LA NOTICIA PREVISIBLE

1618 Words
El invierno venía abriendo sus alas y encerrando en ellas todo lo que encontraba. Desde las montañas más altas hasta la totalidad de Batar todo parecía ser presa de un invierno crudo que recién atravesaba abril, y que amenazaba con ser más despiadado aún. Las calles brillaban por su manto blanco que se extendía sin límites, y la estación de trenes, y los árboles frondosos, y los comercios lujosos, y las bellezas naturales, habían sido blanco fácil de un clima extremo que tenía intenciones verdaderamente malas. Melisa no alcanzó a dejar colgado en el perchero sus pertenencias que ese ruido de campanas dulces sonó como cada mañana, a esa hora, detrás de sus espaldas. Y ella sabía que giraría su cuerpo y que una vez más encontraría a Leandro siendo como siempre el primer visitante del local, el primero en ingresar para llevar lo de siempre y para hacer lo de costumbre. Pero esta vez el tiempo entre ellos se redujo a un puñado de minutos. Don Ernesto, con su porte gigantesco y una gruesa carraspera mediante, se metió entre ellos, a pesar de estar a dos metros, y cortó la conversación pidiéndole amablemente a Melisa que se dirigiera a su oficina. ‘Disculpe, señor’, le dijo ella a Leandro, acomodó su uniforme, y se fue derecho hacia donde el dueño le solicitó. ‘Y a usted, mi amigo, no quiero volver a verlo por mi negocio, ¿me entendió?, dijo Ernesto en un tono muy bajo y con toda la paz del mundo, pero imponiendo su respeto con su metro noventa y seis. ‘Perdón, señor, ¿de qué se me acusa?, preguntó Leandro ofuscado por la decisión tomada. ‘Sólo retírese si no quiere más problemas de los que ya está teniendo’, concluyó el mandamás de la empresa y se retiró hacia su oficina en donde Melisa lo estaba aguardando. La puerta del despacho se abrió, y cuando se cerró, el ruido ambiente del local desapareció como por arte de magia, como si de pronto, todos los ruidos del mundo se hubiesen acallado luego de que la pestaña de la cerradura se hundiera en su refugio. Melisa siguió a su jefe en su lento caminar hasta que se desplomó en el gran sillón forrado de cuero n***o. Una vez ahí, y sin hacer foco en ella, Ernesto pegó un suspiro profundo y molesto, y se dedicó a realizarle al cigarro las últimas pitadas. — Te darás cuenta de que se me están complicando algunas cosas, ¿no? — abrió Ernesto sin preámbulos de por medio. — No sé a qué se refiere, Ernesto. — Melisa, te he tenido en brazos, te conozco igual o más que tus abuelos. Por favor, al menos hablemos con honestidad. — Está bien — respondió Melisa y continuó: — ¿Usted quiere honestidad? Bueno, déjeme ser absolutamente honesta y no por eso, irrespetuosa — Ernesto se acomodó y se dispuso a escuchar el descargo de ella: — Yo sé que mi abuela está detrás de todo esto más allá de las habladurías aquí en el local, habladurías que a usted lo han llevado a unirlas con las palabras de mi nona y pedirme hoy que me siente aquí frente a usted. También sé que Leandro está en el ojo de la tormenta y que mi abuela le debe haber hablado de él hombre como si se tratara del demonio mismo. Pero déjeme decirle, Ernesto, que todo lo que está sucediendo forma parte de las fantasías disparatadas de mi nona y de las lenguas bífidas de las chismosas que trabajan acá. Leandro es un hombre respetable y derecho, con una familia encantadora y padre de un hijo maravilloso. Ellos, amablemente, me invitaron a cenar a su casa en agradecimiento a mi forma de atención y a mi bien de persona, detalle que usted debería tener en cuenta y que engrandece a su local. — Y te lo agradezco profundamente, Melisa — agregó Ernesto sin moverse de su posición inicial. — Yo voy a aprovechar este momento para agradecerle todo lo que ha sido usted conmigo y con mis abuelos, y puedo asegurarle que jamás lo olvidaré y que ante lo más insignificante o lo más importante, usted me tendrá siempre a su disposición, no sólo por el eterno agradecimiento que tengo hacia usted, sino, por la persona honorable y respetuosa que usted es. Pero, así como le confieso esto, quisiera ser muy sincera y pedirle a usted, a mis abuelos y al personal, que respeten mi vida y mis decisiones. Yo no le hago mal a nadie, ni molesto a nadie. Cada cual tiene derecho a llevar su destino como mejor le parezca, y si bien yo soy recién una adolescente de quince años, que apenas está asomando sus narices a este