Viva. 1

4155 Words
Eleonor llevaba horas sentada en la silla junto a la cama, una silla dura, mal diseñada y peor pensada para alguien de su edad. La espalda le ardía, las piernas le pesaban y cada músculo le pedía, casi suplicaba, que se levantara, aunque fuera un momento, pero no lo hizo. No podía hacerlo, no cuando su pollito estaba ahí, tendida entre sábanas blancas, hundida en un silencio que le destrozaba el alma. Aileen apenas parecía la misma, estaba conectada a máquinas que respiraban por ella, tubos transparentes que subían y bajaban como si cargaran el peso del mundo. El oxígeno le cubría la mitad del rostro y en su abdomen y muslo asomaban vendas gruesas, manchadas ligeramente de un rosa que Eleonor intentaba no mirar demasiado, su brazo reposaba en un cabestrillo, inmóvil, frágil. La operarían por la mañana —eso le habían dicho— cuando su cuerpo estuviera un poco más fuerte, un poco más preparado para todo lo que venía, pero Eleonor no confiaba en mañanas. Confiaba en estar ahí, en no moverse, en sostenerle la mano, aunque Aileen no pudiera sentirla, se inclinó un poco, ignorando la punzada brutal en la espalda, y le acomodó un mechón rebelde detrás de la oreja, como cuando era niña. — Aquí estoy, mi amor... — susurró — No voy a ningún lado, nunca. — y se quedó así, firme, dolorida, pero inquebrantable, porque a veces, amar consistía en eso; en no moverse, aunque duela, en quedarse, aunque el miedo te haga temblar, en velar a quien amas incluso cuando el mundo entero parece a punto de romperse. La puerta del cuarto se abrió con suavidad y Samuel entró primero, con el ceño fruncido y la preocupación marcada en cada línea de su rostro, Sasha lo siguió de inmediato, con pasos cortos y silenciosos, como si temiera romper algo en el aire. Anna venía detrás de ellos cargando dos vasos de café humeante; uno para Eleonor y otro para ella misma, aunque su mano temblaba tanto que parecía no estar segura de poder sostenerlo. Noah y Elías estaban sentados en el sillón, hombro con hombro, mirando el suelo como si allí estuviera escrita una respuesta que nadie sabía darles. River permanecía en el piso, justo frente a la camilla, con las piernas cruzadas y los codos apoyados en las rodillas; no parpadeaba, no hablaba, solo vigilaba el ascenso y descenso mínimo del pecho de Aileen. Masón, en una esquina, parecía una lámpara mal apagada; rígido, callado, con los ojos perdidos en un punto invisible. — ¿Cómo está? — preguntó el sheriff, su voz ronca, gruesa, conteniendo más miedo del que quería mostrar. Eleonor levantó la vista, sus ojos estaban hinchados, rojos, empapados, había llorado tanto que ya no sabía si las lágrimas eran nuevas o rezagos de las anteriores. — Los médicos... — intentó hablar, pero la voz se le quebró — Dijeron que... que esta noche es crítica, de esta noche depende su vida. — Samuel frunció más el ceño, apretando la mandíbula. Eleonor tomó aire temblorosa, apretando con fuerza el borde de la sábana de Aileen. — Mañana temprano la operarán... — continuó — Le pondrán placas de metal en la clavícula, está muy dañada... demasiado, la operación es delicada, necesitan que llegue estable, solo... solo hay que esperar la noche. — el silencio cayó de golpe, pesado, sofocante. Anna dejó uno de los cafés en la mesita y se inclinó para abrazar a Eleonor por los hombros, Sasha cubrió la boca con una mano intentando contener un sollozo. Noah apretó los puños hasta que los nudillos se le pusieron blancos. Elías pestañeó por fin, tragando saliva como si le costara respirar, y River... River bajó la cabeza, murmurando algo tan suave que nadie alcanzó a escucharlo, Masón cerró los ojos, por primera vez, parecía a punto de romperse, nadie sabía qué decir, nadie sabía cómo sostener el mundo que se estaba desmoronando frente a ellos. Samuel no era su padre, era el padre de Leo, pero la angustia que llevaba en el pecho era exactamente la de un hombre que teme perder a una hija. Había sido difícil para él llegar a la escena del crimen, demasiado, el