El viejo utilitario avanzaba a duras penas entre el denso tráfico que había. Parecía que, con el sol ya oculto y las temperaturas dando un atisbo de tregua, la ciudad de Granada se había lanzado a la calle en busca de algo de aire y abandonar el encierro voluntario a que la meteorología obligaba. Y nosotros no éramos una excepción. A mi lado, una Magdalena callada y con la mirada perdida, contemplaba las calles atestadas de gente. Parecía lejana, ausente, bien diferente a la Magdalena de aquella semana donde, después de lo ocurrido tras su salida con Perla, se había convertido en una mujer voraz, ardiente, recordándome a la Magdalena de principios de nuestra relación cuando cualquier momento o lugar era bueno para dar rienda suelta a nuestra pasión. Parecíamos dos adolescentes ansiosos e

