Me apoyé en el escritorio, mirando hacia la puerta y dándole la espalda a Jorge. La mano de mi jefe se poso en mi nalga y apretó. Soltó y apretó, siempre un poco más fuerte. El manoseo fue a placer. Le dejé palpar, magrear, apretar. Una palmada resonó en la oficina y luego otra. El dolor me estremeció, pero también una repentina excitación. Un subidón. —Que culo divino —dijo mi jefe, con la mano probando mi carne y echando a un lado la tela del culote. Me incliné más hacia la mesa, inclinando bien mi cuerpo, parando la cola y ofreciendo toda mi anatomía a Jorge. Mi jefe no se demoró. Se movió en el asiento y se posicionó justo detrás, inclinándose para besar mis nalgas y probar mi carne con su lengua mojada. Con mi torso y mis manos y brazos apoyados sobre el escritorio, sentí su saliva