llamado por radio, la urgencia en la voz de los agentes, el código que indicaba violencia extrema dentro de la escuela... nada lo preparó para lo que vio. El charco de sangre, el olor metálico que impregnaba las paredes, las marcas de lucha, las huellas, la desesperación impresa en cada rincón, y Aileen, la niña que había visto crecer junto a su hijo, la que siempre le sonreía divertida y retadora cuando pasaba por la casa, la que Leo protegía como si fuera un pedazo de su alma. Sacarla... verla inconsciente, rota... fue una herida que no sabía dónde colocar. Evacuar a los alumnos tampoco fue fácil, muchos estaban en shock, otros lloraban sin entender qué había ocurrido. Varios terminaron en el hospital por ataques de pánico. Chloe —la pequeña, la amiga de Aileen— fue una de las más afectadas; no dejaba de gritar su nombre, la profesora también se derrumbó, incapaz de seguir dando instrucciones, pero nada lo desgarró tanto como ver a Rebeca. Esposada, con el rostro hinchado por los golpes, la mirada torcida por un odio que parecía antiguo, y, aun así, Samuel sintió algo que no debía, una satisfacción oscura, privada, prohibida por su puesto... pero inevitable. Leo había llegado antes que él, Leo la había detenido, Leo la había enfrentado con la furia que él mismo había tenido que contener durante tantos años. "Por lo menos... él hizo lo que yo tenía ganas de hacer." Ese pensamiento le quemó en silencio mientras la escoltaban hacia la patrulla, un alivio que jamás admitiría en voz alta, pero que se quedó clavado, como un peso, como un secreto. Y ahora, allí, frente a la cama de Aileen y al dolor de Eleonor, Samuel solo podía desear que el mundo, por una vez, les diera un respiro, porque nadie salía entero de algo así, ni siquiera él. Noah fue el primero en romper el silencio, con la voz baja y rasposa, como si temiera que las palabras pudieran despertar el dolor que todos compartían. — ¿Qué pasó con Rebeca? — preguntó sin levantar la vista. Samuel exhaló hondo, un suspiro cansado que parecía venir desde lo más hondo de sus pulmones. — Fue encarcelada directamente... — respondió, apoyando las manos en la cintura — No volvió al hospital, la enfermera de la prisión se encargó de sus heridas, el juez ordenó que no se le diera fianza... y ningún defensor público quiere tomar su caso. — Elías abrió los ojos, sorprendido. Anna parpadeó, incrédula, Sasha murmuró un "bien" casi inaudible, Samuel continuó. — Los abogados privados tampoco la quieren, ya nadie quiere tocar ese caso, saben que no hay defensa posible para lo que hizo. — River soltó un gruñido bajo, profundo, tan visceral que vibró en el pecho de todos los presentes. — Debería pudrirse en esa celda... — escupió con veneno — O que la luna decida por ella, sería un sacrificio justo. — Masón, desde su esquina, levantó la mirada y se le escapó una carcajada seca, peligrosa. — Por mí no hay problema... — dijo, encogiéndose de hombros — Si quieren, puedo ocuparme de que no llegue a juicio. — sonrió, una sonrisa afilada. Predadora, y dejó ver sus colmillos. Un brillo letal cruzó sus ojos, como si la idea no solo no le pesara... sino que le resultara tentadoramente fácil. River sonrió también, Elías tragó saliva, Noah dejó caer la cabeza entre las manos. Samuel no dijo nada, no porque lo aprobara, sino porque, en ese momento, nadie en esa habitación habría tenido la fuerza moral para contradecirlos, ni siquiera él. Mientras observaban a Aileen, atentos a cualquier cambio, esperando a que despertara de los sedantes, un retumbo brutal sacudió el exterior del hospital, no fue un simple ruido; fue un golpe pesado, seco, como si algo gigantesco hubiese embestido la pared, el yeso vibró, la ventana tintineó y un silencio helado descendió sobre todos. El instinto les erizó la piel al unísono, Masón, que hasta ese momento estaba encorvado en su esquina, se irguió como si le hubieran pasado una corriente eléctrica por la espina. River se levantó de un salto, los músculos tensos, los sentidos afilados. Noah