El adolescente de dieciséis años desvió la mirada. Yo no dejé que se alejara ni que me rehuyera de ninguna forma. Lo acosé de tal forma para que me respondiera que mi abdomen se apoyó en el vientre de Juan de Dios. Prácticamente dejé mis tetas pegadas al tórax del muchacho. Hice eso y me comporté así por dos razones: uno, estaba borracha; dos, desde que lo conocía quería saber si era virgen o no. —Respóndeme, por favor —le pedí. Juan de Dios me miró a los ojos. Estábamos muy cerca, tanto que podía sentir su aliento sobre mis labios. Debía tener cuidado, pensé. Ya había hecho una tontería por juguetear con don Esteban, el viejo conserje, y ahora estaba a punto de realizar otra. Necesitaba estar en control. Por suerte al chico le faltaba experiencia. Sabía que no se propasaría. A pesar de

