La madrugada se volvió un ciclo extraño de silencio y tensión, Aileen dormía profundamente, atrapada en el efecto de los sedantes; los chicos estaban apretados en el sillón y en el suelo como una camada agotada; Eleonor los vigilaba como si pudiera protegerlos a todos con solo mirarlos.
Y Leo... Leo luchaba.
Intentó transformarse varias veces durante la noche, se alejaba unos metros del hospital, escondido entre los árboles del estacionamiento, y forzaba su cuerpo a recuperar la forma humana. Lo intentaba hasta que el dolor le fracturaba el aliento, hasta que el pelaje blanco chisporroteaba con energía lunar y su lobo rugía por dentro como una criatura encadenada.
Pero la Bestia Blanca no cedía, no quería ceder. La forma humana estaba allí, enterrada, atrapada, pero algo en la sangre, en la profecía, en el renacer del Alfa Blanco, lo mantenía fijo en esa piel gigantesca y sagrada. Como si el mundo se negara a devolverle la humanidad mientras Aileen no estuviera completamente fuera de peligro.
Antes de que el sol asomara del todo, cuando el cielo era una línea azulada rompiendo la noche, Eleonor se despertó sobresaltada por un rasguido suave, alzó la mirada.
Leo estaba colgado del marco de la ventana exterior, trepado como un enorme lobo montañés, sus garras gigantes se hundían en el concreto como si fuera barro, sujetándolo con fuerza, su cuerpo estaba tenso, su respiración agitada. La luz débil del amanecer pintaba su pelaje de plata, sus ojos carmín no tenían ferocidad, solo angustia y cansancio.
Parecía querer entrar una última vez, pero sabía que no debía, o tal vez no tenía fuerzas para otro salto. Aileen dormía, no lo sintió, pero Eleonor sí, la abuela se levantó despacio y se acercó a la ventana, Leo la vio, bajó las orejas, le dedicó un sonido suave, un gemido apenas audible que no pertenecía a un depredador, sino a un hijo preocupado.
— Leo... — susurró Eleonor, con la voz quebrada — Ve, ella va a estar bien, te lo prometo. — Leo parpadeó.
Lentamente soltó el borde del marco, sus garras se deslizaron hasta que su cuerpo desapareció del campo visual, solo quedó el rastro de su respiración, luego el silencio, y después, el sonido lejano de un galope pesado perdiéndose entre los árboles alrededor del hospital.
Fue la última vez que lo vieron esa madrugada, exactamente dos minutos después, la puerta se abrió, el doctor entró acompañado de un técnico con una máquina portátil de rayos X.
— Buenos días... — dijo con tono cansado — Vamos a tomar nuevas radiografías del hombro y la clavícula, queremos asegurarnos de que esté lista para la intervención. — una enfermera acercó una manta adicional sobre Aileen, otra ajustó la vía.
Aileen, todavía profundamente dormida, apenas frunció el ceño cuando movieron su brazo con extrema delicadeza, nadie dijo nada sobre el hecho de que, un minuto antes, un lobo gigante había estado pegado a la ventana, nadie necesitaba decirlo.
Todos lo sintieron, todos habían visto su devoción, y todos sabían que Leo volvería, en cuanto la luna —o el destino— se lo permitiera.
Las radiografías iluminaron la habitación con un destello frío, casi quirúrgico, los técnicos movieron el brazo de Aileen con una delicadeza casi reverencial, pero, aun así, un pequeño gemido escapó de ella incluso bajo tanta sedación, Eleonor apretó los labios para no llorar otra vez.
Cuando las imágenes se revelaron en la pantalla portátil, el silencio cayó pesado. El hueso estaba partido a la mitad, casi como si algo lo hubiera mordido o aplastado con una fuerza brutal. La clavícula mostraba una fractura completa, separada en dos segmentos que parecían flotar sin apoyo, y el hombro... seguía fuera de su lugar, como si el golpe hubiera arrancado la articulación de raíz, el doctor dejó escapar un suspiro que trató de disimular.
