— Bien, voy a tratar de ser más clara, señora — dijo Nicolasa mientras Héctor permanecía como un muñeco a su lado. Ella decidió continuar: — A partir de ese día en que se conocieron, Leandro no ha dejado de visitarla periódicamente a mi nieta. Él es el primero en ingresar al local ni bien abren las puertas al público, hace sus compras y se queda un tiempo importante charlando con ella, cuestión que provocó que, Don Ernesto, el dueño del comercio, le pidiera encarecidamente que no pisara más por allí. No lo hizo basándose en nada, ni inculpándolo de nada, sólo lo hizo — aclarándole que si tenían deseos de hablar que lo hicieran fuera del horario laboral — con el fin único de resguardar su buen nombre para no darle de comer a las lenguas venenosas del pueblo ni le trajera algún minúsculo problema a futuro.
— Entiendo perfectamente lo que usted me está comentando, Nicolasa — contestó Elcira con su ceño distorsionado. Ella siguió: — Leandro me comentó ese incidente, pero me dijo que nunca entendió el motivo que tuvo el jefe de su nieta para solicitarle algo semejante. Lo que sí no sabía era que entablaban conversaciones cada vez que él asistía a ese lugar. Ahora, señora, ¿a qué conclusión la lleva todo esto que usted me está diciendo?
— Tiempo después de que ellos iniciaron esta ‘relación’, por decirlo de algún modo, esa corazonada que me zapatea todo el tiempo en la cabeza, me llevó a buscar la llave gemela de la habitación de mi nieta. Yo tenía esa presunción gigantesca de saber que algo encontraría. Busqué por todos los rincones y una frustración me asaltó sobremanera porque no hallé absolutamente nada. Estuve a punto de retirarme, pero algo dentro de mí me dijo que no había buscado bien. Cerré la puerta nuevamente y mis presentimientos me condujeron una vez más a revisar el diario de Melisa. Ya lo había hojeado, pero una mano invisible me empujó a pasar las hojas y encontré en el medio del diario una frase que decía ‘te amo Leandro’.
— Bien, Nicolasa, pero eso no lo hace culpable a mi esposo ni del enamoramiento de su nieta ni de su desaparición— dijo asertivamente Elcira y prosiguió: — Nicolasa, los adolescentes tienen estas cosas, nosotras lo fuimos. Yo también me enamoré de mi profesor de lengua cuando tenía dieciséis años e imagino que usted también debe haber tenido su amor platónico en esa edad. Mi esposo es una persona honorable y carismática, y tal vez esa condición de él y las charlas esporádicas, le hayan creado a Melisa un mundo de fantasías en donde se instaló decididamente. Leandro se llenaba la boca cada vez que nos sentábamos a comer y hablábamos de la corrección con la que Melisa se manejaba, lo respetuosa que era y la calidad humana que tenía, por eso me parece que si bien, y no soy quién para ponerlo en tela de juicio, usted es una persona muy arraigada a sus presagios, creo que, en esta ocasión, y con ese dato débil que usted me acaba der dar, nada conecta a Leandro con el corazón de la nena y, menos aún, con esta ausencia.
— Es probable que esté en lo cierto, señora, pero cuando a mí las manos me arden como si el infierno viviera dentro mío, es un augurio no muy positivo. Tal vez, por su condición de profesional y por haber tenido estudios y personas que la llevaron por otros caminos, no crea en estas cosas, pero mi vida ha sido signada por los presentimientos, los cuales, me han dado la razón en un altísimo porcentaje.
— Señora, no digo que sus corazonadas sean una fantasía. Yo no las tengo y sé de mucha gente que sus intuiciones son verdaderamente increíbles. Sólo me parece que en esta ocasión deberíamos intentar aclarar este asunto desde otras vías. Si usted quiere yo puedo ofrecerle el teléfono del estudio de nuestro abogado que es una maravilla como profesional, y si gusta, puedo colaborar en lo que sea para que pronto podamos dar con el paradero de Melisa.
— No sabe, Elcira, cuánto se lo agradecemos — dijo Nicolasa tomando cálidamente las manos de elle. Nicolasa siguió: — La policía nos pidió que esperemos setenta y dos horas, pero usted comprenderá que no podemos sentarnos a mirar televisión y esperar ese tiempo mientras mi nieta anda vaya a saber por dónde.
— Entiendo a la perfección su punto — dijo transmitiendo calma Elcira y siguió: — hagamos las cosas como corresponden, vayamos por los caminos que nos indican y sigamos al pie de la letra las recomendaciones de aquellos que saben más que nosotros y que, seguramente, se pondrán de inmediato al servicio de ustedes.
