Viva. 3

4492 Words
Aileen despertó cerca de las cinco de la tarde, con un sol tenue entrando por la ventana y una sensación punzante que la atravesó desde el cuello hasta el pecho, el dolor la sacó de golpe del sueño; apenas abrió los ojos, las lágrimas brotaron sin permiso. — Me... d-duele... — sollozó, apretando los dientes cuando intentó mover la mano buena. Las enfermeras entraron casi de inmediato, una de ellas le tomó la temperatura; otra revisó el cabestrillo y los vendajes, la tercera preparó la jeringa con el analgésico. — Tranquila, cariño... — murmuró la mayor de ellas, acariciándole la frente — Ya pasó lo peor, te vamos a poner algo fuerte ¿Sí? — Aileen asintió con un movimiento torpe. Le limpiaron las lágrimas, le acomodaron la almohada y le inyectaron el medicamento en la vía intravenosa, en cuestión de segundos sintió la ola tibia recorriéndole el cuerpo, aflojando el dolor más agudo, pero no lo suficiente como para detener el llanto completamente. — Me duele... y tengo hambre. — gimoteó, con la voz ronca por la intubación. Eleonor trató de no quebrarse. — Mi niña, ya regreso, te traigo algo suavecito. — le prometió, acomodándole un mechón detrás de la oreja antes de salir casi corriendo al pasillo. Cinco minutos después volvió con una taza de sopa humeante, todo el amor concentrado en ese platillo improvisado, pero cuando iba a comenzar a darle la primera cucharada, el médico apareció en la puerta del cuarto. — ¿Podemos hablar un momento, señora Eleonor? — preguntó con tono serio, pero amable. La abuela dudó, mirando a su nieta con preocupación. — Yo... bueno... — no quería dejarla sola ni un segundo. Samuel se adelantó, poniéndose de pie con naturalidad. — Vaya, Eleonor, yo me quedo con ella. — Eleonor, aunque a regañadientes, asintió y salió con el médico. Samuel se sentó en el borde de la cama, tomó la taza y acercó la cuchara con paciencia infinita. — Despacito, peque... — dijo con una sonrisa suave — Si la llorona más fuerte que conozco ya despertó, significa que está vivita y coleando. — Aileen soltó un sollozo ahogado entre risa y dolor. — No... no soy llorona. — se quejó. — Ajá... — Samuel le limpió los moquitos con la servilleta que Lilith había dejado doblada en la mesa — Y yo soy un unicornio rosado... — Aileen hizo un puchero, él rio quedito — A ver, abre la boca, no seas dramática. — ella tomó la primera cucharada, tragó despacio, hizo una mueca porque el movimiento del hombro le disparó un pinchazo, y volvió a llorar silenciosamente. Samuel suspiró, le pasó el pulgar por la mejilla y le acomodó la manta sobre las piernas. — Ya, niña, estás a salvo... — murmuró con un cariño paternal — Y Leo está aquí ¿Sí? No te dejó ni un minuto, sólo está descansando... porque casi se mata tres veces entrando por la ventana. —Aileen parpadeó, sorprendida. — ¿Aquí? ¿De verdad? — Samuel le sonrió. — ¿Dónde más? Si ese loco te ama hasta el tuétano. — ella bajó la mirada, con el rostro rojito, respirando más tranquila mientras él seguía dándole la sopa, limpiándole las lágrimas, los moquitos y todo rastro de angustia. Leo parpadeó un par de veces, todavía adormilado y confundido por el cambio brusco del sueño a la realidad, tenía la manta resbalándole por la cadera y el cabello mojado pegado a la frente, pero en el segundo exacto en que escuchó su nombre —suave, ronco, tembloroso— algo dentro de él hizo clic. Aileen. El sueño se evaporó de golpe, sus pupilas se dilataron como si hubiera detectado una amenaza, o más bien, a su razón de ser, se incorporó tan rápido que Charlotte dio un respingo