— La cirugía es obligatoria... — dijo, mientras señalaba la pantalla — Hay que fijar ambos huesos con placas y tornillos, y reducir la luxación del hombro, no podemos hacerlo despierta, el daño es severo. — Eleonor hundió las uñas en su propio suéter, tratando de mantener la compostura.
Anna se acercó un paso, observando con el ceño fruncido.
— Cuando despierte... — dijo despacio, con esa sinceridad médica que siempre trataba de amortiguar — Le va a doler como si la estuvieran partiendo en dos. — Noah golpeó suavemente la pared con la cabeza, frustrado.
River murmuró un insulto por lo bajo, Masón dejó de masticar su chicle imaginario, el doctor, que tenía la paciencia de quien ha visto demasiadas tragedias, los miró uno por uno antes de volver a Eleonor.
— La vamos a controlar muy bien... — aseguró — Cuando salga del quirófano, estará con analgésicos fuertes, no permitiremos que pase por este dolor sola, se lo prometo. — Eleonor asintió, aunque sus ojos estaban brillosos.
— Hagan lo que tengan que hacer, solo... solo sálvenla. — el médico puso una mano en su hombro.
— Haremos todo lo posible, es fuerte, muy fuerte. — detrás de ellos, Noah murmuró.
— Más vale que sea fuerte... Leo la mataría si no lo fuera. — Elías lo pisó para que se callara.
Masón soltó una risita apagada, la cirujana, intentando aliviar la tensión, dijo.
— Vamos a prepararla para quirófano, la cirugía será en cuanto el equipo esté listo, una hora, como mucho. — mientras desconectaban el equipo portátil y ajustaban la postura de Aileen, Eleonor le acomodó un mechón de cabello detrás de la oreja.
La joven ni se movió, dormía como alguien que había estado más allá y volvía apenas sostenida por hilos. Afuera, muy lejos, entre los árboles, un aullido profundo vibró en los ventanales del hospital, un eco grave, doliente, que hizo estremecer hasta las luces del techo, River tragó saliva.
— Él sabe que la van a operar. — susurró.
Y nadie lo dudó, la Bestia Blanca estaba escuchando, esperando, en acecho, por si algo salía mal.
Después de una hora, por fin llegaron a buscar a Aileen, el sonido de las ruedas de la camilla hizo eco en el pasillo silencioso del hospital. Eleonor se inclinó sobre su nieta, llenándole las mejillas de besitos suaves, temblorosos, como si quisiera retenerla un segundo más antes de que se la llevaran.
Anna se quedó firme junto a la camilla. Antes solo habían sido cordiales, dos mujeres que se respetaban por el amor que les tenían a sus respectivos nietos, pero ahora, con la relación entre Leo y Aileen creciendo como un lazo imposible de romper, ellas se habían acercado como amigas verdaderas, Anna tomó la mano de Aileen con fuerza, acompañándola como si fuera su propia niña.
Lilith llegó justo cuando el personal empezaba a sacar a Aileen del cuarto, el color se le borró del rostro al verla tan frágil, tan quieta, con el brazo inmovilizado y la cabeza recostada hacia un lado por la sedación. Sin perder un segundo, sacó su teléfono y les escribió a sus padres, avisando que la estaban llevando al quirófano.
Samuel y Sasha respondieron casi de inmediato, ambos estaban trabajando a pesar de la desvelada, pero aun así no dudaron en decirle que saldrían en cuanto pudieran, que se mantuviera informada, que no la dejaran sola.
El pasillo siguió avanzando, frío y largo, mientras el personal empujaba la camilla, y aunque Aileen ya estaba profundamente dormida, la sensación de ser acompañada por su familia —la de sangre y la escogida— la envolvió incluso en la inconsciencia.
