Los nervios de Melisa, mezclados con una ansiedad desbordante, propios de una adolescente de su edad, la venían carcomiendo desde hacía unas horas, y a medida que el tiempo pasaba, y que el momento de cerrar el local se acercaba, sabiendo que de ahí se encontraría con Leandro, el ansia parecía hacerse un banquete con ella. ‘Controlate un poco, por favor’, le decía al pasar Emilia, conocedora de cada uno de los detalles de esta historia y sabedora de su encuentro inminente con aquel. ´ ¿Estás segura de lo vas a hacer?’, le decía su amiga mientras terminaban de acomodar las últimas cuestiones dentro de la empresa. Pero cualquier sugerencia o pregunta que Emilia le vertía, pasaban como balazos por los costados del cuerpo de Melisa. Ella oía, escuchaba y los mensajes le llegaban demasiado claros, pero prefería hacer oídos sordos y seguir a su corazón.
Melisa era la última en salir por su carácter de encargada del negocio, y era la que terminaba cerrando las puertas y portones, asegurando los candados y activando las alarmas. Horas atrás le había rogado a su amiga no ir juntas hasta la estación, y le pidió que una cuadra antes, ella tomara un desvío para no levantar sospechas en Leandro ni hacerlo sentir incómodo. Y así lo hicieron. En la calle de Los Chiapas, Emilia dobló y se fue perdiendo en la oscuridad que ya empezaba a teñir definitivamente la noche de Batar. Cien metros más adelante, sobre la vereda misma de la estación de trenes, el auto azul de Leandro aguardaba con sus luces de posición y su motor callado. Melisa esperó a que Emilia, después de casi una cuadra, ingresara en la otra que tenía una iluminación más importante para quedarse definitivamente tranquila. Una vez que perdió de vista a su amiga, respiró profundo, acomodó su largo pelo y se dirigió hacia donde Leandro se encontraba, oteando con constancia hacia sus lados e intentando que nadie se percatara de su presencia y de sus actos para que sus abuelos no sean la comidilla del día siguiente.
Leandro la vio a unos veinte metros y le abrió levemente la puerta. Luego dio marcha a su coche y esperó por el arribo de ella. Melisa advirtió esas maniobras de él, apuró su paso aprovechando el desierto momentáneo del centro de Batar, y se introdujo en el auto. Ni bien se sentó, soltó su bolso de mano sobre el piso, miró a Leandro como si frente a ella un Dios de otros mundos estuviera a su lado, y ambos se desarmaron en un beso interminable, un beso cargado de lujuria y adrenalina, un beso de una mujer extraordinaria y experimentada metida en el cuerpo de una niña de quince años apenas. Leandro la besaba sin prejuicios y sin culpas, sin medir nada, sin tener en cuenta la verdadera edad de Melisa, sin imaginar que, ante la posibilidad de que el pueblo se entere, el mundo se le vendría abajo inexorable e irremediablemente. Melisa lo comía con su boca envenenada, y la locura de aquel trepaba en su temperatura por no poder creer que una nena fuera a asaltarlo y a dominar la situación como ella lo estaba haciendo. Melisa metía sus manos por las solapas del saco de Leandro en un claro intento por quitarle el atuendo, un mensaje demasiado claro de desear sentirse mujer de una buena vez por todas. Leandro acariciaba sus pechos y los quejidos estremecedores de ella le crispaban el cerebro y lo sacaban de contexto, y Melisa tomaba una de sus manos y se la llevaba decidida a su intimidad que bramaba como el infierno mismo, y se hacía acariciar hasta sentir que su mano toda desaparecía dentro de su cuerpo pequeño.
Las luces de Batar se desperezaban de su descanso diurno y comenzaban a prepararse para afrontar su trabajo de iluminar festivaleramente las calles como cada noche. Leandro decidió desaparecer para que su coche archi conocido por el pueblo, no sea motivo de habladurías, no sólo por él y su reputación, sino, por la de Melisa, sumado a la locura que provocaría una relación de tamaña envergadura, demencial, prohibida y castigada por una población arraigada a creencias pasadas y hechas con otra filosofía, la filosofía de un pueblo.
