¿A DÓNDE ESTÁ ARIEL?

1654 Words
— ¿De qué diablos están hablando? ¿Qué significa todo esto? — dijo Leandro ingresando en su clásico terreno de furia. — Te voy a pedir encarecidamente que te calmes para poder hablar y tratar de desmenuzar todo esto, ¿puede ser? — preguntó Elcira bajo ese deambular calmo pero firme que tenía. — Perdón, amor, pero hay cosas que me enfadan de veras. — ¿Cuál sería la finalidad de Manuel de soltarse con algo tan delicado como eso sin tener una certeza absoluta de sus dichos? — No lo sé, no sé qué responder ante esa pregunta — dijo Leandro mientras caminaba nervioso por el living. Él siguió: — Tal vez le pareció que era yo, quizás me confundió. Sabés perfectamente que ese lugar es una boca de lobo, que no se distinguen ni las estrellas, entonces, ¿cómo puede asegurar Manuel que era yo el que estaba esa noche con Melisa? — Joaquín escuchó que, además de esa noche, hubo muchas otras en que Manuel te vio en ese lugar. Después de la confesión de tu hijo yo me puse a pensar en aquellos altercados que tuvimos hace cuatro años cuando en varias oportunidades discutimos acaloradamente por la hora en que llegabas, ¿te acordás? Fueron muchas veces, eran reiteradas, y hasta llegaste a decirme que me pudra en el infierno y que te tenía cansado por vivir desconfiando de vos ¿No es demasiada casualidad, Leandro? ¿Por qué Manuel le contaría algo así a mi amiga? Yo creo que Manuel, al igual que Ariel, no pudieron más con sus secretos guardados y necesitaron hablar. — Yo no pienso igual que vos, Elcira — respondió Leandro entrando en una calma que le resultó extraña a una mujer perspicaz e intuitiva como lo era su esposa. Él siguió: — Que a Manuel le haya parecido verme, una vez o las veces que él diga, y que tu hijo te haya confesado algo que lo estaba atormentando desde hacía cuatro años, y que, en definitiva, le termines creyendo a un pendejo irreverente como Joaquín, que vaya a saber que carajos escuchó detrás de las puertas, no es algo que me inculpe ni que me ponga la cabeza bajo la guillotina. Son sólo habladurías de gente que no tiene otra cosa que hacer que llenarse la boca de uno por ser un tipo exitoso. A mí me venís con pruebas contundentes, de otro modo, esta conversación se terminó acá. El fin de semana el sol prometió seguir burbujeante como lo había estado todos esos días, y Leandro le propuso a Ariel pasar un momento juntos, un sábado de padre e hijo como hacía mucho tiempo no tenían, aprovechando que Elcira continuaba desde el miércoles en Cañada López visitando a su madre. Prepararon todo: sándwiches de mortadela y queso, vasos, servilletas, jugos, y hasta un mantel floreado, para tener una especie de picnic aprovechando que el día se prestaba para una aventura de esa envergadura. Pusieron todo en la parte trasera del auto, cargaron la cámara de fotos, sus pantalones floreados y sus remeras coloridas, y tomaron la ruta que estaba en la otra punta de Batar. A pocos metros se detuvieron y, mientras el empleado de la estación de servicio llenaba el tanque con combustible, los dos se dirigieron hasta la expendedora de hielo y compraron una bolsa grande para guardarla en la conservadora y así mantener las bebidas frescas. Con sus clásicos juegos de manos y una alegría desbordante, cruzaron sus cinturones, corroboraron que nada les faltar, y se lanzaron a disfrutar de esas aventuras que extrañaban entre ellos, andanzas y hazañas que tuvieron su pausa empañadas por los acontecimientos de los últimos días. — Papá, ¿a dónde me vas a llevar? — preguntó Ariel con una euforia desbordante, contento en demasía por volver a disfrutar de estas actividades con su padre. — Conozco el lugar perfecto. La policía de Batar y Elcira llegaron al mismo tiempo a la casa de Leandro alertados por éste y su desesperado llamado anunciando que Ariel había desaparecido repentinamente. Elcira bajó con el coche casi en movimiento y, sorteando la autoridad policial, entró como una ráfaga para encontrarse con su marido y anoticiarse del incidente que acababa de ocurrir. — Señora, ¡por favor!, dijo uno de los uniformados intentando que Elcira respetara los pasos a seguir. — Soy la madre, él, mi marido y, ésta, mi casa — dijo con firmeza y personalidad y siguió: — Así que le voy a rogar que me permita contener por unos instantes a mi marido, después, hagan lo que ustedes deban hacer — Leandro estaba tirado sobre el piso de la cocina como si fuese un trapo viejo y sucio que alguien, por asco supremo, aventó ahí. Elcira tuvo paciencia y esperó el tiempo que debía esperar hasta ver una recuperación en él. Después de algunos minutos Leandro decidió calmarse, llegando a la conclusión