Eleonor estaba agotada y, aun así, el coraje le hervía por dentro, después de que Aileen regresara a la vida, cuando todavía tenía las manos temblando por el susto, había llamado a Antoni. Necesitaba escucharlo, necesitaba que él estuviera ahí, aunque fuera con su voz, pero la respuesta que recibió fue un balde de agua fría; no podía viajar. Estaba en Orlando, atrapado en una conferencia de tecnología, sin permiso para volar de regreso.
Eleonor se quedó en silencio unos segundos, no lloró, no gritó, solo apretó tanto el teléfono que los nudillos se le pusieron blancos. Luego, sin pensarlo, le colgó, desde ese día había dejado en visto sus mensajes y cada llamada sin contestar, la herida no era por enojo, sino por decepción; a su edad, la decepción dolía como el pecho roto.
Lilith lo notó, vio los ojos brillosos de Eleonor, esa firmeza temblorosa que solo una abuela que ha pasado por demasiado puede tener, sin decir nada, se acercó y la envolvió en un abrazo fuerte, cálido, de esos que solo se le dan a la abuela más amada. Eleonor respiró hondo contra su hombro, aflojando por fin los músculos tensos, permitiéndose sentir el cariño que sí estaba presente, aunque otros hubieran fallado.
Ese abrazo fue suficiente para sostenerla en un momento en que el miedo y la furia la habían dejado sin aire, Lilith le acarició la espalda, asegurándole que no estaban solas, que Aileen tenía más gente que la quería de lo que parecía, y que entre todas la sacarían adelante.
Fueron dos horas de cirugía que se hicieron eternas, primero unieron la clavícula con placas y tornillos, cuidando cada milímetro; luego devolvieron el hombro a su lugar, un chasquido seco que solo el equipo médico escuchó mientras Aileen flotaba en algún rincón lejano del espacio sideral gracias a la anestesia.
Cuando por fin la llevaron de regreso a su cuarto, parecía diminuta en la camilla, llevaba el brazo inmovilizado con un cabestrillo, la herida principal vendada con precisión quirúrgica y las demás limpias, seguras, sin señales de infección. Estaría sedada por varias horas más, profunda y tranquila, como si el dolor fuera un concepto que ya no le pertenecía.
Anna soltó al fin un suspiro contenido y miró a Eleonor, sabía que la mujer no había dormido, no había comido y apenas se sostenía de pie. La convenció con palabras suaves, casi maternas, de que se fuera a casa un momento; una ducha, un plato caliente, diez minutos de silencio, Eleonor se resistió con uñas y dientes, pero al final cedió.
River se ofreció a acompañarlas, firme como un guardaespaldas improvisado, la abuela solo aceptó cuando él, con esa calma que arrastraba desde niño, le juró que no la dejaría sola ni un solo segundo del trayecto. Y así, con pasos cansados y el corazón apretado, Eleonor se alejó del cuarto, mientras Aileen seguía respirando despacio, dormida, aferrándose a la vida que casi había perdido.
Lilith fue la única que se quedó, Masón necesitaba ir a casa por una ducha y reserva de sangre, Noah también necesitaba un baño, Elías estaba hambriento, ella tenía experiencia como enfermera y Aileen quedaba en excelentes manos por si algo pasaba. Lilith tuvo que ir al baño por un momento, pero salió apurada al escuchar un estruendo en el cuarto, seguido de un gemido de dolor, al salir se quedó congelada un segundo, parpadeando como si la escena frente a ella no pudiera ser real.
Su hermano estaba ahí, de carne y piel, tambaleándose como un recién nacido que aprende a caminar y completamente desnudo en medio del cuarto del hospital. El monitor cardíaco de Aileen marcaba un ritmo estable, pero Leo... Leo parecía que acababa de sobrevivir a una guerra.
— ¿Qué hiciste? — preguntó Lilith al fin, cerrando la puerta con un portazo silencioso antes de correr hacia él.