apenas tardó un segundo en reaccionar; sujetó a Eleonor por los brazos y la apartó de la camilla, llevándola hacia atrás con un movimiento firme, pero cuidadoso, como si supiera que cualquier segundo perdido podía costarles algo más que la calma. — ¿Qué demonios fue eso? — murmuró Sasha, la voz baja, tensa, casi inaudible. Entonces ocurrió. La ventana, sumida en una oscuridad sin luna, se encendió de pronto con dos grandes puntos rojos, no era un reflejo, no era un auto. Era una mirada, un par de ojos enormes, brillantes, feroces, que vibraban como brasas vivas, se sintió como si la noche misma los observara, como si lo que había afuera hubiera venido únicamente por ellos, o peor aún... por Aileen. Las ventanas corredizas se abrieron de golpe, no como si alguien las deslizó, sino como si algo las arrancara del camino. El viento helado entró primero, cortante, sacudiendo las cortinas y apagando casi todas las velas de la habitación, pero lo que vino después hizo que Sasha se aferrara al brazo de su esposo con fuerza suficiente para dejarle marcas. Lo primero que vio fue una sombra, luego, la forma. Su hijo, en su forma licántropa azabache, era imponente; enorme, musculoso, con hombros anchos como un muro y garras que podían partir un tronco, pero lo que se escurrió por la ventana, no, eso no tenía comparación. No era n***o, no era gris, era blanco. Blanco como hueso recién pulido, blanco como nieve que jamás tocó el sol. Enorme, demasiado para ser humano, demasiado para ser lobo, su pelaje grueso se erizaba como si cada fibra estuviera cargada de electricidad, el aire se volvió pesado cuando su cabeza apareció primero, goteando humedad, iluminada por los reflejos rojos de sus propios ojos. Y tuvo que entrar en cuatro patas, en dos, su cabeza habría chocado contra el techo y lo habría atravesado sin esfuerzo. El piso crujió bajo su peso cuando avanzó un paso dentro de la habitación, el lomo rozó el marco de la ventana y aun así parecía que el espacio era insuficiente para contenerlo. Un gruñido grave vibró en el aire, tan bajo que más que escucharse, se sintió dentro del pecho de todos, Sasha no pudo evitarlo; un jadeo se escapó de su garganta. — Dios... — susurró temblando — ¿Qué es eso? — pero Noah, River y Masón lo sabían. Ese blanco, ese tamaño, ese poder antiguo que llenó el cuarto como un trueno contenido, Leo había llegado y no venía tranquilo. Lo vieron intentar acomodarse junto a la camilla, torpemente, porque un licántropo de su tamaño no estaba hecho para espacios humanos. Sus garras largas rasparon el piso, generando un chasquido áspero, y aun así Leo se forzó a doblarse, a encogerse, a hacer lo imposible para quedar cerca de ella, su ella. Cuando por fin logró arrimarse, bajó la enorme cabeza y, con una delicadeza que no coincidía con ese cuerpo monstruoso, le dio una lamida suave en la mano vendada de Aileen, su respiración tembló, las orejas se le bajaron, luego vino el sonido. Un gimoteo bajo, quebrado, dolorido, un lamento que vibraba en el pecho de todos. A Leo, el alfa blanco, el monstruo temido por manadas enteras, le estaba rompiendo el alma verla así. Anna tragó saliva, dio un paso adelante y murmuró con voz tenue. — Está bien... Leo, va a estar bien, la van a operar por la mañana, lo dijeron los doctores, ella es fuerte... va a salir de esta. — Leo levantó apenas la mirada hacia ella, y gruñó. Un gruñido grave, amenazante, que mostró cada uno de sus dientes enormes, afilados como cuchillas, Anna retrocedió instintivamente; era imposible no hacerlo. Ese no era un lobo cualquiera, era un rey furioso, un animal herido, un hombre al borde del colapso. Masón carcajeó por lo bajo, Noah murmuró que no era personal, Sasha se tapó la boca, entonces... un movimiento diminuto. La pequeña mano de Aileen, temblorosa, apenas consciente, se levantó unos centímetros, sus dedos, débiles, pero testarudos, buscaron y encontraron la enorme nariz del lobo blanco. Y se la agarró, con fuerza sorprendente para alguien que había estado al