desde la silla donde comía su emparedado, Leo no le prestó atención, sus ojos, oscuros y profundamente fijos, estaban clavados en la camilla. Allí estaba su ratita. Vendajes en el hombro, una bata ridícula que le quedaba enorme, el cabestrillo sosteniéndole el brazo y aun así sonriendo. Una sonrisa chiquita, frágil, adolorida, pero sonrisa, y Samuel, pacientemente, le llevaba la cuchara de sopa a los labios mientras le limpiaba los moquitos del llanto con una servilleta. Leo tragó saliva, su pecho se apretó, algo entre orgullo, alivio y un pánico feroz de que ella volviera a desvanecerse. — Leo. — dijo ella otra vez, mirándolo como si hubiera vuelto del más allá solo para verla. Él avanzó sin pensar, casi sin respirar, como un animal guiado por un instinto primitivo, su postura se volvió protectora, firme, lista para destruir a quien se acercara demasiado, Samuel levantó una ceja, divertido, sin dejar de darle sopa. — Tranquilo, campeón... — murmuró con una sonrisa ladeada — No es una competencia, solo le estoy dando de comer. — Aileen soltó una risita baja que se transformó en un quejido por el hombro, Leo se tensó al instante. — ¿Te duele? — preguntó él, su voz ronca, profunda, quebrada por la angustia. — Mucho... pero... tengo hambre. — susurró ella entre suspiros. Samuel negó con la cabeza, divertido, y le pasó la cuchara a Leo. — Ten, aliméntala tú, estabas a punto de morderme cada vez que me acercaba un poco más de la cuenta. — Leo gruñó bajito, como si su padre estuviera exagerando, pero tomó la cuchara. Sus manos todavía estaban un poco temblorosas por la transformación reciente, pero se esforzó por mantenerlas firmes, se acercó despacio, como si temiera romperla, como si ella fuera cristal. Aileen lo miraba con los ojos más grandes del mundo, ojos brillantes, ojos enamorados, Leo sintió que el aire se le escapaba del pecho. — Hola, chucho celoso. — murmuró ella, apenas audible. Él apretó los labios, y su mandíbula tembló un poco. — No me digas así. — susurró, pero la voz no le salió brava; le salió quebrada, vulnerable, como si ese apodo lo derritiera por dentro. Samuel observó a los dos en silencio, con un orgullo cálido que le suavizó el gesto, ese era su hijo, terco, intenso, protector hasta el extremo, pero responsable. Un lobo hecho y derecho, Aileen abrió la boca para la sopa, y Leo, con una delicadeza casi reverencial, se la dio, ella sonrió. Él también, apenas, con los colmillos mostrando un poquito, ese tipo de sonrisa que solo ella sabía provocar, Samuel cruzó los brazos, satisfecho. — Nunca pensé que vería al gran Alpha Leo Whitmore convertido en un niñero enamorado. — comentó con humor. Leo le lanzó una mirada asesina, pero por primera vez en horas, su expresión tenía luz, vida, esperanza. — Es mi pareja... — respondió sin apartar la vista de Aileen — Es... mi todo. — Aileen, somnolienta, dolorida, adormilada por la medicación, se acurrucó un poquito en la almohada. — Y tú... eres... mi chucho celoso. — balbuceó antes de cerrar los ojos. Leo soltó un suspiro tembloroso, le acarició la frente con los dedos, con suavidad inhumana para alguien tan fuerte, Samuel lo vio y se le llenó el pecho, sí, su hijo estaba hecho para amar así; feroz, profundo, sin medida. Y Aileen, era la única capaz de domar al lobo blanco. Leo sostuvo el platito con ambas manos, inclinándolo apenas para no derramar nada mientras acercaba la cuchara con una paciencia que sorprendió a todos. — Despacio, ratita... — murmuró, su voz ronca aún por el cansancio del cambio — Es sopa, no te va a huir. — Aileen sonrió