CAPÍTULO OCHO —Esta ciudad es una locura. —Brenda fulminaba con la mirada la luz parpadeante del semáforo en rojo. Daba golpecitos con el pie, impaciente, mientras miraba la cuenta atrás. Contar no la iba a calmar; necesitaba ver una luz verde para poder ponerse en marcha. —Sí —suspiró Keaton. Estaba a su lado en la esquina de la calle. Solo había respondido con monosílabos desde que habían salido echando pestes de la oficina de Ginger. Bueno, ella había salido echando pestes. Él la había seguido, caminando tranquilo con sus botas militares. Una lástima. Brenda estaba segura de que sonarían como la caída de un trueno si pisara con rabia. ¿Por qué no pisaba con rabia? Sus planes se iban a frustrar por culpa de unos trámites burocráticos que no se mantendrían ante un tribunal. Estaba cl