Leo respiraba con dificultad, cada inhalación era un silbido irregular, tenía las manos apoyadas en la pared, la cabeza gacha, el cabello mojado de sudor pegado a la frente, todo su cuerpo estaba cubierto de pequeños espasmos, como si cada músculo protestara por el cambio.
— No... — tragó saliva, su voz ronca, casi irreconocible — No me podía quedar ahí afuera, el sol está subiendo. — Lilith frunció el ceño.
— ¿Y por qué desnudo, Leo? — él levantó apenas la mirada, sus ojos claros temblando por la tensión, y forzó una mueca que pretendía ser una sonrisa.
— Porque no me dio tiempo de pensar en traer ropa, Lilith, estaba colgado del octavo piso, literalmente colgado. — Lilith resopló, pero su preocupación superó cualquier otra emoción.
Corrió a buscar las mantas del hospital, una de las gruesas que usaban para los pacientes posquirúrgicos, Leo dio un paso para ayudarla y su pierna falló, cayó de rodillas, sus manos golpeando el piso con un ruido seco que hizo temblar a Lilith.
— ¡Leo! — corrió hacia él, lo cubrió con la manta y se agachó a su lado — La transformación te dejó hecho mierda. — le reviso los ojos, la boca y las orejas.
— Sí, bueno... — apretó los dientes — Intenté no desparramar a nadie con la cola, pero no prometo nada. — Lilith casi ríe, casi, pero entonces el monitor de Aileen pitó por un cambio leve en su ritmo y ambos miraron hacia la cama.
Leo se arrastró torpemente hasta ella, sosteniendo la manta con una mano, los nudillos blancos de tanta tensión, sus dedos temblorosos rozaron la baranda metálica de la camilla antes de sujetarse firme, el rostro de Aileen estaba sereno, pero tan pálido que Leo tragó con dificultad.
— Ratita... — susurró apenas — Ya desperté ¿Ves? No me fui. — Lilith lo observó en silencio, una mezcla de ternura y dolor agitándole el pecho.
Él estaba deshecho, física y emocionalmente, pero aun así había saltado por una ventana tres veces durante la noche solo para volver a ella. Y ahora, derrotado por el amanecer y el peso del cambio, aun se arrastraba hasta su lado como si la vida se le fuera en ello, Leo apoyó la frente en el borde de la cama, respirando con dificultad.
— No vuelvas a asustarme así... — murmuró, sin esperar respuesta — No sé qué haría si tú... — su voz se quebró.
Lilith giró el rostro, dándole un segundo de privacidad, mientras buscaba mentalmente algo, cualquier cosa para cubrirlo mejor, para ayudarlo sin avergonzarlo, y justo entonces, se escucharon pasos en el pasillo, pasos rápidos, determinados, Lilith abrió los ojos como platos.
— Leo... — susurró con urgencia — ¡Leo, vienen las enfermeras! — él levantó la cabeza, desorientado, la manta a medio caer, su cerebro todavía medio animal, medio humano, incapaz de reaccionar rápido.
Y Lilith, con una calma que solo dan años de trabajar en emergencias, susurró.
— Si te ven desnudo y en el piso, nos matan a los dos. — observó a la puerta y luego a su hermano, nerviosa.
Leo estaba en el suelo, desnudo como el día en que nació y tratando de ponerse en pie, con las piernas temblándole como si hubiera corrido una maratón.
— No... jodas... — susurró Lilith, cubriéndose los ojos con una mano mientras con la otra lo señalaba — ¡¿Por qué no te quedaste colgado de la ventana como un murciélago gigante por lo menos hasta que te diera ropa?! — Leo soltó un quejido ronco.
— No... podía... seguir... transformado... — dijo con voz áspera — Me estaba... jodiendo las costillas. — lucho por alcanzar la mano de Aileen.
— ¡Sí, bueno, ahora te vas a joder la dignidad si te ve alguien así! — Lilith corrió hacia él, le agarró del brazo y lo jaló sin piedad — ¡Levántate! ¡Vamos, a cuatro patas si es necesario, rápido! — Leo apenas lograba coordinarse, tropezó con una silla, se golpeó contra la pared y terminó cayendo otra vez de rodillas.