como pudo. — Tengo... hambre. — balbuceó, aún adormilada. — Ya sé, amor... — respondió él más dulce de lo que jamás se habría permitido frente a la familia— Te la voy a dar toda. — Samuel, de pie a un costado, cruzado de brazos, observaba la escena con un orgullo tan evidente que hasta Charlotte lo notó y soltó una risa muda. Leo le llevó una cucharada, luego otra, limpiando con su propio pulgar una gotita que se le quedó en la barbilla. — Bien hecho, princesa... — susurró, acomodándole la manta — Mira qué valiente. — Aileen bebió agua después, despacio, con pequeños sorbos. Todo parecía ir bien, hasta que su estómago emitió un sonido profundo y peligroso, Lilith frunció el ceño desde su asiento. — Esa no es buena señal. — Aileen apretó los ojos, respiró hondo, pero no logró contenerlo, de repente se inclinó hacia delante. — Leo... no... no me siento bie... — no terminó. Toda la sopa regresó violentamente, golpeando el piso con un sonido viscoso que hizo que Charlotte apartara la mirada y Samuel soltara un "¡ay, Dios!" mientras retrocedía dos pasos. Lilith reaccionó rápido, pero no lo suficiente; cuando llegó con el basurero, el desastre ya estaba declarado. — Aquí, Aileen, aquí... ay, mi niña. — dijo mientras acercaba el basurero bajo su rostro. Aileen tosió, escupió un poco más, y cuando terminó, el llanto la desmoronó, no un llanto bonito, no uno delicado, uno de esos que vienen desde muy adentro, desesperados, crudos. — Ya... ya no quiero... ya no... — jadeaba entre bombas de moco — Me duele... me duele todo, Leo. —Leo se puso de rodillas frente a ella, acariciando su mejilla con la mano temblorosa. — Mi amor, está bien, estoy aquí, estoy contigo ¿Sí? No pasa nada, ratita... respira... — pero su voz traicionaba la angustia. Ella sollozaba con más fuerza. — Me duele... estoy fea... huelo mal... y tenía hambre. — Charlotte se cubrió la boca para no llorar, Lilith miraba a Leo, esperando que él pudiera controlarla, pero él estaba tan afectado como ella. — No estás fea... — gruñó Leo con firmeza, casi con enojo hacia la misma idea — Eres hermosa, hermosísima, aunque estés hecha una momia llorona. — Aileen lloró más fuerte. — ¡Leo, no me hagas reír! ¡Me duele! — se quejó. — ¡Pues no llores entonces! — dijo él, pero su voz se quebró a la mitad — Ratita, por favor. — el escándalo fue tan grande que el doctor abrió la puerta de golpe. — ¿Qué está pasando aquí? ¿La paciente está? — se quedó observando la escena. — ¡Vomitando y llorando! — exclamó Lilith señalando el desastre. El doctor evaluó la escena en dos segundos. — Muy bien, ya era suficiente por hoy, denme espacio. — Leo no quería alejarse, pero Lilith le dio un pequeño empujón. — ¡Déjalo trabajar! — le susurró. El doctor preparó una inyección con rapidez mientras Aileen seguía llorando, respirando entrecortado, los ojos hinchados, la nariz roja. — Tranquila, Aileen... — le dijo él con voz suave — Esto te va a ayudar a descansar un poco, tu cuerpo necesita recuperarse después de la cirugía. — Aileen apenas pudo asentir. Leo se inclinó para tomar su mano. — Estoy aquí, ratita, no te voy a dejar. — ella lo miró, todavía llorosa, y trató de sonreírle. — Chucho celoso. — susurró con un hilito de voz. Leo rio entre lágrimas. — Siempre. — respondió él. La aguja pinchó su brazo, Aileen dio un pequeño salto, pero Leo la sostuvo con más fuerza. — Eso es... — murmuró el doctor — Déjala ir. — los párpados de Aileen temblaron, su respiración se volvió lenta, profunda, hasta que finalmente se apagó en un sueño pesado. Leo permaneció de rodillas, sosteniendo su mano