El desayuno pasó a ser una obligación para el estómago más que el placer de compartir una comida en la mañana. Ariel no estaba, y Elcira y Leandro no tenían certeza de nada. Ellos no sabían si su hijo estaba vivo o muerto, o si andaba por ahí, perdido, golpeado, lastimado, herido… No sabían si un grupo de hijos de puta lo tenía amarrado en algún lugar, con hambre, desesperado, clamando por sus padres, o tirado en alguna zanja, muerto como un perro.
Apenas el reloj cruzó un minuto de las ocho de la mañana, el teléfono sonó como si una bomba estallara a metros de sus oídos. Elcira, que daba señales de estar en mejores condiciones que Leandro, fue presurosa y atendió.
— Buen día — dijo Elcira mientras parecía decirle a su esposo en un idioma mudo que cruce los dedos.
— Buen día, señora Elcira — saludó cordialmente el oficial y prosiguió: — Hoy es un día ambiguo, de suerte y de conclusiones negras, señora Elcira, porque tenemos con nosotros a su hijo a salvo, pero también hemos encontrado al culpable de intento de homicidio contra Ariel.
— ¿De qué me está hablando, oficial? — preguntó sacada de contexto Elcira mientras se arrastraba por la puerta de la heladera y caía desmayada al piso helado. Rápidamente, Leandro fue en su auxilio al tiempo que oía la voz desesperada del oficial del otro lado del tubo del teléfono intentando conectar con Elcira, ignorante de la situación. Leandro arrastró una silla hacia él, ubicó con cuidado a su esposa y corrió con prontitud a proseguir con el llamado que su mujer dejó inconcluso.
— Oficial, soy Leandro, el esposo de Elcira — dijo completamente agitado, pero pudo proseguir: — No sé qué le habrán dicho, pero sufrió un desmayo y aquí estoy sosteniéndola.
— Señor Funes, cálmese, por favor — dijo el oficial y siguió: — Manténgase tranquilo y siga estos pasos que le diré a continuación: Tómele el pulso y verifique que esté respirando. Luego de que constate eso, con cuidado, póngala boca abajo y ubique su cabeza de lado, y sus piernas, póngalas en forma de ‘v’ corta. Con esto debe recuperarse y recobrar el conocimiento. Mientras usted hace eso ya está en camino una ambulancia. Tranquilícese y piense que su calma juega un papel muy importante en la calma de ella.
— Gracias, oficial, haré lo que usted me ha indicado — dijo más tranquilo Leandro y continuó: — Pero dígame, ¿qué noticia recibió mi esposa para llegar a esto?
— Apareció su hijo, señor Leandro.
— ¿Cómo? ¿Cuándo? ¡Dios mío! ¿Y está bien, oficial? ¡Qué alegría por Dios! Dígame que mi hijo está bien, por favor.
— Cálmese, cálmese, señor Leandro, todo está bien — dijo con autoridad y precisión el oficial y siguió: — Seguramente debe estar a unos minutos la ambulancia, y nosotros también estamos saliendo para allá.
— Perfecto, oficial, los esperamos.
Ni bien colgó el teléfono Leandro alcanzó a divisar por el ventanal que daba al jardín que la ambulancia se estacionaba. Elcira parecía estar entrando en un proceso de recuperación recostada todavía sobre el suelo con su cabeza de lado y sus piernas abiertas. El cuerpo médico ingresó a la casa y de inmediato comenzaron con los trabajos de restablecimiento que, en realidad, fueron muy básicos porque no había sido una descompostura que había pasado a mayores sumado a que las indicaciones del oficial, las cuales fueron muy bien llevadas a cabo por Leandro, ayudaron en un altísimo porcentaje.
Minutos más tarde dos patrulleros se hicieron presentes en la residencia de los Funes. El oficial a cargo y el detective Cáceres, junto con un par de uniformados, ingresaron a la casa. Allí los médicos los pusieron al tanto de la situación y les proveyeron la tranquilidad que ellos necesitaban. Y mientras Leandro acompañaba al cuerpo médico hasta la salida, Cáceres y el oficial, se acercaron a Elcira para comprobar de que todo estuviese en orden. ‘¿Y Ariel?’, preguntó con una ansiedad desbordante Elcira mientras Leandro ingresaba al living luego de despedir a los doctores.
— Queremos llevarles tranquilidad y decirles que su hijo se encuentra en observación en la clínica Batar — abrió Cáceres intentando llevar un poco de sosiego.
— ¿Y cuál sería la tranquilidad? ¿Por qué mi hijo se encuentra internado?, preguntó desesperada Elcira al tiempo que el detective y el oficial trataban de calmarla para que no vuelva a sufrir otro episodio similar al reciente.
— Señora, nosotros también somos padres de nuestros hijos y puedo asegurarle que, ante situaciones como esta, nuestra envestidura se caería sin atenuantes cuando de ellos se trata, pero debo seguir las reglas impuestas y pedirles que nos acompañen al destacamento.
— Pero yo quiero saber por qué mi hijo está internado, señor Cáceres.
