Ese martes, después de tantos imprevistos, me dormí entre borracha, cansada del trabajo y a gusto después de tanto masturbarme. Dormí profundamente. Pero de madrugada comencé a soñar. Fueron una mezcla de imágenes, malas y buenas. Pesadillas que de improvisto se convertían en placenteras visiones. Sin duda, incluso mientras dormía, un diablillo retaba mi cordura y tentaba mi ser con oscuros anhelos. Estoy segura que soñé con mi esposo, con don Esteban y con mi jefe. No recordaba casi nada de lo que había soñado. Sin embargo, amanecí con profundas impresiones en mi cuerpo. Me sorprendió despertar mojada y muy caliente. Tanto que tuve que masturbarme antes de ir a la ducha. Bajo la regadera seguí pensando en los sueños de la noche anterior. El soñar con mi jefe me había hecho recordar su p