incluso cuando ya estaba completamente dormida. — ¿Va a estar bien? — preguntó, con un temblor en la voz que revelaba el miedo que llevaba horas fingiendo no sentir. — Va a estar bien... — respondió el doctor — Pero necesita descanso, y ustedes también. — Leo no se movió. Solo le acariciaba la mano, respirando al mismo ritmo que ella, como si necesitara asegurarse de que no se le escaparía otra vez. Aileen durmió hasta la medianoche, profunda como si la anestesia aún la abrazara, el monitor hacía un pitido suave y constante, la habitación estaba en penumbra y solo la silueta de Leo, sentado en el sofá con las manos entrelazadas, se veía a ratos cuando la luz del pasillo entraba por debajo de la puerta. Samuel fue el primero en levantarse cuando el oficial tocó para recordarles la cita en la estación, Eleonor, agotada y con los nervios triturados, recogió su bolso sin dejar de ver a su nieta. — Te juro que regreso antes de que despierte otra vez. — prometió Eleonor, acariciándole la frente a Aileen con ese amor feroz de abuela que nadie podía imitar. — Yo me quedo. — aseguró Leo, firme, sin despegar la mirada de la camilla. Samuel le puso una mano en el hombro. — Sabemos que sí, hijo, pero si necesitas algo, lo que sea, llamas, no queremos otro susto. — Leo asintió, pero su expresión decía que podrían caer meteoritos y él seguiría allí, inmóvil, custodiando a su chica. Cuando la puerta se cerró y quedaron solos, el silencio se hizo pesado, Lilith revisó las vendas, ajustó el suero y después se sentó a los pies de la cama, dándole espacio a su hermano. Leo observaba a Aileen como si fuera una vela diminuta en medio de un cuarto oscuro, como si tuviera miedo de que se apagara, cada respiración de ella lo calmaba, cada mueca de dolor le apretaba los dientes. Al cabo de unos minutos, Lilith rompió el silencio. — ¿Sabes que cuando eras bebé llorabas igual que ella? — Leo ladeó la cabeza. — Yo no lloraba. — reclamo. — ¿Ah no? — Lilith sonrió — Chorreabas mocos como si tu nariz fuera un grifo roto. — Leo la fulminó con la mirada. — ¿Vas a seguir molestando? — pregunto con seriedad, no estaba para muchas bromas. — Hasta que te rías un poco, sí. — Leo no se rio, pero una pequeña exhalación le suavizó los hombros. El movimiento en la puerta llamó su atención, una oficial entró, seria, con el uniforme impecable y una carpeta en la mano. — ¿Lilith Whitmore? — pregunto. — Sí, soy yo. — respondió. — Su abuela pidió verla, está en la sala de declaraciones. — Lilith frunció el ceño. — ¿Todo bien? — se preocupó por Eleonor. — Solo necesita apoyo, la señora, está alterada. — Leo resopló suavemente. — Es Eleonor, claro que está alterada. — Lilith recogió su chaqueta y le dio un beso rápido a Aileen en la frente. — No te muevas. — le dijo a Leo como si hablara con un perro guardián gigante. Leo solo gruñó un "no pienso hacerlo". Cuando ella salió, Leo se levantó para acercarse a la camilla, apoyó la mano en la baranda y respiró hondo, casi aliviado al verla descansar tranquila, estiró los dedos y rozó su mejilla, con una suavidad que contrastaba brutalmente con la fiereza de horas atrás. — Ratita... — murmuró, inclinándose un poco — No tienes que despertarte todavía. — susurro. Eleonor estaba sentada frente al escritorio metálico, las luces blancas y frías de la estación rebotaban contra las paredes, haciéndole arder los ojos. Llevaba horas sin dormir, sin comer bien, sin siquiera tener un minuto para respirar a gusto, tenía las manos entrelazadas sobre la mesa, pero le temblaban tanto que apenas podía mantenerlas quietas. El