LA DESAPARICIÓN DE MELISA

1587 Words
Nicolasa levantó la cabeza de la mesa como si una voz le hubiese ordenado hacerlo. Perdida en tiempo y espacio, giró tantas veces su cuerpo, hasta que dio con el reloj que tenía a sus espaldas, parado sobre la tapa que cubría la azucarera. No podía encontrarle la vuelta a la vida, porque creía todavía que el atardecer no se había ido y que el condenado reloj estaba marcando las tres de la mañana, o tal vez pensó que eran las tres, pero del otro día, y que se la había pasado durmiendo más de veinticuatro horas sin que nadie se percatara de su presencia tirada como un trapo viejo sobre la mesa. Como era su costumbre lanzó los peores insultos al aire y otra artillería pesada en contra de su marido por no haber tenido la delicadeza de, aunque más no sea, saludarla antes de irse a su mugroso trabajo o, al menos, ayudarla a acostarse en una cama como correspondía y no dejarla a su suerte arriba de la mesa. Se sacudió como los perros, arregló un poco los trapos que la cubrían y empezó con las maniobras que la pondrían de pie definitivamente. Hizo el intento de tomar las llaves, abrir la puerta y salir, pero desde adentro podía sentirse el frío que reinaba en Batar a esa hora, un frío otoñal que se asemejaba a un crudo invierno de ciudad. Puso la pava para un café y se dirigió a la ventana, y allí se quedó hasta que el recipiente abollado y herrumbrado, pegó el primer silbido. Mientras iba a apagar la hornalla vio de reojo el reloj: 3: 31. De golpe tuvo una corazonada y, a las chuequeadas, llegó hasta su habitación, sacó la llave gemela de la puerta de la habitación de Melisa y entró a riesgo de hallarla dormida y de tener que enredarse de nuevo con su nieta. Pero Melisa no se encontraba en su cama. Más allá de haber hecho sólo dos pasos cuando ingresó al cuarto de la nena, se cercioró de no haber rozado nada ni de haber movido algo, dio la vuelta y con sumo cuidado, cerró la puerta con llave y dejó la copia en su alhajero. En la cocina la pava chillaba como si le estuviesen apretando el cuello. Nicolasa apagó la hornalla, preparó su café (hacía más de diez años que no tomaba uno), y se quedó desvelada por completo a esperar a su nieta que, siendo casi las cuatro de la mañana, no daba señales de vida. No sintió el canto del gallo, pero sí, el estruendoso sonido del teléfono situado en el living de la casa. ‘Ya va, ya va’, decía mientras, como podía, se dirigía hacia el aparato murmurando ‘esa debe ser esta pendeja del demonio’. — ¿A vos te parece a la hora que estás molestando? — se despachó Nicolasa ni bien tomó el tubo. — ¿Nicolasa? — se sintió del otro lado. — ¿Quién habla? — preguntó la vieja intentando darle forma a su existencia. — Nicolasa, soy yo, Ernesto, ¿estás bien? — Ernesto…Ernesto… ¡Ah, sí!, ¿Ernesto? — dijo tomándose la cabeza a modo de auto insulto. — ¿Estás bien, Nico? — Sí, Ernesto, pero, ¿qué sucede? ¿por qué me estás llamando a estas horas? — preguntó ciertamente perdida la vieja. — Te pido disculpas, antes que nada, Nicolasa, pero quería preguntarte qué había sucedido con Melisa que no se ha presentado hoy a trabajar — preguntó con preocupación el jefe de la nena y continuó: — Pensé que tal vez se había agravado lo de su condición y preferí llamarte para quedarme tranquilo — Nicolasa, desde su posición, meneaba su cuerpo y su cabeza buscando hallar indicios de existencia humana sin obtener resultados. — ¿Me das un minuto, Ernesto? — Nicolasa apoyó el tubo del aparato sobre la estantería que sostenía al teléfono y se dirigió al cuarto de Melisa. No fue al suyo a buscar la llave gemela, sólo se detuvo frente a la puerta de la habitación de su nieta y preguntó, ‘Melisa, ¿estás bien?’. Nadie respondía, y era extraño porque Melisa era muy responsable con su trabajo, y en el tiempo que llevaba en la empresa de Ernesto, no había tenido ausencias. Nicolasa volvió a insistir, pero tampoco obtuvo nada. Regresó preocupada al living, tomó el teléfono y Ernesto permanecía en espera. — Ernesto, creo que Melisa no vino a dormir anoche, yo me quedé dormida y no advertí si había llegado o no, pero ahora me llegué hasta su habitación, y no hay señales de ella. — Tranquila, Nico, seguramente se fue con Emilia porque tampoco ella ha llegado, y siempre suelen llegar juntas. — Haceme una gauchada, Ernesto: apenas llegue decile que me llame así me quedo