borde de la muerte, la apretó, como si lo estuviera regañando, como si él fuera el que necesitaba calmarse, los monitores silenciaron la habitación, y con la voz más ronca y débil que jamás le habían escuchado, Aileen murmuró. — C-chucho... celoso... — Leo se quedó congelado. El lobo más temido del norte, el alfa blanco indomable, monstruo, leyenda, pesadilla. Congelado. Sus orejas se levantaron apenas, su respiración se entrecortó. Y luego, como si su enorme corazón hubiera explotado en un suspiro, soltó un sonido ahogado que nadie habría podido imaginar saliendo de esa bestia. Un sonido dulce, devoto, roto de amor, Leo, el monstruo, se derritió. Leo bajó la cabeza con una suavidad imposible para un cuerpo tan grande, la apoyó con cuidado sobre la pierna buena de Aileen, como si temiera romperla con solo rozarla. Su respiración cálida la envolvió, y apenas sintió el contacto, su cola —larga, gruesa, blanca como tormenta de invierno— comenzó a moverse con desesperación, golpeando el piso en un ritmo torpe y ansioso. Aileen levantó la mano, débil, pero voluntariosa, y empezó a rascarle la cabeza despacio, hundiendo los dedos entre el pelaje espeso. Leo soltó un gemido suave, casi un ronroneo grave que hizo vibrar la camilla. Intentaba hablarle, lo oían, palabras ahogadas entre gruñidos y sonidos guturales, pero palabras al fin. «Ratita...» «Amor...» «Princesa...» Pero el lazo apenas estaba naciendo; era un hilo fino, incompleto. Ella solo escuchaba fragmentos, ecos lejanos dentro de su mente, quería responderle, decirle que también lo sentía, que sabía que él estaba ahí, pero cuando intentó hablar, la garganta le ardió como si tuviera fuego raspándole por dentro, apenas un gemido débil salió de ella. Aun así, siguió rascándole la cabeza, él cerró los ojos, rendido, aferrado a ese gesto mínimo que lo mantenía cuerdo, detrás, Masón cruzó los brazos y soltó una carcajada que tensó el ambiente. — Bueno... — dijo con una sonrisa ladina — Por lo menos Aileen ya tiene una escoba con patas para limpiar la casa. — Noah negó con la cabeza; River resopló, Elías se llevó una mano a la frente. Leo levantó la cabeza apenas, no se movió, no atacó, no cambió de postura. Solo gruñó, un gruñido grave, largo, que hizo que las luces de la habitación titilaran por un instante, Masón retrocedió medio paso, muy discretamente, pero Aileen... Aileen se rio. Fue un sonido débil, rasposo, casi roto, pero risa al fin. Una risa que hizo que el lobo blanco se quedara completamente quieto, mirándola con un amor tan feroz que a Sasha se le aguaron los ojos, Aileen, con los labios partidos, murmuró. — Eres... idiota... — Masón puso una mano en el pecho, fingiendo ofensa dramática. — Así me quiere tu chucho gigante. — Leo volvió a gruñir, pero esta vez el sonido tenía otro tono; territorial, sí, pero con un fondo cálido... como si entendiera el chiste, como si disfrutara escucharla reír, aunque fuera a costa de él. Aileen volvió a rozar su cabeza, Leo bajó el hocico y apoyó nuevamente su peso con extremo cuidado sobre su pierna, y se quedó así, vigilante, tembloroso, devoto, como si en ese pequeño espacio del hospital, en medio del dolor, la sangre, el miedo y la incertidumbre, hubiera encontrado su hogar. Aileen, todavía medio sedada, estiró los dedos y le jaló una oreja. No fuerte, pero sí lo suficiente para que el enorme lobo blanco soltara un bufido agudo, sorprendido. Luego, con torpeza —sus manos temblaban y las vendas no ayudaban— llevó la palma hasta la nuca del lobo, presionando justo donde Leo había dejado la mordida que los unía. Un recordatorio, un reclamo, una orden silenciosa. Los ojos rojos de Leo parpadearon, como si comprendiera exactamente lo que pedía. Con cuidado sobrehumano, Leo se incorporó un poco, su garra —la enorme, la que podía destrozar cemento— se apoyó en el borde de la camilla para estabilizarse. Bajó el hocico, apartó el cabello de Aileen con un movimiento suave, como si su lengua fuera una pluma y no un arma, se inclinó para lamerle la herida, para