— Lilith... baja la voz... — gruñó, con el cabello n***o tapándole parte del rostro — Estoy... desnudo... ¿Podrías no gritar eso? — respiro profundo.
— ¡ESE es el problema! — le siseó ella — ¡Estás desnudo en un hospital lleno de cámaras, enfermeras y abuelitas católicas! ¡Muévete! — Leo intentó cubrirse con las manos, algo inútil considerando que no tenía equilibrio ni ropa.
— ¿Dónde está mi pantalón? — preguntó arrastrando las palabras.
— ¡¿Cuál pantalón, soso?! ¡Entraste por una ventana del sexto piso convertido en perro gigante, no viniste con un jean Wrangler bajo el brazo! — una sombra se movió al fondo del pasillo.
— ¡Ay, mierda! — Lilith vio la silueta acercándose — ¡La enfermera viene! — Leo abrió los ojos de golpe.
— Lili... no puedo mover las piernas. — se preocupó.
— ¡Pues te arrastro! — y sin darle oportunidad de protestar, lo agarró de las axilas y lo haló como si arrastrara un tronco pesado.
Leo rozó el suelo con todo el cuerpo y soltó un gruñido fatalista.
— ¿Esto es venganza? — murmuró entre dientes.
— Por todas las veces que casi matas de un susto a tu hermana mayor, sí, un poquito. — respondió ella, jadeando.
Justo cuando Lilith empujó a Leo dentro del baño del cuarto, la enfermera abrió la puerta, Lilith cerró la puerta del baño con una patada silenciosa y se enderezó con una sonrisa celestial, respirando como si no hubiera cargado a un alfa de ciento y tantos kilos.
— Buen día ¿Todo bien por aquí? — preguntó la enfermera, con su bandeja de medicamentos.
— Sí, sí, claro... — respondió Lilith con voz dulce y perfectamente fingida — Solo fui al baño un momento, qué bueno que llegó. — la enfermera sonrió, se acercó a revisar monitores y vendas.
Lilith sintió un movimiento detrás de la puerta del baño, un golpe suave, otro, un quejido.
— ¿Escuchó eso? — preguntó la enfermera, frunciendo el ceño.
— ¿Eh? — Lilith dio un brinco — Ah, sí... sí, eso... fue... el calentador de agua hace ruidos raros, antiguo, cosas del hospital, ya sabe. — la enfermera asintió, concentrada en revisar el suero de Aileen.
Lilith, sin quitarle la sonrisa amable, desbloqueó su teléfono y escribió.
Lilith: Char, URGENTE. Necesito ropa para Leo. YA. Tipo ahora. Antes de que salga del baño y termine arrestado por exhibicionismo involuntario.
Charlotte tardó diez segundos.
Charlotte: 👍
Lilith suspiró con alivio, en el baño, se escuchó un susurro apagado.
— Lili ¿Ya se fue? — ella sin voltear respondió entre dientes.
— Cállate, que te oigo hasta yo. — la enfermera levantó la mirada.
— ¿Dijo algo? — pregunto.
— ¡Yo! — respondió Lilith rápido — Toqué el teléfono, se me cayó... al piso... del baño, uh... soy torpe, lo siento. — la enfermera volvió a sonreír y siguió anotando en su tabla.
Lilith apretó los labios, mirando la puerta del baño y pensando.
"Charlotte, date prisa. Porque si este idiota vuelve a transformarse aquí dentro... nos botan del hospital a todos."
Charlotte tocó la puerta con los nudillos apenas dos veces antes de entrar sin pedir permiso, una mochila colgada del hombro y varias bolsas térmicas en la otra mano se había tardado en llegar unos diez minutos.
— Traje ropa, y comida. — anunció en voz baja, viendo a su hermano mayor sentado en el piso del baño, completamente desnudo, envolviéndose torpemente con la toalla que Lilith le había arrojado en la cara.
