prolija de él, un aura negra y malintencionada comenzaba a sazonarse lentamente.
Dentro de su posesión en aquellos aspectos, alcanzó a sentir el primer pitido de la pava. Se desprendió raudamente de ese papel, giró su cuerpo y apagó la hornalla. Se cebó el primer mate y volvió a su estado anterior, pero esta vez, su mirada apuntó a la puerta de la habitación de Melisa, que se encontraba sobre la derecha del pasillo que unía la cocina y su habitación matrimonial. En el fondo del porongo la bombilla hizo su primer ruido avisando que se estaba acabando y Nicolasa abandonó el mate prácticamente de memoria sobre la mesada. Caminó con sus pasos lentos hacia la habitación de su nieta y se encontró con la puerta cerrada con llave. ‘Pendeja del demonio’, dijo entre dientes mientras intentó una vez abrirla creída de no haberle dado el impulso correspondiente. De nuevo lo hizo, pero esta vez, ayudada por la fuerza du su hombro derecho que echó sobre la puerta todo el peso de su cuerpo. Evidentemente, Melisa le había puesto llave a su puerta, sin contar con que su abuela — zorra de aquellas — alguna vez se hizo hacer una copia que tenía durmiendo en uno de los alhajeros dentro de su ropero viejo. Fue por ella. Allí estaba. La tomó y regresó hacia la habitación, y luego de las dos vueltas que le dieron la certeza de que la puerta ya estaba abierta, pegó un suspiro profundo e ingresó como si allí dentro, algo que ella sospechaba, o algo inesperado, la estuviera aguardando con sus brazos cruzados. Todo seguía exactamente igual, tal cual lo había dejado ella misma el día anterior. Melisa sólo se había transformado en una ‘estiradora’ de su cama, porque Nicolasa se encargaba, mientras su nieta trabajaba, de arreglarle todo para que ella se desembarazara de tener que llegar cansada y ponerse en el duro proceso de acomodar su habitación.
Buscó, hurgó, escarbó, fisgoneó y removió hasta que dio con algo que le sonó a señal, a indicio. Pero antes de meterse en el meollo de la cuestión, estudió concienzudamente el cuarto de su nieta para que ni8ngún detalle la dejara expuesta ante ella. Abrió el diario íntimo que halló en la parte derecha del fondo del cajón de la mesa de luz, debajo de unas pulseras que se mezclaban con unos pendientes, al lado de unas pinturas acomodadas minuciosamente por color, se grabó en su retina la foto de lo que vio y de cómo estaba acomodado, y se sentó sobre la cama a desglosar el diario de Melisa. Allí, su nieta, tenía escrito cada día de su vida desde que había arrancado el año hasta la noche anterior, acaso unas sesenta hojas donde Melisa se tomaba su tiempo para volcar en él sus horas vividas tal cual sucedieron. Nicolasa hizo un fugaz repaso y llegó a la última página, en donde se detuvo a leer sin encontrar nada que le diera alguna sospecha más de las que ella sola se había armado en su cabeza. Allí, con lágrimas sentidas que brotaban de sus ojos y que se desviaban en los surcos de su rostro para caer sobre su vestido, Nicolasa sintió que la llaga sangrante de su corazón se dilató un poco más cuando leyó el sentir de Melisa luego de la pelea acaecida la noche anterior. ¡Pobrecita, m’hijita!, dijo en un silencio audible al leer el relato y ponerse en la piel de su nieta. Una gota de su dolor impactó como una bomba sobre esa última hoja cuyo punto final se encontraba a mitad de la misma. La lágrima doliente pegó al lado de ese punto y esto trajo a Nicolasa de ese mundo de sufrimiento en el que había caído, haciendo que el traje que había dejado antes de sentarse a leer el diario, se pusiera de nuevo sobre su piel y regresara a su estado anterior. Cerró el diario oteando hacia sus costados como si fuera un ladrón en busca de su premio inmerecido, se levantó de la cama sin acordarse de sus dolores lumbares, abrió el cajón, observó todo, lo estudió y puso el libro exactamente en el mismo lugar de donde lo había sacado. Cerró el cajón de la mesita de luz con un cuidado extremo, como temiendo que los jilgueros o que los canarios naranjas, fueran a escuchar y a contarle a Melisa que su abuela era una vieja entrometida. Pero antes de tomar el picaporte para salir rápidamente de ese lugar y olvidar toda esta aventura invasiva y delirante, una voz que escuchó venir desde el fondo de su alma, le gritó desesperada y le dio un mensaje que sólo ella y su corazón parecieron oir. Su mano derecha no alcanzó a tocar la manija de la puerta y regresó con pasos mudos nuevamente hacia la mesa de luz. Una vez más se sentó sobre la cama que dos minutos antes había estirado para no dejar marcas, trajo para sí el cajoncito de algarrobo y tomó nuevamente el diario entre sus manos, sin antes percatarse de cómo estaban las cosas para no levantar sospechas. Hojeó con leve desesperación y de memoria, mientras su mirada se clavó en la puerta del cuarto, temerosa de ser descubierta hasta por Héctor, su marido. Llegó hasta aquella última página, en donde la lágrima seca dormía junto al punto final, y se preguntó en voz alta qué carajos la había hablado al oído para traerla de nuevo hasta esta cama. Continuó hojeando, y en el medio del diario, escondido en un rincón y puesto allí para que Melisa lo leyera cada noche, una frase terminó de estallar el corazón sangriento de Nicolasa: ‘Te amo, Leandro’.