— Pues no, Magdalena –negué –no lo están. Hace mucho que no lo están. — ¿Qué quieres decir? –preguntó ella, su ceño fruncido, tratando de comprender el sentido de mis palabras. — ¿Es que no lo ves? –le espeté, incrédulo a su ceguera, a cómo era incapaz de darse cuenta de la realidad de la situación –nada ha sido lo mismo desde aquella noche, aquella en que saliste con Perla y empezó toda esta locura. — Pensaba que te gustaba lo que estábamos haciendo –dijo Magdalena –creo que ya habíamos dejado claro ese punto. — ¡Pero hasta cierto límite, Magdalena! –le repliqué –lo de fantasear, crear situaciones morbosas, no te niego que tiene su punto, que le aporta un plus de excitación a nuestra relación pero parece que para ti eso no es suficiente, que no te basta con eso, que necesitas más, qui