oficial le pidió que continuara, pero la voz simplemente no le salía, había intentado explicar lo sucedido tres veces, y en cada una terminaba confundiendo las horas, el orden, los detalles, todo era un torbellino, todo dolía. — Señora... — el policía lo dijo con cautela, como si temiera que se quebrara — Solo necesito que me cuente otra vez cómo encontró a su hija. — Eleonor apretó los labios. Sintió cómo su garganta se cerraba y sus ojos se llenaban de lágrimas frescas, sabía que debía hablar, sabía que no podía fallarle a Aileen ahora, pero cada vez que intentaba imaginar el momento, aparecía la sangre, los gritos, la botella, la mirada de su propia nieta pidiéndole auxilio, respiró hondo, pero la exhalación salió rota. — Yo... yo llegué y... Rebeca... — se frotó los ojos con el dorso de la mano, sin importar que el maquillaje ya era un desastre — Mi nieta estaba en el piso... y ella... la estaba golpeando... — sollozó — Le estaba pegando aun cuando estaba inconsciente... — el oficial tomó nota, no la presionó, solo esperó — Yo le grité, pero... — Eleonor tragó saliva — Pero ella no se detuvo, como si... como si no la reconociera, como si no fuera mi Rebeca. — el cuerpo entero de Eleonor temblaba. Se abrazó a sí misma, intentando contener la desesperación, fue entonces cuando la puerta se abrió, Lilith entró apurada, con el cabello todavía recogido por el día largo, los ojos rojos por el cansancio, aun así, se veía como un ancla en medio del caos. — Eleonor. — dijo suavemente. Eleonor levantó la vista, y con solo verla, se quebró, Lilith se acercó sin dudarlo y se agachó a su lado, tomó sus manos con firmeza y calidez. — Estoy aquí... — le aseguró — Termina, yo te ayudo. — Eleonor soltó un sollozo largo, como si hubiera estado conteniéndolo desde que empezó todo, apretó las manos de Lilith y, con un temblor en la voz, siguió hablando mientras ella la guiaba. — Rebeca ya tenía antecedentes... — murmuró Eleonor, sintiendo que cada palabra la desgarraba — Desde aquella vez, cuando Samuel la encontró en el puente, desde entonces... desde entonces ya no estaba bien, ya no era la misma. — Lilith asintió con suavidad, sin soltarla. — Dígalo todo, no la estás traicionando, estás protegiendo a Aileen. — susurró. Eleonor respiró profundo, sintió la fuerza de su nieta como un sostén, y finalmente, encontró las palabras para terminar su declaración. Fuera de la sala, a través del ventanal, Rebeca era visible por unos segundos, con el mono naranja que le quedaba enorme, esposada, el cabello sucio y la mirada perdida, pero Eleonor ya no la miró, no podía. Solo cerró los ojos, apoyó la frente en las manos y lloró en silencio mientras Lilith le acariciaba la espalda, ayudándola a mantener un poco de dignidad entre tanto dolor, pero, aun así, pidió hablar con su hija. La puerta metálica se cerró detrás de Eleonor con un chirrido sordo, todavía tenía los ojos rojos, los dedos temblorosos, pero la determinación marcada en la mandíbula. Rebeca estaba sentada al otro lado de la mesa, esposada de muñecas y tobillos, descalza, con el mono naranja demasiado grande y el cabello hecho un desastre, dos agentes estaban en las esquinas, mirando sin mirar, listos para lanzarse si ella hacía algún movimiento. Rebeca levantó el rostro cuando su madre entró, y por un segundo, solo un segundo, hubo algo parecido a humanidad en su expresión. — ¿Dónde está Aileen? — preguntó. La voz le salió ronca, tensa, pero sin rastro de preocupación real, más bien, era curiosidad malsana. Eleonor tragó saliva, se acercó despacio, como quien se