UN BRINDIS POR LA TRAICION

1422 Words
Lucinda descendió las escaleras con la cabeza en alto, su porte elegante y seguro, como si estuviera lista para una batalla en lugar de una celebración. El vestido esmeralda abrazaba su figura con perfección, la abertura en la pierna dejaba entrever su piel con cada paso y su cabello caía en ondas suaves sobre sus hombros. No necesitaba joyas ostentosas ni maquillaje excesivo. Su mera presencia bastaba para acaparar todas las miradas. Cuando llegó al último escalón, el murmullo en la sala se detuvo por unos segundos. Los hombres más influyentes del mundo empresarial y de la mafia estaban allí, observándola con interés y admiración. Sabía que llamaba la atención, pero algo en la atmósfera la hizo tensarse. Su instinto gritaba que algo no estaba bien. Fue entonces cuando su madre se acercó con una sonrisa satisfecha y una copa de vino en la mano. —Feliz cumpleaños, cariño —dijo, inclinándose para besar su mejilla. Lucinda le devolvió la mirada con sospecha. —Madre… ¿por qué tengo la sensación de que esto no es solo una fiesta de cumpleaños? Su madre suspiró, como si hubiera esperado esa pregunta. —Ay, cariño, si te lo hubiéramos dicho, no estarías aquí en este momento. Lucinda parpadeó. Su pecho se expandió con una rabia contenida mientras su mirada recorría la sala con más atención. No solo había invitados de la familia, sino también decenas de hombres que no reconocía, todos con posturas elegantes pero analizando cada uno de sus movimientos. Su estómago se hundió en un vacío helado. —No… —murmuró, girándose hacia Angélica con los ojos entrecerrados—. No me digas que tú lo sabías. —¡Por supuesto que no! —se defendió su amiga, alzando las manos—. Estoy igual o más sorprendida que tú. Antes de que Lucinda pudiera procesar la traición, su madre volvió a hablar con una tranquilidad calculada. —Y ni se te ocurra intentar escapar —dijo con una sonrisa serena, pero con un filo afilado en la voz—. Hay refuerzos por toda la mansión. Ni un solo rincón sin hombres cuidando. Lucinda sintió un escalofrío recorrerle la espalda. Sus padres realmente habían planeado todo esto sin dejarle ninguna salida. Entonces, la imponente figura de Enzo Mascherano apareció entre los invitados. Su padre avanzó con su usual aire de poder, atrayendo la atención de los presentes. Se detuvo frente a ella y le dedicó una leve sonrisa. —Feliz cumpleaños, bambina. —Su tono era casi cálido, pero ella ya conocía el peso de sus palabras—. Te aconsejo que te diviertas… y que empieces a elegir al menos algunos candidatos. Lucinda sintió la sangre hervirle en las venas. Pero antes de que pudiera responderle con una réplica mordaz, su padre desvió la mirada hacia la multitud y alzó la voz. —¡Dereck! Desde la esquina de la sala, un hombre de postura firme y mirada seria se adelantó con pasos silenciosos y precisos. Dereck era uno de los guerreros de Lucinda, uno de sus más leales hombres, y al verlo, sintió un leve alivio. —Dígame, señor —dijo Dereck con respeto al llegar junto a ellos. —Hoy serás su chaperón —informó su padre con una calma que no admitía réplica—. Asegúrate de que no intente escaparse. Lucinda abrió los labios, indignada. —Lo siento, papá, pero Dereck es uno de mis guerreros. No puedes darle órdenes. Enzo ni siquiera titubeó. —Ya lo hice. Y lo que digo, se hace. Con esas últimas palabras, se dio la vuelta y, junto con su esposa, se alejó entre la multitud, dejándola allí, atrapada en su propia fiesta de cumpleaños, convertida en un espectáculo para los hombres que sus padres habían elegido como posibles esposos. Lucinda apretó los puños, obligándose a respirar hondo. —Hola, Luci. Félix Santoneri, el padre de Angélica, se acercó con su típica sonrisa relajada. —Hola, tío —respondió Lucinda, intentando no dejar entrever su molestia. —Feliz cumpleaños, mi niña. —Gracias… aunque, para ser sincera, me siento traicionada. Félix soltó una leve risa, sin inmutarse. —Yo solo venía por mi hija. —¿¡Qué!? —protestó