— Gracias al cielo... — murmuró Lilith — Ayúdame con este bulto. — le pidió a su hermana menor.
— Bulto mis nalgas. — gruñó Leo, todavía con la voz áspera y el cuerpo temblando por el cambio.
— Cállate... — le soltó Lilith, sin remordimiento — Hueles a zorrillo atropellado y cabra vieja en verano, no me vengas a reclamar dignidad. — Charlotte dejó las bolsas en la encimera y se acercó, observándolo con una mezcla de pena y diversión.
— Hermano ¿Por qué estás desnudo en un hospital? — preguntó sin importarle nada.
— No tenía opción ¿Qué querías que hiciera? ¿Aparecer con mis pantalones perfectamente doblados? — rezongó él, apoyándose en la pared.
Lilith abrió la ducha y dejó correr el agua, instantáneamente, Leo saltó como si le hubieran lanzado ácido.
— ¡Está helada! ¿Estás loca? — gruñó, molesto.
— No hay agua caliente a estas horas y no voy a llamar al técnico del hospital para pedirle que suba a entibiarte el baño... — dijo Lilith, empujándolo con una mano en el pecho — Métete. — le ordenó.
— ¡No! ¡Que está fría! — se quejó de nuevo.
— ¡Que te metas! ¡Tú apestas y yo no voy a dejar que Aileen despierte oliendo a cabrón! — Lilith le tiró la toalla a los pies y lo empujó otra vez.
Charlotte apenas podía contener la risa, cubriéndose la boca, Leo gruñó, pero al final cedió, metiéndose bajo el chorro helado mientras se estremecía entero.
— Las odio... a las dos... — farfulló con los dientes castañeteando.
— Sí, sí, cariño, también te queremos... — dijo Lilith mientras le enjabonaba el cabello sin compasión — Agáchate, tienes hojas secas pegadas ¿Por dónde anduviste? — Charlotte entrecerró los ojos.
— ¿Saltaste desde el sexto piso otra vez? — Leo la fulminó con la mirada.
— No "salté", me... deslicé, con estilo. — se encogió de hombros.
— Claro... — respondió Lilith — Como un gato gordo resbalándose de un sillón. — Charlotte estalló de risa.
En ese instante, se escucharon pasos en el pasillo, Lilith abrió mucho los ojos.
— ¡La enfermera! — Leo maldijo, tratando de cubrirse, pero Lilith lo agarró del brazo mojado y lo arrastró hacia el rincón de la ducha.
— ¡Ni respires! — ordenó.
La puerta se abrió apenas unos centímetros.
— ¿Todo bien por aquí? — preguntó la enfermera desde afuera.
Charlotte se interpuso con una sonrisa perfecta.
— Sí, sí, mi hermana solo... está limpiando un derrame, todo controlado. — un silencio sospechoso, y luego.
— Perfecto, regreso más tarde. — la puerta se cerró.
Leo salió de detrás de la cortina, empapado y con el cabello pegado a la frente.
— Voy a morirme antes que Aileen despierte, se los juro. — dejó escapar un suspiro pesado.
— No seas dramático... — Lilith lo empujó suavemente hacia la salida del baño — Anda, sal, te voy a poner los pañales XL antes de que venga otra enfermera y piense que eres un paciente fugitivo. — Charlotte ya estaba abriendo la mochila.
— Traje pantalones, camisa... y calzones. — Leo levantó una ceja.
— ¿Qué clase de calzones? — pregunto.
— Los que encontré primero. — Lilith tomó la prenda y estalló en carcajadas.
— ¿Pato Donald? ¡Charlotte! — no aguantaba la risa.
— ¡Eran los más limpios! ¡Y los más arriba! — se defendió ella riéndose.
Leo cerró los ojos con tragedia.
— Mátenme, ahora mismo, es lo mejor para todos. — Lilith lo sentó en el banquito del baño y empezó a vestirlo sin darle oportunidad de protestar.
