EL HOMBRE QUE NUNCA OLVIDE

1086 Words
Él dejó escapar una leve risa, oscura y llena de certeza. —Desde que te vi esa noche… supe que ibas a ser mía. El corazón de Lucinda latía con fuerza en su pecho. Sabía exactamente a qué noche se refería, pero se negó a aceptarlo. —No sé de qué hablas —murmuró, desviando la mirada. —No mientas, principessa —su voz era grave, baja, casi como un roce sobre su piel—. Hace casi un año… entraste a aquel bar vestida con unos shorts de jean y un croptop n***o. Caminabas con la cabeza en alto, desafiante, como si el mundo entero tuviera que inclinarse ante ti. Lucinda tragó saliva. —¿Y qué? Elías sonrió, su expresión era la de un depredador que había acorralado a su presa. —Desde el primer instante supe que serías mía. Y cuando te llevé a mi auto y sentí tu piel por primera vez… cuando me di cuenta de que nadie más te había tocado antes… Lucinda cerró los ojos con fuerza, como si eso pudiera borrar la avalancha de recuerdos. Elías no se detuvo. —Cuando entendí que me diste lo que nunca habías dado a nadie… supe que jamás permitiría que otro hombre te tuviera. Lucinda abrió los ojos, furiosa. —¡No eras nadie para mí! —espetó—. Solo fue una noche, una maldita locura. Elías inclinó el rostro, hasta que sus labios quedaron peligrosamente cerca de los de ella. —¿En serio? —susurró—. Entonces, ¿por qué huiste? Lucinda tembló. —Porque fue un error. —No, principessa. —Elías negó con lentitud, deslizando su dedo por su mejilla—. Huiste porque sabías lo que significaba. Lucinda sintió su espalda chocar contra la pared, sin darse cuenta de que había estado retrocediendo. —Y ahora —continuó él, su voz ronca, peligrosa—, he venido por lo que me pertenece. Lucinda quiso responder, quería gritarle que no le pertenecía a nadie. Pero cuando su mirada se encontró con la suya, supo que las palabras eran inútiles. Porque en lo más profundo de su ser… sabía que, desde aquella noche, Elías Moguilévich la había reclamado como suya. Elías se acercó a Lucinda con paso seguro, sus ojos oscuros brillando con esa intensidad peligrosa que la inquietaba más de lo que estaba dispuesta a admitir. Antes de que pudiera reaccionar, él tomó su rostro con suavidad y la besó. El contacto fue como un incendio repentino. Su aliento, su sabor, la firmeza con la que la sujetaba… Todo la envolvió de golpe. Pero apenas su mente procesó lo que estaba pasando, la voz de su padre la sacó abruptamente de su aturdimiento. —Creo que vamos a tener una boda. Lucinda se separó de Elías de golpe, su corazón latiendo desbocado. Se giró con los ojos abiertos como platos y vio a Enzo Mascherano de pie en la entrada del jardín, con una expresión de satisfacción. Antes de que pudiera negar lo que acababa de suceder, su padre ya se había dado la vuelta y entraba a la mansión, emocionado, seguramente para anunciar a todos que su hija ya tenía prometido. Lucinda apretó los puños y giró hacia Elías, dispuesta a darle su merecido, pero antes de que pudiera hablar, Dereck apareció y los abrazó a ambos con entusiasmo. —¡Qué emoción! Mis dos personas favoritas van a estar casadas. Tanto Lucinda como Elías giraron la cabeza al mismo tiempo y dijeron al unísono: —¿Desde cuándo soy tu persona favorita? Dereck se rió. —¡Ven! Hasta están coordinados. Y ahora, ¿van a fusionar ambas organizaciones? Lucinda abrió la boca para protestar, pero Elías se le adelantó. —Jamás. Lo personal no se debe mezclar con lo profesional. Este es su legado, y no voy a quitárselo solo porque nos casemos. Lucinda no dejó que se notara, pero sus palabras la afectaron más de lo que le gustaría. Que él no quisiera adueñarse de su herencia, que reconociera su derecho a liderar… Fue un golpe inesperado a su corazón. Pero cuando se dio cuenta de que estaba considerando la idea de casarse, reaccionó bruscamente. —¿Perdón? ¿Quién se va a casar contigo? Elías la miró con esa maldita sonrisa de suficiencia que la sacaba de quicio y dio un paso hacia ella, obligándola a levantar la cabeza para sostenerle la mirada. —Tú, principessa. Lucinda sintió cómo la ira la consumía. —¡Ni en un millón de años! Elías inclinó la cabeza con aire divertido. —¿Segura? Porque tu padre ya está anunciándolo. Desde dentro de la mansión se escuchaban murmullos y algunas exclamaciones de sorpresa. Lucinda sintió su sangre hervir. ¡Maldito Elías y su maldita sonrisa arrogante! —Tranquila, jefa —intervino Dereck, aún riéndose—. No te ves muy convencida de querer escapar de esto. —¡Cállate, Dereck! —Ves, hasta me sigues dando órdenes. Eso significa que aún sigues siendo tú. Elías dejó escapar una carcajada baja y gutural. —Me agrada tu chaperón. Lucinda rodó los ojos y bufó. —Ser porque es tu primo. Elías sonrió con diversión. —Bueno, eso también ayuda. Lucinda estaba a punto de responder cuando Dereck se interpuso entre ambos con una enorme sonrisa. —Bueno, bueno, parece que la tensión aquí es peligrosa. Pero hay algo que quiero saber… ¿Cuándo será la boda? Lucinda sintió ganas de ahorcarlo. —¡No habrá boda! Elías, sin embargo, sonrió con confianza. —Pronto. Lucinda soltó un gruñido de frustración. —¡Dije que no me voy a casar contigo! Elías inclinó la cabeza con tranquilidad. —Dímelo otra vez… pero sin que tu voz tiemble. Lucinda abrió la boca para replicar, pero su propia respiración la traicionó. Su pecho subía y bajaba con rapidez, su piel todavía ardía por el beso… y lo peor de todo era que Elías lo sabía. Sonriendo, él se alejó con calma, como si ya hubiera ganado la batalla. —Nos vemos adentro, futura esposa. Y con eso, se marchó. Lucinda apretó los puños y giró hacia Dereck. —Dime que tengo permitido matarlo. —Mmmm… técnicamente no, pero si lo haces rápido y sin testigos, tal vez nadie se dé cuenta. —¡Dereck! —Ok, ok… solo decía. Lucinda exhaló con frustración. Esto no podía estar pasando. Y lo peor… es que su corazón traidor latía con tanta fuerza que temía que alguien más lo escuchara.
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