Angélica, indignada. —Porque si tú te quedas con Lucinda, ella no se va a centrar en buscar un prometido. Con eso último, Félix tomó a su hija por los hombros y, sin darle oportunidad de discutir, se la llevó hacia la mesa donde estaba reunida la familia Santoneri. Lucinda dejó escapar un suspiro de resignación y miró a Dereck con cansancio. —Bien, Dereck, ¿por dónde empezamos? Antes de que él pudiera responder, su madre apareció con una expresión de triunfo. —Ven, pequeña, te voy a presentar a algunos caballeros. ¿Te parece? Lucinda rodó los ojos, harta de la situación. —Por favor, madre, a ver si acabamos este circo rápido. Pero justo cuando empezaron a moverse, algo la inquietó. Sintió una mirada intensa sobre ella, como un fuego abrasador en la piel. Se detuvo en seco y recorrió la sala con la vista, buscando al dueño de aquella mirada. Sin embargo, no veía a nadie que destacara lo suficiente. Su madre ya le había presentado a tres hombres, pero ni siquiera les había prestado atención. Solo asentía y fingía escuchar, su mente estaba en otra parte… hasta que giró la cabeza una última vez y lo vio. Su cuerpo se tensó. Esa mirada. Esa figura. Lucinda sintió que la sangre le abandonaba el rostro. —Jefa, ¿está bien? —susurró Dereck, acercándose—. Se ve pálida. Ella reaccionó de golpe, tragó saliva y murmuró: —Acompáñame a tomar un trago. Se inclinó hacia su madre y se disculpó con los hombres antes de alejarse rápidamente junto con Dereck hacia la mesa de bebidas. Apenas llegaron, Lucinda tomó un vaso de whisky y se lo bebió de un solo trago. —Dereck… —dijo, con la voz más tensa de lo habitual—. ¿Sabes quién es ese hombre que está en aquella esquina? Dereck siguió la dirección de su mirada y, al identificarlo, sonrió de oreja a oreja. —Claro que lo conozco —respondió con naturalidad—. Lo he conocido toda mi vida. Lucinda frunció el ceño. —¿Cómo que toda tu vida? Sé específico. Dereck la miró de reojo, disfrutando el momento antes de soltar la bomba. —Es mi primo. El heredero de la mafia rusa… Elías Moguilévich. Lucinda sintió como si el mundo se detuviera. Elías Moguilévich. El aire pareció escaparse de sus pulmones. Su piel se erizó, y cuando volvió a mirar en su dirección, sus ojos se encontraron con los de él. Elías sonrió. Era evidente que ya sabía lo que Dereck le había dicho. Lucinda sintió un torbellino en su interior. Su pasado la alcanzaba de golpe. Aquel chico con el que había pasado una noche. Su primer hombre. El jefe de la mafia rusa. Y ahora… ahora estaba aquí, como uno de los candidatos para ser su esposo. Su madre apareció nuevamente y la tomó del brazo con delicadeza. —Ven, querida, aún hay más caballeros que conocer. Lucinda apenas pudo reaccionar, su mente estaba atrapada en esa revelación. Su mirada se desviaba constantemente hacia Elías, y en un momento, se dio cuenta de algo que la dejó sin aliento. Su padre, Enzo Mascherano, estaba conversando con él. Lucinda apretó los labios y se acercó a su madre. —Madre… me siento sofocada. ¿Puedo tomar un poco de aire? Su madre la miró con atención antes de asentir. —Claro, cariño. Pero no cometas ninguna tontería que haga enojar a tu padre. Lucinda no necesitó más. Con una inclinación de cabeza, se retiró al jardín y se apoyó contra la pared, cerrando los ojos. Necesitaba recomponerse. Respirar. Pensar. Pero cuando los abrió de nuevo… Ahí estaba él. Apenas a unos pasos de distancia, con la misma intensidad en la mirada y una leve sonrisa en los labios. —Ciao, principessa. La voz de Elías la envolvió como un susurro oscuro y seductor. Lucinda se irguió de golpe, sintiendo su corazón latir con fuerza. —¿Qué estás haciendo aquí, Elías? El hombre dio un paso más cerca, con la confianza de alguien que sabía que el destino ya estaba escrito. —Vine por lo que es mío. Lucinda sintió un escalofrío recorrerle la espalda. —¿Lo que es tuyo? Elías inclinó ligeramente la cabeza, con aquella sonrisa peligrosa. —Tú.
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