aliviarle el ardor, para marcarla de nuevo con protección, pero justo cuando su lengua iba a tocar la piel. PLOP Algo le pegó en la cabeza, Leo se quedó congelado, los ojos parpadeando, la botella de agua cayó rebotando al piso, rodó dos veces y quedó quieta, Eleonor estaba de pie, temblando de la rabia, con la mano todavía levantada del lanzamiento, sus ojos brillaban húmedos, furiosos, protectores. — ¡¿Qué crees que haces?! — soltó, casi gritando — ¡La vas a lastimar, animal! — Noah abrió los ojos como platos. River murmuró "oh, mierda...". Sasha se tapó la boca, Masón se alejó dos pasos porque él sí quería vivir. Leo giró la cabeza hacia Eleonor, muy despacio, demasiado despacio, el cuarto contuvo la respiración, pero en lugar de gruñir o saltar, Leo simplemente volvió a girarse hacia Aileen. Como si Eleonor no fuera más que un murmullo lejano, como si nada importara más que ella, e inclinó la cabeza otra vez. Esta vez nadie lo interrumpió. Leo lamió la herida de la nuca de Aileen con una suavidad que no coincidía con su tamaño, movimientos lentos, precisos, tan delicados que parecía que temiera deshacerla en sus manos, el sonido de su respiración temblaba; cada caricia de su lengua tenía la intención de calmarla, de cuidarla, de sanarla en lo que él podía ofrecer. Aileen soltó un leve suspiro, un quejido suave cuando el ardor disminuyó. Cuando terminó, Leo volvió a acomodarla, bajándola con extremo cuidado sobre las almohadas, como si fuera un cristal que podía quebrarse con solo mirarlo, su enorme cabeza quedó cerca, observándola, esperando cualquier mínima señal. Aileen apenas pudo levantar la mano vendada, y le mostró el pulgar hacia arriba, pequeño, torpe, pero lleno de una fuerza que solo él entendía. Leo soltó un resoplido largo, casi un suspiro, y apoyó su cabeza al borde de la camilla, rendido, vigilante, absolutamente suyo. Pasó un largo rato en silencio, roto solo por los monitores y el sonido suave de la respiración de Leo, pero de pronto, el enorme lobo blanco levantó la cabeza, sus orejas se tensaron, algo afuera llamó su atención. Aileen apenas alcanzó a rozar su pelaje antes de que él se moviera. Con un impulso poderoso, Leo se enderezó, retrocedió un paso y, sin emitir un solo sonido, saltó por la ventana del sexto piso como si no existiera el concepto de gravedad, las cortinas se agitaron violentamente detrás de él, el aire se arremolinó y luego, silencio. Aileen sintió que algo se quebraba dentro de su pecho, sus ojos ardieron, la garganta le dolía, pero aun así intentó llamarlo. — L... Leo... — Sasha intentó calmarla, diciéndole que seguramente volvería, que necesitaba espacio, que los alfas grandes no soportaban hospitales, pero Aileen apenas podía escuchar. El vacío que Leo dejó era tan repentino que dolía más que las heridas, estuvo a punto de romper en llanto cuando la puerta se abrió de golpe, el doctor entró acompañado de tres enfermeras, todas con expresión seria y profesional. — Vamos a revisarla... — anunció — Necesito que los familiares salgan, por favor. — Eleonor besó la frente de Aileen y salió con Sasha y Anna. Noah, Elías, River y Masón los siguieron, aunque Masón tuvo que ser empujado porque "él no era familia, pero era mejor que todos ellos juntos". La puerta se cerró, una enfermera ajustó la vía y preparó una jeringa con una dosis potente. — Te va a doler un poquito... — dijo con suavidad — Pero vas a sentirte mejor. — le acarició la frente. El medicamento entró por su brazo como fuego líquido, pesado, adormecedor, y sus párpados comenzaron a volverse más lentos, aun así, Aileen luchó por mantenerse despierta mientras el doctor levantaba las gasas y vendajes gruesos. — Bien... — murmuró el médico, revisando con atención la piel enrojecida, los puntos tensos — No hay signos de infección, la piel está cerrando, el drenaje funcionó. — una de las enfermeras asintió, tomando notas. — ¿Cómo está la presión? — pregunto. — Estable, más baja de lo normal, pero dentro de lo esperado después del trauma. — Aileen