tranquila, ¿podrás? — Descuidá, Nicolasa, apenas esté aquí le digo que te llame — dijo Ernesto dándole un poco de aire fresco a Nicolasa y continuó: — Andá a descansar, yo me hago cargo. El majestuoso sonido de las campanillas que alertaban a los empleados en ‘La nueva Independencia’, sonó pasado el mediodía y desequilibró la tranquilidad que por esas horas reinaba en el local. Nicolasa ingresó y, antes de saludar, su mirada se detuvo a tratar de hallar a su nieta en medio de todos los empleados. No la halló. Pero tampoco se cruzó con Emilia y eso, en algún punto, le daba una vida más. Las adorables campanillas volvieron a sonar. Ernesto era el que ingresaba con un gesto de preocupación que hizo trepidar el corazón de Nicolasa. ‘Vamos a mi oficina’, dijo Ernesto tomando del brazo a la vieja y conduciéndola hacia el despacho. — ¿Desayunaste? — preguntó el capataz — Nicolasa respondió con un ‘no’ que salió de su cabeza. Ernesto continuó: — Traeme dos desayunos, por favor — Ernesto colgó el teléfono y esta vez su postura se tornó rígida y preocupante, — ¿Qué está sucediendo, Ernesto? — preguntó Nicolasa como si imaginara que alguien especial entraría por esa puerta. — Vengo de la casa de Emilia, y ella está en cama con severos vómitos y diarreas — explicó Ernesto mientras intentaba despojarse del jadeo que todavía traía desde afuera. Él siguió: — Melisa no se quedó a dormir con ella. — ¿Entonces? — preguntó descolocada Nicolasa tomada de los posa brazos del sillón, como esperando una respuesta para levantarse y salir en busca de su nieta. — Entonces nada, Nicolasa — dijo Ernesto buscando descontracturarse en su butaca y prosiguió: — Tendremos que sentarnos a pensar en dónde puede estar y actuar en consecuencia. — ¿Y no le preguntaste a Emilia qué hicieron cuando salieron anoche de aquí, o a dónde fueron? — Sí, lo hice, pero Emilia no sabe nada. Sin perder un solo minuto, Nicolasa y Héctor, tomaron las riendas del asunto y dieron parte a la policía de Batar a cerca de la ausencia de Melisa, pero desde el destacamento le informaron que debían tener paciencia y aguardar las primeras setenta y dos horas antes de comenzar una investigación, cuestión que enfureció a Nicolasa y la llevó a cargarse al hombro el trabajo de recabar información por sus propios medios hasta que esas horas pasaran. Y evidentemente, el primer sitio al que Nicolasa se dirigió, fue la casa de Leandro. Allí, Elcira los atendió amablemente y los hizo pasar sin tener la más mínima noción de lo que estaba ocurriendo. — Señora — abrió delicadamente Nicolasa y prosiguió: — Mi nieta lleva casi dos días ausentada del hogar, no sabemos a dónde está y las pocas personas que estuvieron con ella ese día — que son sus compañeras de trabajo — no saben darnos información precisa de un paradero de Melisa. — ¡Oh, por Dios, ¡Cuánto lo siento, señora! — dijo abrumada notoriamente la esposa de Leandro. Ella siguió: — Dígame, ¿en qué podemos ser útiles? Usted sabe cuánto estimamos a Melisa en esta casa. — Mire, Elcira, yo debo reconocer que soy una mujer muy especial y difícil de llevar, y aprovecho este momento para pedirles sinceras disculpas por mi comportamiento de aquella vez cuando invitaron tan gentilmente a mi nieta a compartir la mesa con ustedes. — Nicolasa, no tiene que pedir disculpas — dijo sensiblemente Elcira y continuó: — Nosotros entendemos muy bien, a pesar de no haberlo vivido todavía, cómo es el amor de un abuelo. Es algo inexplicable, mágico, y comprendimos aquella vez su preocupación y su indignación. — Gracias, Elcira. Pero déjeme decirle que, más allá de la disculpa real que le pedí, hay un tema que me tiene mucho más preocupada aún. — Dígame, Nicolasa, ¿de qué se trata? — preguntó Elcira acomodándose en su sillón. — Al principio le comenté que debo reconocer que no soy una persona fácil de llevar, tengo mi carácter y mi personalidad, y a estas alturas de mi vida, difícilmente los vaya a modificar. Pero siempre, toda mi vida, me caractericé por tener un olfato felino, y desde que Melisa me habló de su esposo, hace un tiempo ya, cuando se conocieron en el trabajo de ella, algo recorrió mi cuerpo y se instaló en el centro de mi corazón y hasta el día de hoy no deja de perseguirme y de inquietarme. — Nicolasa, le juro que quisiera comprenderla, pero no sé de qué me está hablando — preguntó intranquila Elcira.
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