Desde que dobló en el callejón que la conducía unos trescientos metros más adelante hasta llegar a su casa, Melisa ya imaginaba a su abuela parada en la vereda como si fuese una estatua viviente. Y así fue. Y en la misma oscuridad reinante, pudo advertir la cara de perro y visualizar el sermón que se le vendría encima por llegar pasada la medianoche. Podría haber caminado la pendiente con la velocidad que, por lo general, la tomaba cuando cada noche arribaba a su hogar, pero al ver que su abuela, ya con esa postura militar que Melisa conocía a la perfección, su desgano y su parsimonia se hicieron evidentes y hasta se le cruzaba como un relámpago la idea de pegar la vuelta y desaparecer.
— ¡Lindas horas de llegar, eh! — Así la recibió Nicolasa a su nieta, con sus manos en jarra y surcándole el camino para que entre primera y cachetearle la cabeza desde atrás.
— No empecés, nona, ¿acaso tiene algo de malo que me tome un recreo con Emilia y me vaya a tomar algo por ahí?
— A tu edad, sí — replicó Nicolasa con un tono de voz que hizo eco contra las montañas de Batar. Ella siguió: — Pero, ¿quién te has creído que sos para pararte frente a mí y hablarme de esta manera?
— Yo no te estoy faltando el respeto, abuela — respondió calma Melisa y siguió: — Creo que tengo derecho a juntarme con mis amigas después de diez horas de trabajo arduo, y creo que no tenés derecho a tratarme así ni a prohibirme nada. Soy todo para ustedes, vivo para ustedes, me deslomo por ustedes y ¿ese es el premio? Te digo algo, abuela, yo no tuve la culpa de la muerte de mi madre y no te pedí que te responsabilices por mí, te lo agradezco con todo mi corazón y lo voy a hacer hasta que la muerte me lleve, pero haberte cargado al hombro el peso de mi crianza, no te da derecho a desconfiar ni a digitarme la vida a tu antojo. Ya lo hiciste con tus hermanos y con mi madre y bien no te fue, pero yo no lo voy a permitir, porque si bien aún tengo quince años y soy consciente de ello, no tengo ganas de que mi vida se haga en base a tus lineamientos. Si acierto o me equivoco, dejame por favor que sea yo quien elija por dónde ir y por dónde regresar — Melisa, lejos de ingresar a la casa cubriéndose de los manotazos de su abuela, como generalmente solía suceder, puso su cabeza en alto y, orgullosa, entró a su hogar. A las chuequeadas Nicolasa fue subiendo las escalinatas hasta que no tuvo más remedio que estirar su mano para que su nieta, que aguardaba por ella, la ayudara definitivamente a entrar. Melisa puso los cuatrocientos ganchos y las mil trabas en la puerta que su abuela había ideado para sentirse más segura, corrió una silla y, tomándola de los brazos, ayudó a Nicolasa a sentarse. ‘Hola, abuelo’, dijo Melisa acariciando levemente la cabeza de Héctor que permanecía en silencio sentado en una silla en la punta de la mesa, y se retiró a su habitación para desvestirse y tomar un baño reparador.
— ¿Qué me estás mirando, imbécil? — preguntó Nicolasa sobándose ambas piernas que se habían hinchado por permanecer tanto tiempo parada.
— Tiene toda la razón del mundo, Nico — dijo mirando sus manos Héctor sabedor de que cuestiones así podrían despertar en su esposa un concierto de insultos y desmanes imparables.
— ¿Qué razón? ¿de qué razón me hablás? ¿No te das cuenta acaso de que es una pendeja insolente que se ha olvidado de todos los modales que juntos le hemos enseñado, y que ahora me enfrenta como si fuese una mujer hecha y derecha y me dice un montón de palabras haciéndose la intelectual?
— Así sólo vas a lograr que te odie y que se aleje de vos — interfirió con esa calma que sólo Héctor tenía.
— ¡Qué mierda sabés vos! — respondió la nona presa de una indignación que ahora lo encerraba a su marido en la bolsa. Ella siguió: — Vos no tenés ni la más puta idea de lo que pasa porque vivís metido en esa cuadra de porquería que lo único que hace es descerebrarte cada día más, y después, cuando estás acá, o estás perdido en ese televisor de mierda o te echas como una marmota a dormir, mientras yo, ando como una pelotuda lidiando con todos los problemas que, para vos, son estupideces y locuras mías y que te hacen llenar la boca diciendo que esta mocosa de porquería tiene razón, así que, por favor, callate la boca, seguí con esa vida basura que tenés y no opines nunca más — Desde su posición, Héctor trató de hacer foco y advirtió que los dolores de piernas la estaban matando a su mujer. De inmediato corrió la silla, se levantó y fue a prepararle una palangana con agua caliente, vinagre de vino y un puñado grande de sal gruesa para que Nicolasa hunda sus pies y sienta un poco más de alivio.