mundo, sé perfectamente en donde está el bien y el mal, qué debo y qué no debo tocar y hacer. Les agradezco su preocupación, pero no me quiero sentir acechada y perseguida, ¿me explico, Don Ernesto? — Has sido demasiado clara y contundente, hija — respondió el jefe de Melisa clavado en su sillón y deslumbrado por las palabras, la seguridad y los conceptos vertidos por ella. Él siguió: — Yo no pretendo que tu vida se haga a mi imagen y semejanza, y tampoco estoy de acuerdo con que los padres obliguen a sus hijos que hagan lo que ellos quieran. En ese contexto estoy totalmente de acuerdo con vos. Lo único que deseo — y de paso dejame agradecer tu brutal honestidad — es que la vida te sonría lo que más pueda y te equivoques lo menos posible. Le he pedido a ese hombre que no ponga un pie nunca más por aquí. Yo no sé en qué andan ustedes y, en rigor de verdad, es un tema que no es de mi incumbencia, pero veo hacia el futuro y no quiero, a esta altura de mi vida, que algún problema ponga en el ojo de la tormenta a mi negocio. Los problemas de mis empleados deben ser cuestiones a resolver fuera de este ámbito, por eso mismo, es que quiero decirte que, si ustedes tienen deseos de hablar, de contarse cosas o de lo que ustedes tengan ganas de hacer, que sea bien lejos de acá. Hija, tu vida es tu vida, eso lo tengo muy claro, pero, así como sé que tu vida es tuya, mi negocio es mío, y entiendo la furia que te invade cuando alguien quiere entrar en tu vida y digitarla, porque lo mismo me pasaría con alguien que quiera hacer lo que sea dentro de lo que yo construí con tanto esfuerzo y dedicación y a lo cual estoy decidido a cuidar con cuerpo y alma. — Entiendo perfectamente, Ernesto, y sé a dónde apunta y cuál es la finalidad — respondió Melisa totalmente de acuerdo con la exposición de su jefe. Ella prosiguió. — Pierda cuidado que no volveré a traerle ni un solo problema más, y agradezco de todo corazón que me haya dado estos minutos para conversar sobre estas cosas que me ayudan a ser mejor persona cada día — Melisa estrechó la mano de Ernesto y él amablemente la acompañó hasta la puerta para que ella siguiera con sus tareas. Pero cuando él hizo el intento de girar el picaporte, Melisa se desplomó sin atenuantes sobre la humanidad de aquel, y de inmediato, un grito aterrador brotó de la boca de Ernesto pidiendo auxilio. La gran mayoría de los empleados se hicieron presentes, salvo algunos que quedaron espantados sin saber cómo reaccionar y otros que no tuvieron más chance que permanecer en el salón junto a los clientes que se hicieron eco de la situación. Como si fuese un calco de aquel fatídico día en que Nicolasa vio abrirse las puertas de la sala de operaciones y ver salir al doctor Ardiles para darle la nefasta noticia del deceso de su hija, así ocurrió cuando vio que el médico de turno abrió la puerta de la habitación en donde estaba internada Melisa y se dispuso a darle el parte de la situación. Héctor apretó fuerte la mano de su esposa y quedaron sentados en la banqueta del corredor esperando la filosa hoja sobre sus cuellos. — Señores — dijo el joven doctor y prosiguió: — ¿Me pueden seguir, por favor? — Los tres fueron caminando hasta el fondo de ese largo pasillo e ingresaron en el consultorio del médico. Él los invitó a sentarse y continuó: — Muy bien Nicolasa y Héctor — dijo haciendo zapatear sus dedos sobre la mesa: — Melisa ahora está descansando, pero no debemos asustarnos. Por lo poco que sé había tenido una larga charla con el jefe del lugar en donde trabaja y, aparentemente, esa conversación — con ribetes de tensión — le subió la presión y eso fue lo que, a primera vista, desencadenó su desmayo. Luego de una charla extensa que tuve con ella, en donde me llevó por toda la confrontación que tuvo con el jefe de su trabajo, decidimos con otros colegas, hacerle una serie de exámenes un poco más profundos para descartar otras cuestiones, y llegamos a un veredicto final. — Es un tumor, ¿verdad? — lanzó al aire y con desesperación Nicolasa mientras le tomaba con fuerza el brazo al médico. Ella no se pudo contener y siguió: — ¿Es un tumor cerebral? — y cuando lo dijo observó a su marido y completó: — ¡Te dije que lo heredaría, te lo dije hace años! — No, señora, no es ningún tumor — dijo el doctor y sentenció: — Melisa está de dos meses de embarazo.
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