Shana. —Princesa Shana, llegaremos a tiempo al evento si no demoramos más —me recordó Amin desde el umbral, su voz grave resonando con respeto. —Un momento, Amin. —Terminé de colocarme los pendientes de diamantes, un regalo de mi abuelo—. ¿Mis padres están informados de mi llegada? ¿Saben que asistiré? —Sí, señorita. Esperan ansiosos por usted. —Bien. Mi abuelo, el formidable jeque Al-Ebrahimi, preparaba anualmente este fastuoso evento de gala, reservado para la élite de su sociedad. Sería un espectáculo de poder y riqueza. Solo mis padres, sabían que había regresado a Dubái por mis vacaciones universitarias. Mi propósito era claro: usar este tiempo para investigar y descubrir si esos embarazos eran una verdad o una elaborada farsa para alejarme. Amin abrió la puerta del Rolls-Royce