— Quédate quieto, o te dejo desnudo hasta que Aileen despierte. — amenazó.
Eso lo hizo cooperar inmediatamente.
— Bien, buen chico. — susurró Charlotte, dándole una palmadita en la cabeza.
Leo la miró con absoluta traición.
— Voy a vengarme cuando me recuperé. — susurro de vuelta.
— Claro. — ambas hermanas respondieron al unísono.
Lilith le acomodó la camisa, le cerró el botón del cuello y suspiró.
— Listo, pareces humano otra vez. — Leo se miró las manos, todavía temblorosas por el esfuerzo del cambio.
— ¿Crees que pueda verla? — Lilith suavizó la voz.
— Sí, está sedada, pero puedes quedarte con ella, solo no te conviertas de nuevo ni rompas nada. — lo ayudó a ponerse en pie.
— Prometo no romper nada. — dijo él, cruzando el pecho con solemnidad hasta que se le cayó la bolsa térmica que Charlotte le pasó.
Era una sopa, se abrió en el piso, Lilith lo vio, Charlotte también, Leo tragó saliva.
— O... tal vez rompa una cosa. — Lilith cerró los ojos.
— Voy por la trapeadora, Charlotte, dale la comida que no botó, y tú... — lo señaló con el índice — No te muevas, ni un milímetro. — Leo asintió como un niño regañado.
Charlotte le puso una taza de comida caliente en las manos, y por primera vez desde que Aileen cayó en coma, Leo sonrió un poquito.
— Gracias. — murmuró.
— No es nada... — respondió Charlotte, acariciándole el cabello mojado — Ella también sonreirá cuando despierte. — rodo los ojos.
Una vez estuvo duchado y cambiado —aunque siguiera refunfuñando por el agua fría y por el sermón de Lilith, que no dejó pasar la oportunidad de recordarle que olía a "zorrillo en guerra con una cabra vieja"— Leo salió del baño todavía secándose el cabello con la toalla. Caminó con pasos pesados, como si cada músculo le doliera por dentro, y se detuvo frente a la camilla.
Aileen dormía profundamente, respirando despacio, ajena al desastre que él había sido durante toda la noche. Leo no dijo nada, no gruñó, no bufó, no hizo ninguna de sus típicas expresiones de "alfa enorme malcriado". Solo se quedó ahí, quieto, mirándola.
Lilith lo observó desde el otro lado del cuarto, cruzada de brazos, con la paciencia de una hermana mayor que ha visto mil veces ese tipo de silencios; los que pesan más que cualquier palabra. Finalmente, Leo retrocedió un paso y dejó caer el cuerpo en el pequeño sofá, ni siquiera trató de acomodarse; simplemente se desplomó, exhausto, apoyó la cabeza contra el respaldo y siguió mirando a Aileen como si necesitara verla para seguir respirando.
Su mirada se volvió pesada, parpadeó una vez, dos veces y después su cuerpo cedió, el sueño lo arrastró sin compasión. Charlotte entró en ese momento, en puntillas, cargando la mochila vacía y un recipiente que ya había guardado, lo vio dormido, enorme, desparramado como si el mundo por fin lo hubiera perdonado por unas horas, sonrió con ternura.
— Ay, hermano tonto. — murmuró sin despertarlo.
Se acercó, le levantó el brazo con cuidado y lo acomodó mejor en el sofá, Leo apenas gruñó algo que sonó como un "no me toques", pero inconsciente, así que Charlotte lo ignoró sin culpa. Luego tomó una manta del fondo de la mochila, se la colocó sobre el pecho y los hombros, asegurándose de cubrirle los pies.
— Listo, chucho gigante... — susurró — Ahora sí, no vas a morir de frío ni de vergüenza. — se rio.
Le dio una palmadita suave en la cabeza antes de volver a sentarse a esperar con Lilith, dejando que su hermano descansara por primera vez desde que todo comenzó.