— Insisto, señora, nosotros podríamos sacarnos las placas y comentarles a ustedes toda la información que poseemos como buenos vecinos, pero las cosas no funcionan así. Deberán acompañarnos y en el destacamento iremos directo al grano y sabrán todo.
Apenas ingresaron a la oficina del oficial a cargo, que junto con el detective Cáceres estaban llevando adelante el caso del supuesto secuestro y posterior aparición de Ariel Funes, Elcira fue invitada a tomar asiento por uno de los uniformados que secundaban a los jefes, mientras que el policía restante se acercó a Leandro y permaneció a lado de él esperando una orden. Cáceres se acercó a Funes y le dijo, bajo un tono cordial y suave, que quedaba detenido de manera inmediata por ser el sospechoso número uno de intento de asesinato agravado por el vínculo de su hijo Ariel. ‘Proceda, González’, ordenó el detective. Leandro, no opuso resistencia, pero su actitud desconcertada, buscando respuestas, tanteando para hallar un aliado, mientras Elcira parecía volver a sufrir un nuevo desmayo y tirando al aire miles de porqués intentando encontrarle una respuesta coherente a esta situación determinada por Cáceres, lo dejó expuesto en medio del despacho.
— Tome asiento, señor Funes — ordenó el detective. Leandro buscó calmarse un poco al menos y, ayudado por el uniformado, se sentó en su asiento. Cáceres continuó: — Usted comprenderá que las investigaciones tienen estas cosas, fueron así, y, lógicamente, deben seguir siendo de la misma forma. Nosotros no lo estamos acusando formalmente de nada, sólo pasa a ser un sospechoso, el primero, el más importante y el único de acuerdo a la versión que su propio hijo nos logró contar dentro de la conmoción que lo afectaba. Por ahora, son sólo palabras, no hechos, y éstas palabras de Ariel deben corroborarse y para eso las pericias sicológicas serán determinantes. Ariel, señora Elcira, se encuentra, como le informábamos en su casa, en observación en la clínica Batar, y queremos ser muy honestos con ustedes: Ariel corre peligro — A Elcira el mundo se le derrumbó encima de su cabeza luego de escuchar las palabras del detective. Ambos policías fueron en su ayuda y uno de ellos le acercó un vaso de agua. Elcira puso su esfuerzo y trató de recomponerse para seguir con la investigación. Cáceres también se acercó y permaneció expectante, mientras Leandro observaba la escena esposado a sus espaldas. Una vez pasada la conmoción el detective decidió retomar y proseguir: — Les decía que Ariel corre peligro, pero los médicos están haciendo todo lo que esté a su alcance para sacar a su hijo de este estado. Como ustedes sabrán, seguramente, ‘El canto de los cuervos’ es un lugar paradisíaco que tenemos en Batar, un lugar que, entre otras cosas, se conoce por la práctica del parapentismo. Un vecino de nuestro pueblo, junto con un amigo recientemente llegado de Canadá, experto en la práctica de esa ciencia del vuelo, acudieron a ese lugar apenas los rayos del sol comenzaron a dar señales. Estacionaron, descendieron y, cuando se preparaban para engalanarse con el paisaje, el bulto de una persona les llamó poderosamente la atención. En un principio pensaron que podía tratarse de alguien como ellos que se había llegado hasta ahí, el cual, había sufrido un desmayo o una descompostura. Pero una vez que tomaron la determinación de acercarse para corroborar sus sospechas, se encontraron con un niño: Ariel. Él estaba totalmente ensangrentado y golpeado. Estos hombres, sin tener conocimientos de medicina, descubrieron que Ariel tenía severas contusiones en la cabeza, pecho, espalda y extremidades. Ellos no podían entender qué hacía ese niño, a esa hora de la mañana, tirado al borde del precipicio, ensangrentado, lastimado cruelmente, con sus extremidades quebradas y su cuerpo magullado. De inmediato nuestro vecino dejó a su amigo canadiense al cuidado de Ariel que parecía estar dando las últimas bocanadas, y partió presuroso hacia aquí para denunciar lo acontecido. Con rapidez nos movimos y contactamos a un servicio médico que partió tan rápido como nosotros. Llegamos al lugar, y de inmediato, nos dimos cuenta de que se trataba de Ariel. Los médicos trabajaron a destajo, lo subieron a la camilla y partieron raudos hacia la clínica Batar en donde ahora se encuentra. Yo, con el oficial a cargo de esta investigación, descubrimos, antes de hacernos presentes en la clínica, que Ariel, indefectiblemente, había caído al vació y que, de alguna manera, logró tomarse o engancharse de algo, para luego, lastimado y seriamente golpeado, intentar salvar su vida trepando hasta llegar al borde del precipicio y permanecer ahí a la buena de Dios. Pudimos constatar el arrastre de su cuerpo y, a ojo de buen cubero, ver algunas manchas importantes de sangre adheridas a las rocas. Pero esto recién comienza y las investigaciones serán mucho más arduas a partir de mañana.