Cuando me desperté a la mañana siguiente, me hallaba solo en la cama. Esta se hallaba desecha, yo desnudo tal como me había quedado dormido la pasada noche y vestigios de lo sucedido allí poblaban mi cuerpo como recordatorio de la intensidad de la velada transcurrida. Lola, o mejor decir Magdalena, no había tenido suficiente con lo acontecido en el sofá y había querido continuar con aquel juego en nuestro dormitorio. Allí, al entrar, me la encontré en cuatro sobre la misma cama donde ahora yacía, en la idéntica posición que ella, durante la cena en La Chancla, me había narrado y bastó una sola mirada suya para que comprendiera sus deseos, para que supiera que era lo que quería mi esposa, aquella noche mi amante. En aquella postura, su falda arremolinada en la cintura, sus pechos bambolea