‘La plaza enamorada’, fue el destino que Leandro decidió para anclar y quedarse con Melisa, solos, juntos, como seguramente lo desearon con fervor cada noche de todos estos días desde que se vieron las caras por primera vez. Allí continuaron su faena, esa locura de quererse internar en el otro para desgarrarse la piel y la carne y deglutirse tan lentamente como las horas fueran pasando. La plaza era un lugar inhóspito, sombrío, alejado del ruido y de las maravillas de Batar, una boca de lobo como los lugareños solían llamarlo. Melisa, como si el coche le perteneciera y lo conociera a la perfección, inclinó el asiento de Leandro y lo recostó decidida, desabrochó su cinturón y lo llevó a un viaje increíble, mientras él tomaba su cabello largo e intentaba atravesarle la garganta llevado por el placer extremo que ella — como una mujer de la vida — le estaba proporcionando. Luego se trepó sobre él y el éxtasis que inundó a Leandro, lo llevó a volar por aires inimaginables, y observaba a su Melisa endiablada sobre su cuerpo, como si un acto de exorcismo la hubiese invadido de repente y la tuviera descontrolada amando a ese hombre que, según su diario íntimo, ella amaba.
El conjuro pareció acabar y devolverle el alma pura y limpia a Melisa que, bajo un suspiro ronco y prolongado, se aventó como un trapo viejo sobre el asiento mientras elevaba eróticamente su cabello largo y estiraba sus brazos haciendo que sus pechos humedecidos por el placer, quedaran iluminados por la tenue luz de la luna que de a poco iba desapareciendo en unas gruesas nubes que anunciaban un chubasco inminente. Leandro permanecía incrédulo más que extasiado y satisfecho, y observaba a Melisa recostado a su lado, y la recorría entera, y volvía a acariciar aquellos pechos pequeños haciendo que en su leve dormitar un nuevo murmullo de amor brotara por su boca sedienta, y amaba a la mujer que se metió en el cuerpo de esa niña, y volvía a presionar pubis y volvía a sacar de Melisa otro quejido que atravesaba el techo del coche, y una vez más, la tenía sentada sobre él volcando toda esa pasión de tan sólo quince años.
Las primeras gotas gruesas que pegaban sin piedad sobre el parabrisas del auto los hizo reclinar y volver del ensueño. Ambos se vistieron con una vergüenza que no concordaba con los actos irrefrenables recientes y se quedaron recostados oyendo la sutil orquestación de la lluvia que caía sobre Batar.
— Te amo — dijo casi susurrante Melisa. Leandro la cogió aún más fuerte entre sus brazos y la estrechó sobre él. Melisa continuó: — ¿No te pasa lo mismo?
— Amor es una palabra muy grande para decirla de un día para otro con tanta liviandad, ¿no te parece?
— Pero yo siento eso: Amor.
— Yo creo que es otra cosa.
— ¿Qué?
— ¿Es la primera vez que tenés una relación con un hombre y que te entregás así?
— Me gustaron algunos chicos, pero lo que siento por vos, no lo había sentido jamás — respondió Melisa con sus ojos iluminados y siguió: — Y sí, es mi primera vez, nunca lo había hecho, ¿lo hice bien?
— Fue algo maravilloso — Melisa giró su cuerpo luego de una pausa corta, observó a Leandro mientras éste continuaba perdido en las gotas que bañaban su parabrisas y no pudo contenerse.
— ¿Y ahora?
— No te entiendo — dijo Leandro buscando entender el alcance de la pregunta de Melisa.
— ¿Te vas a divorciar de tu esposa y te vas a casar conmigo? — Un nuevo silencio, pero pesado y difícil de contrarrestar, se instaló en medio de los dos, mientras Melisa lo observaba y esperaba ansiosamente una respuesta y Leandro trataba de buscar un atajo a la pregunta infantil pero delicada de ella.
— Melisa, estas cosas no se resuelven de un segundo a otro. Además, el hecho de gustarnos y de desearnos, no implica que debamos casarnos. Yo tengo mi familia a la que amo —Esta vez Leandro se acomodó en su butaca y tomó el mando de la situación para que no se le vaya de las manos. Él siguió: — Yo te doblo la edad, Melisa. Tu vida recién está empezando y tenés mil cosas que aprender y mil lugares a donde caer antes de pensar en casarte con un hombre mucho mayor que vos sólo porque tuviste una hermosa noche de pasión.
— ¿O sea que esto ha sido tan sólo una revolcada, el deseo de sacarte las ganas con una pendeja y desaparecer sin dejar rastros?
— Yo no he dicho tal cosa, Melisa — contestó Leandro intentando mantener la calma y el equilibrio. Él prosiguió: — Deseo con todo mi corazón que sigamos teniendo noches como esta, pero no quiero que lo arruinemos con cuestiones que no tienen sentido.
— ¿Acaso no tiene sentido que desee casarme con vos porque te amo? — replicó Melisa.
— Es hermoso lo que decís y lo que sentís, pero debemos conocernos más para llegar a la conclusión de querernos casar. Además, no es tan fácil: yo debería hacer mil trámites y nos llevaría demasiado tiempo poder lograr algo así.
— Bueno, yo te espero — dijo Melisa y prosiguió: — Estoy dispuesta a todo por vos.