Jameel. Lo había perdido todo. Perdí el respeto de mi padre, la confianza de mi madre Selena y, lo peor de todo, perdí a Shana. Me sentía un inútil, un hombre incapaz de hacer feliz a la única mujer que amaba. Era un maldito, castigado por mi propia imprudencia y por cometer error tras error. Ahora, Shana se había ido, con el corazón destrozado por la decepción, y ya no sabía si volvería. ¿Qué haría yo con esta patética vida que me había labrado? —Hermano. —Saalim entró en mi despacho, su voz resonando con cautela. No respondí. Solo me hundí más en el oscuro consuelo del alcohol, mi refugio desde que la noticia de los embarazos nos había golpeado. —Jameel, por favor, detente. Tienes que reaccionar. Debemos salir adelante y, aunque te duela, luchar por esos niños. Son lo único que nos q