aproxima a un animal herido, pero peligroso. — Está viva... — respondió con firmeza — Y fuera de tu alcance, gracias a Dios. — Rebeca abrió la boca para contestar, pero Eleonor llegó primero. Su mano voló antes de que nadie pudiera detenerla, el golpe fue tan fuerte que le giró la cara a Rebeca; el eco retumbó en las paredes grises. Los agentes se tensaron, pero no intervinieron, Samuel tampoco, nadie se movió, parecía que la sala entera contenía el aliento, Rebeca giró el rostro lentamente, con la mejilla roja, los ojos muy abiertos. — ¿Te volviste loca? — escupió. — La loca aquí no soy yo... — respondió Eleonor, sin elevar la voz — La loca aquí eres tú, que intentaste matar a tu propia hija. — Rebeca se rio, una carcajada seca, vacía. — Ay mamá... por favor, no dramatices, yo solo... — no termino de hablar. — ¿Solo qué? — Eleonor se inclinó sobre la mesa, las manos clavadas al borde — ¿Solo la apuñalaste con un cuchillo? ¿Solo seguiste golpeándola aun cuando estaba inconsciente? ¿Solo buscabas robarle el dinero? ¿Solo dejaste a mi niña tirada en un charco de su propia sangre? — Rebeca frunció el ceño, incómoda por primera vez. — Ella exagera, tú también, Aileen siempre fue dramática, siempre quiso atención. — se encogió de hombros. — ¡Ella quería vivir! — gritó Eleonor, temblando — Ella quería amor, el amor que tu jamás le diste. — Samuel tragó saliva. Ver a quien sería su consuegra quebrarse, pero mantenerse de pie era una escena dolorosa y poderosa a la vez, Lilith, apoyada en la puerta, apretó los puños, Rebeca resopló, mirando hacia otro lado. — No me vengas con sermones, yo no tengo la culpa de que naciera tan... tan... — busco las palabras. — ¿Tan qué? — Eleonor se inclinó aún más, sus ojos furiosos — Dilo, dilo, cobarde. — Rebeca la miró con un odio tan frío que hasta los agentes se tensaron. — Tan inútil. — susurró. Eleonor cerró los ojos un instante, dolió, como si las palabras hubieran sido cuchillos, pero volvió a abrirlos y algo en ella había cambiado, era firmeza, era final. — No te voy a perdonar nunca... — dijo con calma, sin gritar — Nunca, esta vez llegaste demasiado lejos, yo te perdoné tus adicciones, tus hombres, tus arranques, tus insultos, tus abandonos... todo, pero lo que hiciste ayer no tiene regreso, intentaste matar a mi nieta, y yo... yo voy a asegurarme de que pagues cada segundo que la hiciste sufrir. — Rebeca abrió la boca, indignada. — ¡Soy tu hija! — reclamo. — No... — susurró Eleonor, con la voz rota, pero firme — Hija es la que ama, la que cuida, la que no destruye, tu elegiste otro camino... y yo elegí cuidar a quien sí lo merece. — Rebeca abrió los ojos de par en par, sorprendida ante esa frase que nunca pensó escuchar. — Sácala... — murmuró Eleonor a Samuel, sin mirar atrás — No tengo nada más que decirle. — Samuel asintió. — Vamos, Eleonor, ya terminó. — pero cuando se dio la vuelta para salir, Rebeca gritó. — ¡Mamá! ¡Mamá, regresa! ¡No puedes dejarme así! — Eleonor se detuvo en la puerta, no volteó, no esta vez. — Aileen está viva... — dijo despacio — Y tú estás donde debes estar. — salió. La puerta se cerró de golpe, Rebeca, sola en la sala, intentó ponerse de pie, pero las esposas le impidieron moverse bien, los agentes la observaron, uno de ellos comentó en voz baja. — Qué cachetadón le dio. — el otro respondió. — Y se quedó corta, si alguien le hubiese hecho eso a mi hija, yo la mano con mis manos. — Rebeca bajó la cabeza, con la respiración temblorosa. Por primera vez, no tenía a quién culpar más que a sí misma. Por la mañana, Aileen parpadeó varias veces