— Magdalena, tenemos que hablar. Habían pasado diez días de aquel fin de semana donde tantas cosas habían sucedido, donde el viaje a Almuñécar a visitar a su amiga Perla había puesto en vilo nuestra relación. Y, pese a que en apariencia todo parecía haber vuelto a la normalidad, no era realmente así. Magdalena se esforzaba en demostrar que nada había cambiado, que nuestra vida volvía a los cauces en los que se movía con anterioridad, a esos días previos a que todo cambiara al conocer y envidiar la relación que compartía con el torero con el que salía su amiga Perla. Y ese era el problema: que se esforzaba. No podía negarle eso, el empeño que ponía en hacer como si nada hubiera pasado, como si no nos hubiéramos dicho las cosas que sí dijimos ni actuado como realmente habíamos hecho. Y pe

