“¿Qué haces aquí, Nacho?” me pregunté y, por primera vez, consideré la opción de dejar atrás aquella vida que no sentía como mía, alejarme de Magdalena de la que cada minuto que pasaba sentía que más distancia nos separaba y que, con todo lo que estaba pasando, sentía que solo frenaba, que solo estorbaba. — ¿Nos vamos? –dijo ella nada más terminar la comida, cogiéndome completamente por sorpresa. — ¿Tan pronto? –preguntó su madre, también sorprendida por la prematura marcha. — Teníamos planes, mamá –le aclaró mi esposa a su madre, levantándose de la mesa –ya se lo había dicho a papá cuando ha llamado esta mañana. Habíamos quedado con Perla. De nuevo aquel “habíamos” cuando, evidentemente, yo no estaba al tanto de ninguna quedada y mucho menos con su amiga Perla. “¿Puede estropearse más

