Subí hasta el piso y caminé entre abogados y secretarias. Hombres y mujeres me saludaban, me preguntaban cosas y yo respondía sin pensar. Entré a mi oficina y cerré la puerta. Me paseé ahí unos minutos, entre los muebles, para darme valor. Debía ponerle un fin a toda esa locura. Mientras antes mejor. Me dirigí hasta la oficina de Jorge Larraín. María Luisa, la secretaria de mi jefe, no estaba y toqué la puerta. Adelante, dijo una voz masculina. Me arregle la chaquetita y entré. Cerré la puerta tras de mí. Me paré entre la puerta y un amplio escritorio iluminado por la luz que entraba desde el ventanal. Las cortinas de tela blanca y de franjas vertical estaban a medio cerrar. Se podía ver los otros edificios y el centro de la ciudad. Detrás del escritorio estaba Jorge. Se le veía muy elega