que lo mejor y lo más apropiado, era ponerles el pecho a las balas y salir presuroso a dar batalla. — Temprano preparamos todo — abrió lento Leandro bajo una voz quebrada y continuó: — Habíamos ideado una especie de picnic para pasar el día juntos aprovechando que vos te habías ido a Cañada López. Quería volver a vivir aquellos lindos momentos que solíamos vivir y que se fueron perdiendo. La pasamos de maravilla, Elcira, disfrutamos, comimos, bebimos, cantamos, jugamos al fútbol… Y cuando vimos que el sol empezaba a esconderse, levantamos todo y nos vinimos a casa. Llegamos. Nos preparamos para comenzar a sacar todo del auto y él me pidió hacerlo sólo, sugiriéndome previamente que fuera a darme un baño mientras él lo hacía. Los dos lo conocemos bien a Ariel, y él siempre tuvo ese costado afable y servicial cuando de reanudar relaciones se trataba. Bien, eso hice: me quité la ropa y me fui a dar un baño reponedor porque estas salidas te liquidan. Salí, me vestí y cuando fui hasta la heladera a servirme un vaso de agua, me llamó poderosamente la atención ver el auto con las cinco puertas abiertas y a Ariel ausente en toda esa escena. Dejé el vaso sobre la mesada, salí hasta el porche y lo llamé pensando que podía andar por el patio trasero. Nada. Ahí empecé a buscarlo. Lo primero que hice fue fijarme en el auto, tal vez se había quedado dormido dentro del coche después de un día agitado. Pero ahí no estaba. Sólo había metido a la casa algunas cosas y el resto quedaron todas dentro del vehículo. Y cuando me fui hasta la calle para ver si no andaba por ahí, vi, al pasar, que la traba del portón no estaba como yo la había dejado cuando ingresamos. Ahí descubrí que algo raro estaba sucediendo y entré definitivamente en pánico. Llamé de inmediato a la policía y me dijeron que en diez minutos estarían por acá. Llamé a lo de tu madre y me dijo que hacía rato habías salido y que de seguro ya estarías llegando — Leandro se tomaba la cabeza con sus dos manos y su rostro desfigurado era una postal angustiante tirado sobre el suelo de la cocina. — Señora, por favor, le voy a tener que pedir que despejemos el lugar para poder trabajar — dijo respetuosamente el oficial mientras tomaba la mano de Elcira y la ayudaba a ponerse de pie. El oficial también colaboró con Leandro y, entre él y su esposa, lo sentaron más cómodamente en una de las sillas mientras su congoja y sus llantos parecían quitarle la vida de a poco. Varios móviles se hicieron presentes en la residencia de los Funes. La policía y el detective Cáceres hicieron su trabajo impecable recorriendo la casa en busca de pistas que le dieran un indicio pequeño al menos y le tomaron declaración a Leandro. ‘Vamos a ver qué sucede en éstas primeras setenta y dos horas y luego actuaremos’, dijo Cáceres y continuó: ‘Sé, señora Elcira, que todos están en contra de estas normas, pero así son las reglas y así es la ley. Debemos ser pacientes y tener fe’, concluyó. Leandro se despegó de la cama como si alguien lo hubiese tironeado de las pestañas. Quedó sostenido por el palpitar de su corazón, con sus manos haciendo de sostén apoyadas sobre el colchón y su expresión que se asemejaba a un susto de proporciones. Elcira permanecía sentada al lado de él sin poder pegar un ojo, llorando a mares mientras un pañuelo cubría su dolor y secaba constantemente sus lágrimas. — Leandro, ¿te ocurre algo? — preguntó su esposa luego del susto que su marido le dio. — Necesito un poco de aire, me estoy asfixiando — respondió Leandro alejado de la conmoción inicial, pero entrando en la vida real y dándose cuenta de que ésta era peor que aquella pesadilla que lo llevó a levantarse impetuosamente. Él continuó: — Ya vengo, Elcira, necesito desengancharme de todo este sufrimiento — Metido en su pijama, engarzó sus pies en las chinelas y salió de la habitación arrastrando el cuerpo, con sus manos al borde de rozar el piso. Elcira se despertó cuando Leandro, sutil y delicadamente, intentaba quitarle la biblia que había quedado aprisionada entre sus manos y su pecho. ‘¡Volviste! ¿Estás bien?’, preguntó su esposa inclinándose de nuevo en la cama. Leandro dio la vuelta, se sentó, quitó sus chinelas y se desplomó quedando en posición fetal y envuelto en un infierno de lágrimas que le estaban sacando de cuajo el corazón por la boca. ‘No llores, Leandro, todo va a salir bien, vas a ver’, decía Elcira buscando darle un poco de paz mientras una caricia tranquilizadora cubría su espalda. ‘Si no me hubiese ido a bañar…’, decía entre sollozos y se maldecía la existencia por sentirse culpable de un descuido accidental.
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