quería hablar, quería preguntar por Leo, quería pedir que lo dejaran pasar si regresaba, pero la lengua se le entumecía, pesada como plomo. El doctor examinó con precisión la herida del abdomen, moviendo los dedos con cuidado. — Está limpia... — confirmó — La sutura está firme, no hay necrosis, va a poder operarse por la mañana sin riesgo mayor. — una parte de ella quiso sonreír, otra parte sintió un nudo en la garganta. Leo se había ido, pero al menos no estaba muriendo. Las enfermeras humedecieron gasas, renovaron vendajes y limpiaron restos de sangre seca con movimientos delicados, casi maternales, una de ellas le acomodó el cabello sobre la almohada, tocando su frente con suavidad. La sedación empezó a arrastrarla hacia abajo, como si alguien la estuviera envolviendo en algodón, entre sombras, escuchó el doctor decir. — Cuando despierte, necesitará compañía, no la dejen sola. — Aileen quiso decir que Leo volvería. Que él siempre volvía, pero la oscuridad la alcanzó antes de poder mover los labios. Leo regresó apenas unos minutos después de que el doctor y las enfermeras abandonaran la habitación, fue silencioso, casi etéreo, a pesar del tamaño imposible de su forma. Se deslizó por la ventana como si el marco se hubiera hecho para él, su pelaje blanco se iluminó levemente con el reflejo de las luces del hospital. Aileen ya estaba dormida, hundida en la sedación, respiraba lento, profundo, como si por fin el dolor la hubiera soltado por unas horas. Leo se acercó despacio, con un cuidado que no coincidía con la brutalidad de su tamaño. Olfateó el aire alrededor de ella, asegurándose de que estaba a salvo, después se acomodó a su lado, plegando las patas gigantes con torpeza, su cuerpo ocupando casi medio cuarto. Eleonor lo observó desde su silla, con los ojos muy abiertos y las manos juntas sobre el pecho, no sabía si agradecerle o persignarse. Leo bajó la cabeza junto a la pierna buena de Aileen, vigilante, y así se quedó. Hasta medianoche. A esa hora, las enfermeras regresaron a administrarle más medicamento, el ruido del carrito metálico fue suficiente para hacer que Leo se agazapara, los músculos tensos, las orejas erguidas, y antes de que pudieran abrir la puerta, saltó por la ventana otra vez. — ¡Por el amor de la luna! — masculló Noah, golpeándose la frente. Cuando las enfermeras entraron, no sospecharon nada, Aileen dormía, los chicos fingían estar profundamente cansados, Eleonor casi se atragantaba con la risa nerviosa. Le administraron el medicamento, comprobaron su presión, ajustaron la manta y se fueron, apenas cerraron la puerta, Leo volvió a entrar, esta vez, River ni siquiera se sorprendió. — Ya, pues... este animal es un ninja gigante. — susurró. A las cuatro de la mañana ocurrió la siguiente gran escapada. Las luces del pasillo se encendieron, pasos se acercaban, Leo abrió los ojos, olfateó el aire y, sin pensarlo dos veces, se lanzó por la ventana por tercera vez en la noche. Aileen ni se movió, los chicos sí. Masón, River, Noah y Elías estaban acurrucados en fila frente a la ventana, envueltos en mantas, roncando de pura extenuación, cuando Leo brincó hacia afuera, su enorme cola azotó el aire detrás de él, y golpeó de lleno sus caras como si fueran bolos de un solo lanzamiento, todos despertaron con un quejido conjunto. — ¡Agh, jodido perro gigante! — gruñó Masón, sobándose la boca. — Eso me va a dejar marca. — se lamentó Noah. — Por lo menos huele a limpio. — añadió River con los ojos entrecerrados. — ¿Alguien más siente que nos pegó una cobija con esteroides? — preguntó Elías. Eleonor soltó una carcajada tan sincera y sonora que hasta a Anna, que acababa de despertarse, se le escapó una sonrisa sorprendida, era la primera risa de Eleonor desde que todo comenzó, y en esa risa temblorosa, llena de cansancio y alivio, había un solo pensamiento, si Leo podía seguir entrando y saliendo así solo para vigilar a su niña, entonces Aileen, pase lo que pase, no estaba sola.
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