Escuchar aquellas palabras fueron un terrible mazazo para mí. Llevaba meses trabajando en aquel proyecto y ahora, así, de improviso, este volaba y se escapaba entre mis dedos. En ese momento, si eso era posible, odié aún más a Roberto y a sus artes torticeras, traicioneras, aquellas que seguramente me habían dejado sin trabajo y que nos arrastraban, o al menos a Magdalena, de vuelta al seno de su familia de donde tanto le había costado salir y donde parecía condenada a regresar. — Pareces sorprendido –comentó Esther viendo mi gesto, mi estupefacción — ¿acaso no lo sabías? Se lo comenté a Magdalena hace unos días, lo del proyecto y que vuestra empresa estaba al borde de la quiebra. ¿No te ha dicho nada? Qué extraño ¿no? Estaba claro que mi cuñada estaba disfrutando con ese momento, con es