La búsqueda de Melisa comenzó en tiempo y forma, justo después de ese tiempo precisado legalmente. Los abuelos, por sus condiciones físicas y sus edades, fueron apartados de la búsqueda y contenidos profesionalmente, dispuestos a aguardar en la casa y a recibir diariamente las novedades que el cuerpo especial iba recabando. Las semanas de intenso rastrillaje se convirtieron en amargos meses, que devinieron en un año y medio de búsqueda, las cuales, no arrojaron resultados ni estuvieron cerca de ser lo que los investigadores deseaban. Luego de dieciocho meses de exploración, indagaciones e investigación fuerte y persuasiva, los expertos decidieron congelar el caso al no hallar una sola prueba, un solo indicio del paradero de Melisa, la cual, parecía haber sido tragada por la tierra. No hubo rastros, ni vestigios, ni señales al menos confusas que le dieran pistas más o menos certeras a los profesionales y que los condujeran a una hipótesis. Melisa había desaparecido de una forma misteriosa que ni si quiera los entendidos podían explicarse. Todas las averiguaciones cayeron en sacos sin fondo, todas las investigaciones resultaron ser en vano y todos los testimonios despistaron alarmantemente a los profesionales. Nicolasa y Héctor, después de setenta y dos semanas de suplicio y de lágrimas interminables, se quebraron ante la realidad que se les presentaba ante sus ojos que les decía que no había señales de su nieta y que los esfuerzos se habían acabado. Todos colaboraron dentro de sus posibilidades: Ernesto poniéndose al hombro los gastos de la investigación, Elcira aportando su abogado, Emilia junto a Leandro ayudando al resto de sus compañeros en el rastrillaje luego del horario laboral, y un puñado grande de personas del pueblo que adoraban a Melisa y tenían un concepto intachable hacia ella. Nada sirvió, nada fue de utilidad. Las horas eternas y las madrugadas interminables de búsqueda incesante terminaron tiradas en la basura, las plegarias y las voces alzadas de los vecinos, acabaron en el fuego del olvido, y los rezos y pedidos de los abuelos hacia su Dios de toda la vida, para que hiciera un milagro y le devolviera a su nieta, murieron sin atenuantes dentro de sus corazones heridos.
A pesar de la tormenta desastrosa que había empezado a castigar a Batar desde que el atardecer abrió sus alas, Leandro decidió dejar el auto en el ingreso mismo del garaje por las dudas su esposa necesitara salir urgentemente. Caminó por el borde de la casa que estaba cubierta por un alero a lo largo de la misma y entró con parte de sus prendas mojadas. Adentro, sentados en el living, Elcira y Ariel, parecían estar aguardando por la llegada de Leandro, bajo unas posturas rígidas, dándole a él la presunción de que algo no estaba en su lugar.
— ¡Que caras largas!, ¿eh? — dijo Leandro mientras dejaba sobre la mesa tres merengues que adquirió antes del cierre en ‘La nueva Independencia’.
— ¿Podrás sentarte aquí con nosotros? — pidió Elcira dentro de una amabilidad que sólo le duró esos segundos.
— ¿Qué macana te mandaste hoy, enano de porquería? — preguntó Leandro sacudiendo los pelos revueltos de Ariel.
— No, Leandro — interfirió su esposa y siguió: — Creo que la macana te la mandaste vos — concluyó.
— No entiendo nada ¿De qué estás hablando? — Luego de hacer la pregunta Leandro dirigió su mirada hacia donde su hijo estaba sentado al borde de estallar en lágrimas. Pero de repente depuso su actitud y regreso hacia donde su esposa se encontraba.
— Hoy, Ariel, como nunca, fue a despertarme temprano, ni bien arrancaste tu auto. Me dio gusto verlo ahí conmigo, pero me di cuenta de que algo no estaba bien en él. Me senté en la cama, le pregunté si se sentía mal o si le dolía algo y me contestó, bajo lágrimas, que necesitaba contarme algo que tenía guardado desde hace mucho.
— ¿Qué es, hijo? ¿qué te está sucediendo, campeón? — se descomprimió Leandro y se arrodilló frente a Ariel buscando consolarlo en esta situación particular.
— Le sucede, Leandro, que es un niño inocente, y que, por esa condición, hay cosas con las que no puede lidiar.
— Sigo sin entender — agregó de nuevo mientras acariciaba la pierna de su hijo.
— Tranquilo — dijo Elcira: — La idea es que lo entendamos todos porque lo que tengo para decirte es muy delicado.
— Te escucho, amor.
— Ariel no ha aguantado más y llegó hasta este día tratando de callar, pero su inocencia, su ingenuidad y su condición de niño, lo han llenado de culpas y le han dado en la cabeza hasta hacerlo confesar. Él me contó, con una precisión alarmante, que Joaquín, su íntimo amigo, escuchó a Manuel tener una conversación con Teresa, y que en esa charla Manuel le contó a Teresa que una noche pasó por la Plaza Enamorada, se detuvo con su actual pareja, y te vio besándote apasionadamente con Melisa.