No había nada que pudiera decir. Tenía la sensación de que debía expresarme de alguna manera, pero no me salía ni una palabra. De lo que sí estaba seguro era de cómo me sentía. Si después de la muerte había un paraíso, de seguro era algo muy parecido a esto. Tres adolescentes hermosas y depravadas, completamente desnudas, dispuestas a complacer mis fantasías más obscenas, y a complacerse ellas mismas. Fer estaba detrás de Mel y por fin retiró los dedos del sexo de su hermana. Estos habían quedado empapados y chorreantes, cosa que me impresionó mucho. La mayor de mis hijastras había quedado agitada, y aún estaba a mi lado. Tenía el rostro salpicado por mi semen. Cosa inusitada tratándose de la pulcra princesa de la casa, la misma que ni siquiera toleraba que su piel se impregnara de olor a

