LA LOCURA DE LEANDRO

1680 Words
Por una semana, Melisa se ausentó de su trabajo por prescripción médica, y a Nicolasa le vino como anillo al dedo esta indicación propuesta por su médico, para que la paliza fuera desapareciendo conforme lo iba haciendo su reposo obligado. Solamente unas leves marcas en la espalda y alguno que otro moretón en los brazos y en las piernas, como solía decir ella, fue el resultado del castigo que Nicolasa le propinó a su nieta ni bien llegaron a la casa el mismo día de su alta médica. Héctor era un cero a la izquierda. Su metro noventa y tres y sus ciento treinta y un kilogramos, no alcanzaban ni para ser el cruel asesino de una mosca. Nicolasa era una mujer de carácter, testaruda, con una vida sombría y un pasado que supo tomarla del cuello y llevarla por el camino que quiso, obstinada y orgullosa, creída de ser la verdad absoluta sobre la faz de la tierra y enemiga número uno de la existencia humana, una misántropa crónica dispuesta a exterminar al hombre si tuviera la autoridad para efectuarlo. Y Héctor lo sabía. Y así mismo se enamoró de una mujer trabajadora y luchadora como pocas, pero severamente desequilibrada y desquiciada, a la que no le faltaban excusas (y si no las tenía, las inventaba) para hacer de un grano de arena, una alucinante montaña con un cráter en su punta y millones de litros de lava dentro. Y ambos — marido y nieta — sabían perfectamente que, si osaban abrir la boca, sus vidas podían transformarse en un infierno, y Héctor sabía con total precisión que no eran burdas amenazas, que aquellas intimidaciones de Nicolasa, eran realidades que se concretarían en caso de no seguir sus mandatos. Y esta vez le tocó a Melisa. Tal vez la niña jamás se le ocurrió que los amagos salidos de la boca de su abuela, fueran a convertirse en esta verdad que la tenía tirada en la cama por partida doble. Y debía callarse. Debía llevarse a la tumba esta y cada una de las locuras que su abuela hacía o decía. Sólo Emilia era la gran sabedora de las demencias que partían de la cabeza descocada de Nicolasa, pero también estaba obligada a callar para siempre, porque si la vieja llegara a enterarse de que la mejor amiga de su nieta portaba ese tipo de información, el desastre podría ser más épico de lo que era. Después de siete días, Melisa regresó a su trabajo. Nadie notó nada. La gran mayoría de las marcas fueron desapareciendo y sólo algunos rasguños podían notarse teniendo todo el tiempo del mundo para sentarse y hacer foco en ellos. Más allá de esto, Melisa escapaba de los acercamientos con mucha cautela, e intentaba que, tanto sus clientes como sus propios compañeros, se manejaran a una distancia prudencial, al menos, hasta que las débiles magulladuras se fueran por completo. — ¿Y el bebé cómo está? — le preguntó Emilia en la hora del almuerzo. — Creería que bien — respondió Melisa mientras acariciaba su vientre. Ella continuó: — Intenté que me diera en cualquier parte del cuerpo menos en mi panza. — ¿Te parece si le pedimos permiso mañana a Don Ernesto y te acompaño al doctor para que te haga una revisión y así nos quedamos tranquilas? — le ofreció Emilia. — No, amiga, gracias. La idea es que esto no tome estado público y, menos que menos, quisiera que llegue a oídos de Ernesto. No quiero más problemas, estoy realmente cansada. Hoy hablaré con Leandro y veremos qué rumbo tomamos. — ¿Cómo creés que lo tomará? — preguntó Emilia. — Se va a poner re contento porque le encantan los niños. — Melisa, ¿vos creés, en verdad, que para Leandro esto va a ser una noticia que lo va a llenar de satisfacción y alegría? — Sí, ¿por qué lo dudás? — Sos una persona muy inteligente, Meli, y me extraña que me hagas esas preguntas — respondió algo alterada Emilia y siguió: — ¿Por qué no estás viendo el contexto general? ¿Qué es lo que te está nublando la visión? Yo entiendo todo lo que te pasa con él, pero a Leandro sólo le importás en la cama. — No es así, Emilia — frenó Melisa le exposición de su amiga y continuó: — Él me ama como yo lo amo a él. Nos amamos de verdad, Emilia. Está bien, él tiene su familia, pero está dispuesto a dejarla y comenzar conmigo una nueva vida. — ¿Eso te dijo? ¿Eso te prometió? — preguntó ofuscada Emilia. — No me lo dijo con esas palabras, pero a veces, no todo lo decís con palabras bonitas, a veces sólo un acto o una demostración alcanza y sobra para darte cuenta de todo — concluyó Melisa mientras lavaba sus platos y cubiertos. Pero decidió seguir un poco más: — Pensé que me apoyarías en lo que sea y sólo veo que estás tan negada como mi abuela. — Pero