antes de reaccionar, el mundo estaba borroso, lento, como si flotara en gelatina, tenía la boca seca, el hombro ardiendo y la cabeza llena de ecos, se quedó mirando el techo, no pestañeaba, no respiraba hondo, solo miraba. Masón, que estaba sentado en el sillón con un café frío entre las manos, levantó la vista. — ¿Aileen? — susurró, inclinándose hacia adelante — ¿Qué estás viendo? — Aileen siguió sin moverse, sus pupilas parecían dos pozos negros, abismales. — Las sombras... — murmuró, arrugando un poco la nariz — Están bailando. — Masón miró el techo, blanco, liso, aburrido. — ¿Qué sombras? Aquí no hay nada, Aileen. — ella elevó un dedo tembloroso, como señalando una constelación que solo ella podía ver. — Allá... — susurró con absoluta seriedad — Ese cangrejo está moviendo los ojos ¿No lo ves? Tiene ojitos saltones... me está viendo feo. — Masón parpadeó. Volvió a mirar, nada, ni una manchita. — Creo que los medicamentos te están pegando fuerte, enana. — intentó bromear, poniéndose de pie para acercarse a la cama. Pero Aileen frunció el ceño, ofendida. — No... estoy loca... — pronunció despacio — Él se está moviendo, el cangrejo, se llama... mmm... Mauricio, y no le gusto. — Masón apretó los labios para no reír. — ¿Mauricio el cangrejo de sombras? — Aileen asintió solemnemente. — Sí, y tiene ideas peligrosas. — estaba viéndolo mover los ojitos. — ¿Ideas peligrosas? — Masón se inclinó un poco para seguirle la corriente; después de todo, era mejor que se mantuviera tranquila — ¿Qué tipo de ideas? — Aileen tragó saliva con dificultad, luego susurró, como si el techo pudiera delatarla. — Quiere... cortarme el pelo. — Masón soltó una risa suave. — ¿Y por qué te cortaría el pelo un cangrejo imaginario? — ella entrecerró los ojos, ofendida de nuevo. — ¡Porque es envidioso! Mira esas patitas tiesas... es obvio. — en ese momento Leo, que se acababa de despertar en el sofá con el cabello todo revuelto, se incorporó alarmado al escuchar su voz. — ¿Ratita? — preguntó acercándose a la cama — ¿Qué pasa? ¿Qué estás viendo? — Aileen giró lentamente la cabeza hacia él, como si su cuello estuviera hecho de piedra. Lo observó con una expresión concentradísima. — El cangrejo quiere tu pelo también... pero tú sí te dejas, tú te dejarías, porque eres suavecito. — Masón soltó una carcajada que tuvo que ahogar contra su brazo. Leo lo fulminó con la mirada antes de volver a Aileen, preocupado. — No hay nada, amor... — le dijo suave, acariciándole la frente — Solo estás viendo cosas por la anestesia. — Aileen negó con la cabeza, muy seria. — No, él está ahí, y ahora mismo... — su voz bajó a un susurro teatral — Está bailando reguetón. — Masón se agachó, intentando verla a los ojos. — ¿Reguetón? ¿Mauricio baila reguetón? — Aileen lo miró como si fuera el más idiota del planeta. — ¡Obvio! — exclamó indignada — Si es un cangrejo moderno, no va a bailar vals. — Leo ya no sabía si reír, llorar o llamar a una enfermera para que ajustaran la dosis. — Ratita... — le acarició el pómulo con ternura — Ven, mírame a mí, no al techo, estoy aquí, contigo. — ella finalmente apartó la vista del supuesto cangrejo, pero antes de cerrar los ojos murmuró, muy seria. — Dile a Mauricio que se vaya a la mierda. — Masón se dejó caer en la silla, muerto de risa. Leo suspiró, enamorado y derrotado a la vez. — Sí, amor, yo se lo digo. — respondió mientras le acariciaba la cabeza. Aileen cerró los ojos y dejó escapar un suspiro dulce, vencida por el medicamento, y el techo, por suerte, dejó de bailar.
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