— Imagino que ya has comido, ¿verdad? — le dijo Nicolasa a Melisa viendo que su nieta buscaba algo en la heladera.
— Sí, ya comí, gracias.
— Y sí — tiró al aire Nicolasa ingresando en un nuevo terremoto: — Sale por ahí, cena comida de restaurantes, se hace atender como creyendo que es la Susana Giménez, comerá postres gigantes y gastará lo que no tiene. Así es, así funciona. Se cansan de comer los guisos que con tanto esfuerzo sus abuelas les preparan, se cansan de sentarse en sillas cuyos tapizados están molidos a palos, se hartan de tomar agua en vasos de viejos borrachos…
— ¡Basta, abuela, basta, haceme el grandísimo favor! — Por primera vez, en sus quince años, Melisa perdía los estribos y se soltaba levantando el tono de voz frente a sus abuelos. Héctor permanecía quieto en su silla, con sus codos apoyados sobre la mesa y sus manos sosteniendo su boca para que sus palabras no broten de ella y sea aún peor el resultado de esta locura. Melisa continuó: — Me has hartado, abuela, con tus ideas retrógradas y tus comentarios fuera de lugar, invasivos y molestos, y con esa forma de ser que te caracteriza ¿No te das cuenta, acaso, que sos exasperante y que la gente aquí en Batar te tiene como la hija de puta más grande por ser como sos, que creés que todos están en tu contra, que pensás que todos se equivocan, que asegurás que el mundo entero conspira contra vos y que son todos y cada uno de los habitantes de Batar unas mierdas que no sirven para nada? ¿Hasta cuándo vas a seguir así? — Nicolasa permanecía agachada llevando y trayendo su mano por el agua de la palangana, muda, pero expectante, aguardando un último silencio largo para rematar con su veneno. Melisa decidió continuar: — Te voy a decir algo, abuela, si vos querés seguir caminando por las calles del pueblo sin que se te mueva un músculo por las habladurías de la gente, hacelo, ese será tu problema, pero no nos metas a mi abuelo, a mi hermano y a mí en tu saco de pudrición porque, al menos yo, no estoy en condiciones de seguir soportándolo — El espacio largo que Nicolasa necesitaba había tocado a su puerta. A su ritmo se levantó, se enderezó y le clavó la mirada a Melisa, una mirada sangrienta y dispuesta a todo.
— Esto es lo que hay, señorita — abrió y dio la sensación de que su furia iba a ir creciendo de a poco. Ella continuó: — ¿No te gusta, no estás conforme, te desagrada? Pues bien, ahí está tu libertad — dijo señalando la puerta con mil trabas.
— Nicolasa, por favor, mi amor… La vieja le clavó un cepo a su marido haciéndolo desistir de cualquier palabra que osara salir de su boca.
— Vos te callás, mudito, ¿me entendiste? — Se lo dijo tomando la cuchilla afilada que estaba sobre la mesada y que ella cogió para que su amenaza sea perfectamente entendida.
— Abuela, soltá eso, por favor — intervino Melisa queriendo acercarse a su nona, pero manteniéndose alerta.
— ¿Sabías que tu nietita del alma anda con la concha caliente? — le dijo Nicolasa a su esposo sin dejar de apuntarlo y siguió: — Y la nena es como vos: le gustan los viejos ¿Te acordás, Héctor, cuando todos se te reían porque te habías enamorado de una mujer diez años mayor que vos? Quien lo iba a creer, ¿no? ¿Quién iba a creer que esa mujer de la cual te enamoraste perdidamente te estaría apuntando con un cuchillo filoso hoy día?
— ¿De qué estás hablando, Nicolasa? ¿Qué es todo esto?
— Abuela, por favor…
— Vos reculá y no te metas en las conversaciones de los mayores — le dijo a Melisa inclinando su cuchillo hacia el rostro de la nena. Nicolasa siguió: — Tu nena del alma se ha enamorado de un hombre que puede ser su padre y no lo quiere reconocer, y te puedo asegurar que su salida con Emilia es una burda mentira, toda una treta para verse con ese hijo de mil putas que se está aprovechando de la calentura que tiene para cogérsela y tirarla por ahí, ¿o me vas a decir que no venís de encamarte con ese tipo?