amiga… Melisa aventó el repasador contra la pared y la dejó a su amiga con la palabra en la boca, se internó en el salón, y hasta el cierre, no cruzaron ni las miradas. Pasadas las ocho de la noche, Melisa cerró las cortinas y activó las alarmas. Emilia esperó a que el resto del personal se retirara para intentar un acercamiento a melisa, pero ésta se disfrazó de una lápida helada y sin sentimientos y sólo le dijo: ‘Pensé que éramos amigas’. Sobre el callejón de Los Aromos, como desde hacía un tiempo ya, Leandro aguardaba por Melisa. Ella subió, sin antes percatarse de gente a su alrededor, y una vez que vio las calles vacías y las luces de las casas y los comercios apagadas, trepó al coche. Leandro enfiló para La Plaza Enamorada y allí permanecieron hasta cerca de la medianoche. — ¡Si supieras la alegría que me embarga en este momento! — dijo Leandro ni bien estacionó y apagó las luces del auto. Él siguió: — Desesperaba por saber algo de vos, y sólo Emilia me tiraba a cuenta gotas alguna novedad a la salida de su trabajo. Sé que han sido días duros de llevar, pero te veo bien, repuesta y con ganas de seguir. — Sí, gracias a Dios todo está bien — Melisa había decidido omitir definitivamente el suplicio que su abuela le había hecho vivir durante todo ese tiempo, y quiso administrar sus energías para lo que, ella creía, sería lo más importante a tratar. — ¿Estás bien? ¿Tenés deseos de que nos veamos esta noche? — preguntó Leandro no muy convencido de que Melisa quisiera estar con él. — Sí, mi amor, ¿cómo no voy a querer que estemos juntos? — contestó Melisa al tiempo que tomaba entre sus manos las de él. Ella continuó: — Tengo una noticia que te va a llenar de orgullo y alegría. — ¿Oh!, por favor, Meli, ¿de qué se trata? — preguntó con un júbilo casi rozando lo infantil Leandro. — ¿Estás preparado? — No, pero estoy listo para escuchar — contestó cerrando sus ojos, armado de una mueca feliz, y esperando el baldazo sobre su cabeza. — Estoy de dos meses — Melisa quedó enjaulada en un alborozo desbordante, tiesa, esperando la reacción de aquel. Leandro, por su parte, devino su actitud y pareció sacarse una máscara que tenía puesta para sonreírle constantemente a ella y quedar con un gesto más parecido a la mierda que otra cosa. A Melisa, lenta y progresivamente, se le fue yendo del rostro ese encanto que lo había poblado minutos atrás. Leandro ingresó en una postura oscura y dura, haciendo que su respiración comience a sentirse como un motor descompuesto dentro del coche. — ¿De qué carajos estás hablando? — preguntó llevado por una erupción inminente. — ¿Qué sucede, Leandro? No me gusta que me mires así y menos que me hables de esta manera — dijo Melisa, mientras, inconsciente o conscientemente, su mano buscaba dar con la manija interior de la puerta. — ¿Acaso no tenés noción de lo que estás diciendo, Melisa? ¿Acaso no dimensionás nada? ¿Qué creés, que traer un hijo al mundo es como comprarse una linda cadena de oro? ¿Acaso no te das cuenta, perra puta, del quilombo en qué nos podemos meter? — Las palabras y los insultos de Leandro incrustaron a Melisa dentro de la puerta del auto. Ella quedó empotrada y llena de miedos luego de la exposición breve pero infernal de un Leandro que parecía haber sido invadido por mil demonios. Él se quedó adherido al volante del coche con sus ojos clavados en algún punto lejano, ideando una estrategia, pensando un insulto más, o planificando cómo escapar de este tormento. — No quiero que te pongas de esta forma — dijo Melisa desde su lugar de terror y siguió: — Leandro, ¿estás bien? Contestame, por favor. — Sí, Melisa, estoy bien, perdoname — Leandro se fue soltando lentamente del volante que parecía ser lo único que lo sostenía y siguió enmarcado en una sonrisa leve que aparentaba tenerlo en calma y haberlo hecho entrar en alguna razón. Él siguió: — Todo va a estar bien, amor, no nos hagamos problema — dijo mientras una caricia en el pelo de Melisa le daba la tranquilidad que ella buscaba. Leandro prosiguió: — Ya veremos cuál es la solución, no nos desesperemos, y te pido disculpas si perdí los estribos y si te levanté la voz. — Está bien, amor, no hay ningún problema, te entiendo, dijo Melisa mientras se soltaba de sus lianas y se aferraba al amor de su vida. — Te propongo algo, ¿te parece? — ofreció amablemente Leandro. — Proponeme lo que quieras, mi vida — dijo Melisa con una ternura inusitada. — Vamos a otra parte a charlar más tranquilos — ofertó Leandro con una calma alarmante y siguió: — Conozco el lugar perfecto.
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