Y su lengua, sibilina, escupiría su veneno en oídos de mi esposa, malmetiendo, indisponiendo contra mi persona, repitiéndole aquello que tantas veces había oído, que no estaba a su altura, que ella se merecía algo mejor y que ella, como la amiga que era, la ayudaría a conseguir lo que tanto deseaba, lo que tanto anhelaba. “Si algo más tiene que pasar, no seré yo quien lo detenga” había añadido después y, solo de pensarlo, un escalofrío recorría mi piel. La imaginaba en aquella playa desnuda, Perla igual que ella, Carlos Enrique junto a ambas como dios lo trajo al mundo, su polla al descubierto, los ojos de mi esposa fijos en ella, la excitación consumiéndola y el veneno de Perla, insuflado en sus venas a través de sus oídos, empujándola a realizar lo que entre nosotros había sido una fant

